Las imágenes son poderosas. Hugo Ortiz Aguilar mirando hacia abajo a dos asistentes limpiándole los zapatos, y Andrea Chávez en el salón de belleza del Senado, arreglándose el peinado. El contexto los aplasta: soberbia, arrogancia y privilegios. Lo que antes condenaban, ahora se lo apropiaron. La crítica los devora sin que puedan sacudirse el desprecio y descrédito que los baña, un búmeran de la estigmatización que impulsaron por años, que se ha estrellado en sus caras.
Chávez no es la única senadora que usa el salón en el Senado, donde este tipo de facilidades, que pueden verse en función de sus labores, más que privilegios, quedó como símbolo de un abuso a costa de los contribuyentes, arrastrada por un grupo con desprestigio que gana densidad cada día y por su protagonismo arrogante. El presidente de la Suprema Corte, incapaz de entender el rol que juega, aunque sea como marioneta del régimen, no calculó que paralizarse durante 15 segundos -contabilizados por el periodista Ciro Gómez Leyva-, lo iba a dejar como un desecho en el bote de la basura.
Fueron epílogo de una semana de figuras del régimen metidas en un chapoteadero.
La jefa de Gobierno, Clara Brugada, desesperada porque la alteración de sus cifras sobre inseguridad no pueden modificar la percepción de su desgobierno, demandó el silencio de los medios, umbral de la censura, con argumentos mentirosos sobre lo que se hacía en el pasado, olvidando que su antecesora dijo en su momento que el éxito de su estrategia de seguridad era la buena percepción que tenían de ella los capitalinos.
Pero nada como el caso de la gobernadora de Campeche Layda Sansores, el más corrosivo de todos, no por su estridencia, sino porque hoy gobierna como si Morena fuera un adversario más. La fractura de su propio grupo parlamentario, el uso político del aparato del Estado y la normalización del conflicto permanente, han convertido a Campeche en un laboratorio del desgaste interno. Sansores no sólo confronta a la oposición, sino a su partido, a la prensa, a la crítica y, en el proceso, convierte a Morena en rehén de su estilo personal.
Morena no enfrenta hoy su principal desgaste en la cera de enfrente. Tampoco en Washington, ni en los mercados. Ni siquiera en los errores heredados del pasado. El mayor daño se lo están provocando algunos de sus propios cuadros, con actos y declaraciones que no sólo erosionan la narrativa de superioridad moral, sino que exhiben algo más delicado: la pérdida de disciplina política y de conciencia del poder que ejercen. Se está desgastando sola, desde dentro, por una combinación peligrosa de soberbia, falta de contención política y un protagonismo personal que ya no distingue entre el proyecto y el ego.
Aguilar Ortiz, Brugada, Chávez y Sansores no forman un bloque, ni responden a una misma lógica o comparten agendas. Pero sus comportamientos, vistos en conjunto, proyectan una imagen inquietante para un movimiento que llegó al poder prometiendo ser distinto. Sus casos comparten un hilo conductor: la incapacidad -o la negativa- de entender que el poder no se ejerce sin costos cuando se hace de espaldas a la percepción pública y a la disciplina política.
Aguilar Ortiz no es militante de Morena, pero se ha convertido en un pasivo político para la cuatroté, no es por sus sentencias -pese a que como reveló El Universal, todas han favorecido al régimen-, sino por los símbolos. En política, los símbolos pesan tanto como las decisiones. La escena de subordinados limpiándole los zapatos, más allá de explicaciones o disculpas, conectó de inmediato con la narrativa que Morena dice combatir: privilegio, distancia, jerarquía. El problema no fue el acto en sí, sino la incapacidad de entender que el poder exige contención, sobriedad y congruencia. Y cuando un juez se vuelve insignia de arrogancia, el golpe no es jurídico, es moral.
Brugada juega en otra liga. Representa a la militancia dura, a la lógica de partido hegemónico en la Ciudad de México. No ha protagonizado escándalos, pero representa el otro problema de Morena: la reproducción de un poder territorial que ya se siente propietario del proyecto. Su fortaleza en la capital no le resta votos hoy en día, pero sí alimenta la percepción de que Morena empieza a parecerse demasiado a aquello que prometió erradicar: estructuras cerradas, candidaturas decididas en círculos reducidos y una narrativa de inevitabilidad. No daña por exceso, sino por acumulación. No dinamita a Morena, pero tampoco la oxigena.
Chávez encarna el error clásico del político joven que confunde visibilidad con impunidad. Los señalamientos por actos anticipados de campaña y el uso simbólicamente explosivo de recursos sensibles -como ambulancias- no sólo exhiben una falta de criterio, sino algo más grave: la idea de que las reglas son flexibles cuando se es parte del movimiento correcto. Morena ha construido su legitimidad sobre una supuesta superioridad ética. Cada vez que uno de los suyos actúa como si esa ética fuera opcional, el daño es doble.
Sansores es el caso más grave de la última semana. No fue por una declaración, sino por un estilo de gobierno que ha fracturado a Morena desde dentro. Conflictos con su propia bancada, endeudamiento opaco, confrontación permanente y el uso de herramientas legales como armas políticas. Campeche se ha convertido en el nido de algo que Morena decía no ser: autoritarismo envuelto en retórica de justicia. Ahí el daño no es simbólico; es estructural.
El problema para Morena no es que existan errores, todos los partidos los cometen. Tampoco que Morena tenga figuras polémicas; todos los partidos las tienen. El problema es que construyó su legitimidad sobre la idea de ser moralmente distinto. Cada acto de soberbia, cada abuso de poder, cada conflicto interno mal gestionado no se mide como error político, sino como traición al relato fundacional.
Durante años, el liderazgo carismático de Andrés Manuel López Obrador funcionó como árbitro, muro de contención y justificación. Hoy ese liderazgo ya no opera igual. Morena sigue siendo electoralmente fuerte, pero cuando el poder se ejerce sin límites internos, empieza a corroer. Y esa erosión no se combate con discursos. Se combate con control, con autocrítica y, sobre todo, con memoria de por qué llegaron al poder, que hoy, muchos de sus cuadros parecen haberlo olvidado.
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