Desde el punto de vista pragmático, las librerías simplemente son buenas o malas: tienen o no el libro que buscamos; ofrecen o no las novedades más importantes del momento; satisfacen nuestra curiosidad o nos dejan indiferentes. Al margen de estas consideraciones están, desde luego, las librerías bellas por sus por su arquitectura o sus espléndidos espacios que pueden o no cumplir con los requisitos anteriores, pero que siempre vale la pena conocer.
Otra vertiente son las librerías raras, incluso extrañas o, como las define una nota que acabo de leer en el diario argentino La Nación, extravagantes. En ellas “no hay mesas desbordadas de novedades –dice Karina Garzón, la autora de esta nota– ni carteles de descuento. Hay una cafetera encendida, pocas tapas bien elegidas y lectores que se toman su tiempo. En estas librerías, comprar un libro no es un trámite rápido sino una experiencia diseñada. En distintas ciudades del mundo, proyectos singulares están replanteando el formato tradicional: apuestan por la curaduría, la arquitectura y el encuentro entre pares”.
La selección que hace Karina Garzón es por demás exquisita y va a los sitios más diversos del planeta. Entre las que nos da a conocer (a mí, por lo menos) hay una que destaca. Se trata de la librería Morioka Shoten, “en el barrio de Ginza, uno de los más exclusivos de Tokio”, que “lleva el minimalismo al extremo: vende un solo libro por semana. Fundada en 2015 por el librero Yoshiyuki Morioka, funciona bajo una consigna radical: una habitación, un título”.
Esta librería pareciera una respuesta –sólo una– al ensayo de Gabriel Zaid “Los demasiados libros”, donde plantea que hay más libros que lectores y que esta desproporción sigue en aumento a pesar de todos los augurios (particularmente los tecnológicos) que hasta han previsto la desaparición del libro. Así que esta librería sólo elige una obra semanalmente,lo que plantea de suyo un ejercicio crítico bastante arduo: “No hay estanterías infinitas –describe Garzón– ni recomendaciones algorítmicas. Solo una elección. La propuesta elimina la ansiedad del exceso y devuelve a la lectura su carácter deliberado”.
Nada que ver con las mesas de novedades donde se subastan egos y se privilegia el mejor marketing. Imagínense lo que Morioka, el librero japonés, haría con toda esa pila de cientos de libros que suele soterrar los mejores títulos. Elegir uno sería una gran lección para las editoriales y los lectores, frecuentemente ávidos de seguir consumiendo más de lo mismo. Pero por supuesto, el debate sería infinito y creo que llegaría hasta los golpes. Por suerte, Morioka Shoten, en Tokio, es su librería y puede hacer lo que se le antoje. Gran ejemplo.
Otra librería que llamó mi atención es la Boekhandel Dominicanen, en la maravillosa ciudad de Maastricht, en los Países Bajos. Esta se ha instalado en una iglesia medieval del siglo XIII desde hace veinte años, donde “entre vitrales, arcos medievales y estanterías contemporáneas de acero conviven más de 50 mil títulos”, nos informa Garzón.
Sin embargo, a mí francamente esta librería no me parece tan extravagante. La elección de un espacio gótico para abrigar miles de volúmenes me parece de lo más natural y, si acaso, un homenaje –involuntario tal vez, pero muy merecido– a la extensa labor de los clérigos, hombres de letras convertidos en copistas y luego impresores, que jugaron un papel central en la preservación y desarrollo de la cultura occidental.
Justo es decir que el papel de la Iglesia fue algo contradictorio. Kenneth Clark nos presenta en su clásica obra “Civilización” el caso de san Gregorio, quien en un marfil del siglo X “aparece tan intensamente entregado a la erudición”, pero al mismo tiempo a este santo “se le atribuye la destrucción de muchos volúmenes de literatura clásica, bibliotecas enteras, por temor a que sedujeran a los hombres apartándoles del estudio de las sagradas escrituras. Y en esto no fue desde luego el único. Entre prejuicios y destrucción, lo que sorprende es que la literatura de la antigüedad precristiana llegara a conservarse”. Y paradójicamente, lo mucho o poco que quedó, obviamente es atribuible a los monjes más cultos.
Termino comentando otro hallazgo de Karina Garzón: Word on the Water, una libería flotante en Londres, Reino Unido, en el Regent’s Canal, cerca de King’s Cross. Es una librería a la que no se entra: se sube a bordo. Diríase que es el veradero “barquito de papel” de aquella canción de Serrat, pero no navega sin rumbo, los libros –usados y nuevos– le dan dirección y cada visitante puede convertirse en capitán.
Estupendas librerías para un mundo cada vez con menos lectores.
@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez






