Erika P. Bucio
Las mañanas de enero son frías en Santa María del Camino, Oaxaca. Para proteger su huerto de nopales del clima, Catalina Yolanda López (Ciudad de Oaxaca, 1951) utiliza periódicos o cartones, colocándolos como cobijas. Una temperatura por debajo de los 10 grados es letal para las crías de la grana cochinilla.
Del cuerpo seco de este insecto parasitario del nopal se extrae el pigmento natural conocido como “rojo mexicano”.
López ha dedicado más de 60 años de su vida a la preservación de la grana cochinilla (Dactylopius coccus).
Por su trabajo en el rescate y difusión de su cultivo, además de fundar el Nocheztlicalli, Museo Ecológico de Grana Cochinilla y Nopal, mereció el Premio Nacional de Artes 2025 en el campo de las Artes y Tradiciones Populares.
“Es una validación del conocimiento y las tradiciones ancestrales”, contesta vía telefónica, ocupada desde temprano en su huerto de nopales, a sólo cinco minutos de su casa. “Creí que nadie lo tomaba en cuenta. A veces me sentía triste porque no teníamos visitas en el museo; la grana estaba en peligro”.
En ocasiones tuvo que elegir entre comprar pañales o zapatos para sus hijos o invertir en el cultivo del insecto. Sus pequeños no tenían Santa Claus y, en el Día de Reyes, los llevaba a las plazas comerciales para que vieran y tocaran los juguetes, al no poder comprárselos.
A pesar de las enormes dificultades, priorizó la preservación de la grana cochinilla, incluso cuando el Comité Promotor de Desarrollo Socioeconómico de Oaxaca, que le había encargado la búsqueda de sitios donde aún se producía, abandonó el proyecto al cabo de un par de años.
Ella continuó en el patio de su casa, donde instaló una “nopaloteca” en 100 metros cuadrados, con técnicas innovadoras.
El sistema consiste en colgar pencas de nopal en tiras de madera, como si fuera una biblioteca, pero en lugar de libros se tienen nopales. Esto permite que las pencas duren hasta cuatro o cinco meses sin echarse a perder, y se pueden montar hasta cinco niveles con tres hileras.
“Es un trabajo muy arduo porque uno se espina, pero lo hago con mucho amor”, recalca la maestra e investigadora.
Como toda innovación, surgió de la necesidad. En el campo se utilizaban módulos de carrizo y petates para el cultivo de la grana, pero era costoso y requería mucha mano de obra.
“Como no tenía recursos para todos esos petates ni para pagar la mano de obra que exige esta técnica ancestral, pasé a innovar el proceso”, comenta.
Esa nopaloteca funcionó como un banco de pie de cría, que distribuyó en comunidades de los Valles Centrales, donde artesanos han continuado la tradición, aunque muchos desconozcan que gracias a ella hoy aprovechan el colorante natural.
Su labor ha involucrado no sólo la técnica de producción, sino también la aplicación de la grana cochinilla y de tintes naturales. Cada material —algodón, seda, lana, plumas o incluso raíces de nopal— requiere una fórmula distinta.
A ello contribuyeron sus estudios de laboratorio clínico y químico.
Abandonó en el cuarto semestre la carrera de Ingeniería Química. Sus jornadas eran extenuantes: enseñaba de 7 a 9 de la mañana en una secundaria, trabajaba de 9 a 3 en una dependencia gubernamental y de 3 a 9 de la noche asistía a la universidad. Salía de su casa a las 5 de la mañana y regresaba, agotada, hasta las 10 de la noche.
Pero López ya había ido más allá de lo que parecía su destino. Como la mayor de ocho hermanos, sus padres le delegaron la responsabilidad de cuidarlos. Trabajaban en el gobierno, pero el dinero no alcanzaba.
“Hasta aquí llegaste”, le anunció su madre al terminar la primaria.
Aun así, se las ingenió para cumplir con las tareas domésticas y estudiar la secundaria por las tardes. También cursó la preparatoria nocturna.
Quería seguir estudiando, pero era mayor su preocupación por la grana cochinilla, en peligro de extinción.
“Me sentía mal de ver que la granita se estaba muriendo. Tenía que sembrar nopal, ir a las comunidades. Era un caos mi vida. Mejor dije: ‘Aquí dejo la carrera, lo que aprendí, y me dediqué a la grana’”.
Artesanos de comunidades oaxaqueñas como Teotitlán del Valle, Santa Ana del Valle y Díaz Ordaz, que antes tejían tapetes en gris, blanco y café —los colores naturales del borrego—, incorporaron la grana cochinilla a sus textiles tras tomar talleres de tintes naturales con López.
“Empezaron a producirla”, comparte con satisfacción.
A pesar de que el Museo Nocheztlicalli es una fuente de conocimiento abierto para investigadores, técnicos y estudiantes, apenas sobrevive con las modestas cuotas de recuperación por visitas guiadas o talleres. Los donativos llegan a cuentagotas, en montos muy pequeños, de apenas 5 o 10 dólares, a través de la plataforma GoFundMe.
López tiene claro qué hará con el dinero del Premio Nacional: rehabilitar el museo y su plantación de nopales. Quisiera instalar un sistema de aire acondicionado para que la grana no sufra con el frío, que cada vez es más severo.
Este huerto es la única fuente de alimento del pequeño insecto y requiere mantenimiento continuo, sin herbicidas ni insecticidas. Todo debe ser orgánico.
Se necesitan tres kilos de grana cochinilla viva para obtener un kilo de grana seca, de donde se obtiene el pigmento.
“Es un trabajo muy minucioso, con mucha paciencia, entusiasmo y dedicación, que hemos logrado que sobreviva durante más de 60 años”, dice con emoción.
“Le he dedicado toda mi vida, corazón y amor a la preservación de este insecto”.
Su curiosidad por la grana cochinilla surgió en la infancia, durante visitas a su abuela en la Mixteca oaxaqueña. Ella tenía una nopalera. Sin juguetes, su diversión y la de sus hermanos era pintar con ese tinte natural.

Ese recuerdo regresó cuando recorrió Oaxaca de arriba abajo en busca de lugares donde aún existiera el insecto parásito del nopal. Se guió por los sitios mencionados en el Códice Mendocino, pero no lo encontró.
“Me acordé de la casa de mi abuelita. Ahí vi que en su nopalera estaban grandísimos los nopales, pero había unos doblados y abajo de ellos existía la grana. ‘¡Ahí está, ahí está!’”, evoca.
Desde entonces se ha dedicado a cuidar, investigar e innovar la técnica de cultivo a través de su nopaloteca.
Con el museo promueve este conocimiento, ofrece talleres y difunde sus usos en la gastronomía, la pintura, la ciencia y los textiles, entre otros saberes.
Su pasión por el insecto viene del alma.
Invitada por su hijo, viajó a París y Londres el otoño pasado y visitó grandes museos. Ver un enorme retrato de Napoleón Bonaparte con el esplendoroso rojo de la capa —pintada con grana cochinilla— la conmovió profundamente.
“No podía detener las lágrimas, estuve llorando como loca. ¡Era verdad! ¡Pintaron las capas de los reyes, las princesas y los cardenales con la grana!”, comparte emocionada.
Fue la confirmación de que el “oro rojo”, al que ha dedicado su vida, es parte de la historia de México y del mundo.






