El mexicano es feliz. Desde hace años, cada que Gallup realiza su tradicional sondeo sobre cuáles son los países más felices del mundo, México ha venido escalando varios lugares en el ranking internacional, hasta el punto de que ahora llegamos a la 10ª posición. De esa forma, nos codeamos con naciones tan felices como Finlandia, Luxemburgo, Suecia, Dinamarca o Noruega.
Como dije, no es la primera vez que ocupamos un muy buen sitio en esta encuesta, pero tal vez nunca como hoy esta posición resulta absolutamente contrastante con lo que objetivamente pasa en el país y, peor aún, con la imagen que se tiene de México en el resto del mundo. ¿Qué se pensará de nosotros cuando el sentimiento nacional de felicidad parece ignorar por completo las perturbadoras noticias de nuestro país que le dan la vuelta al mundo?
Que como México no hay dos, siempre lo confirmamos. Que el ingenio del mexicano –para consuelo de todos– es infinito, puede creerse. Y así podemos enumerar muchas de las características, reales o ilusorias, que supuestamente nos distinguen y que acaso podrían estar detrás de la felicidad que manifestamos tener. Sin embargo, ya en las tablas y gráficas de la cruel realidad, aparecemos reprobados en un sinnúmero de rubros a nivel global: seguridad educación, salud, participación ciudadana, empleo, transparencia, justicia…
Ahora bien, que a pesar de todos los pesares y de todos los registros fácticos de nuestro retroceso a nivel mundial nos digamos o sintamos felices, es algo que va más para los récord Guinnes que para la encuesta de Gallup. Y por supuesto, no pretendo descalificar este ejercicio demoscópico, pero sí intentar explicar sus resultados para nuestro país.
Es un hecho que la medición de Gallup sirve para ilustrar, ahora mismo y sobre todo, un estado de ánimo de los mexicanos, antes que una condición real. Parece inverosímil, pero sin importar sus numerosos problemas y carencias el mexicano se percibe feliz, por lo que la Presidenta Sheinbaum –además de sorprendida– también debe estarlo, porque le da oportunidad de decir que todo esto se debe obviamente al efecto benéfico que ha traído para el país la Cuarta Transformación.
Pero, ¿realmente es feliz el mexicano? Tratándose de una condición subjetiva, debemos partir de que si se siente feliz, es feliz. La felicidad es algo diferente para cada quién. Supongo que un millonario tiene una visión de la felicidad muy diferente de la que tiene un humilde pescador; supongo también que si este último cuenta con lo indispensable, bien puede disfrutar de su trabajo y de las horas de tranquilidad que tal vez le brinda. Pero de cualquier forma nos llamaría la atención que si la vida del pescador está llena de privaciones y obstáculos este se declarara feliz.
La felicidad de los mexicanos puede ser muy variada, pero creo que en general se trata más que nada que nada de una aspiración, totalmente legítima por lo demás. Pero es igualmente una forma de expresar su atávico “aguante” frente a la adversidad e incluso el sufrimiento. Yo, por supuesto, no diría que es el más feliz de la tierra, pero sin duda es uno de los seres más aptos para serlo, y en eso intervienen muchos factores positivos y otros no tanto que nuestros pensadores y filósofos han intentando desentrañar en diversos estudios sobre el mexicano.
La reflexión más conocida y profunda del ser nacional nos la brindó, como se sabe, Octavio Paz en su Laberinto de la Soledad. Ahí aborda, a veces cáusticamente, todo aquello que sobresale de nuestra personalidad colectiva. Por ejemplo, el sentimiento de inferioridad que arrastramos y que, irremediablemente, nos conduce a ser conformistas. Paz lo explica justamente desde la perspectiva de la soledad, “una soledad que despierta en la adolescencia y que tratamos de sobrellevar a través del uso de máscaras, caras ajenas a nosotros mismos que nos representan y con las cuales nos presentamos ante los demás. El silencio es la mejor arma, es mejor ser callado y reservado que llorar y ser observado, es mejor demostrar prosperidad aunque nos falte el alimento”.
¿Será que también es mejor demostrar felicidad que tristeza? No es una hipótesis muy lejana de la argumentación de Paz. Entre sus muchas máscaras el mexicano exhibe la de la alegría y la felicidad incluso en las circunstancias más adversas; incluso, por eso, lloramos-celebramos la muerte con una procesión llena de cuetes y bailarines (en su versión más popular), o con unos tragos. Ni qué decir tiene que también la representamos en dulces o papel picado.
Samuel Ramos, otro estudioso del tema, descartaba que su obra (El perfil del hombre y la cultura en México) atribuyera al mexicano una supuesta inferioridad como condición esencial. Lo que advertía, más bien, “es que cada mexicano se ha desvalorizado a sí mismo, cometiendo, de este modo, una injusticia a su persona”.
Lo que es indudable es que, como todos, el mexicano quiere ser feliz. Y resulta simplemente conmovedor que en medio del terror, la violencia o la extorsión (para no hablar de todo lo demás) declare solemnemente serlo.
@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez