Creo recordar algo de una novela por lo demás olvidada: una mujer campesina llegada a la ciudad para la servidumbre doméstica, estupefacta, trataba de establecer conversación con los enanitos de la pantalla de un televisor.
En “El otoño del patriarca”, Gabriel García Márquez nos cuenta cómo los guionistas cambiaban el rumbo de las telenovelas para no contrariar los amores seniles e imposibles del gran dictador encaprichado quien cambiaba el destino de los personajes para celebrar el triunfo de los personajes escogidos en los culebrones de las cuatro de la tarde.
Hace años, cuando mi padre produjo la serie radiofónica “Fray Martín De Porres”, escrita por Carlos Chacón (XEW), muchas personas llegaban a la radiodifusora a pedirle milagros al santo negro. René Muñoz, el cubano del papel principal, nada más se reía.
El atraso alza monumentos absurdos.
Algunos intelectualoides le dirían surrealismo, pero en ese sentido me quedo con las ideas de Gonzalo Celorio en su reciente libro “Ese montón de espejos rotos”:
“…Lo maravilloso en América proviene de la percepción que la colectividad tiene de lo real y no de la fantasía individualista…”.
Todo esto me viene a la cabeza después del pleito más real y maravilloso, fantástico a un tiempo, entre una plataforma de enlace de datos operada con Inteligencia Artificial y uno de los herederos de la IV-T.
Antes de reproducir la noticia cuya elaboración podría usarse para competir por el premio “Minotauro” o de perdida el “Puebla de Ciencia Ficción” (mala traducción para ficción científica, pero, en fin), quiero plantear otro caso de incomprensión ante la tecnología: un campesino de antaño sintonizó una transmisión en inglés y como no entendía ni una palabra, subió el volumen al máximo.
Después enfurruñado dijo: esta vaina no sirve, no se entiende.
El caso actual es hilarante, jocundo, chistoso, cercano al ridículo; tierno por una parte y nefando por la otra. Es una queja derivada de un exceso en la propia valoración. El aludido se siente acosado. Usa –y sus actos lo demuestran– el prestigio de su linaje como garantía y su privilegio político como inmanencia. La herencia de una aristocracia transformadora.
Los enlaces generados por medio de I.A. produjeron, entre otras críticas, una nueva definición para este caballero: “Nepobaby”. Niño nepote, pues.
Y él, furibundo (contra Grok, como si fuera “Grokzilla”), exigió una disculpa a la desconsiderada I.A. y planteó estos argumentos:
“…cuando una I.A. insulta, se debe considerar cómo fue diseñada, entrenada (¿cómo para correr la maratón?), cuáles son los filtros que tiene y quiénes la operan, por lo que pidió a Elon Musk, dueño de X, y al equipo de la red social en América Latina una explicación sobre por qué el sistema normaliza (¿normaliza?) el clasismo y la humillación, amplifica narrativas falsas y convierte el diálogo político en linchamiento digital…”.
Los operadores describieron el contenido como una “sátira hipotética solicitada por un usuario”.
Dijo el aludido: “la herramienta respondió con insultos personales, lenguaje de odio, estigmatización corporal, mentiras y desinformación. Eso no es crítica ni debate: es acoso automatizado”.
Pero lo maravilloso sigue aquí:
“(El riesgo de) una empresa (cuyos dueños peligrosamente) empiecen a creer que pueden deshumanizar sin consecuencias”.
Pues sí, la I.A. como herramienta, no como conciencia, está deshumanizada de origen. Por eso es artificial. Sólo enlaza datos ya conocidos a gran velocidad.
La respuesta a tan airada queja fue simple:
“No puedo ofrecer disculpas institucionales ni detalles técnicos internos”, casi como aquel viejo chiste de un señor que quería conversar con una computadora:
—“Yo no hablo, computo,” respondió.
En este caso, como podemos ver, la I.A. tampoco piensa. Yo no estoy de acuerdo con la conducta de Grok ni con sus operadores. Es una majadera injusta, falaz e insensata. Ojalá y se le fundan los nanocircuitos, los chips y además, se le haga caca el algoritmo. Fuchi.






