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La dicha inicua de perder el tiempo

El cristalazo

por Rafael Cardona
17 marzo, 2026
en Editoriales
Los electores también son responsables
49
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Renato Leduc, ese genial poeta cuyo talento fue devorado en el periodismo y en algunos momentos de su vida por la burocracia, nos enseñó muchas cosas. Entre ellas la más hermosa definición del ocio; de la pérdida del tiempo. Es una dicha inicua.

“…cuánto tiempo perdí, ¡ay! cuánto tiempo…”

 Y quizá por esa capacidad nacional de incurrir en tan dichosa iniquidad, la cual a veces también guarda inocuidad, los gobiernos populistas, sobre todo estos, han extendido su habilidad de engatusar mediante el fomento a la pérdida del tiempo –o el empleo del mismo en cosas sin importancia trascendencia o mérito alguno, con la pobre ambición de colocar a la patria una y otra vez en el libro Guinnes de las marcas mundiales, el cual, es –a su vez— el pedigrí de las idioteces.

La hamburguesa –o el tamal– más grande del mundo, la persona con las uñas más largas en el orbe, la señora más obesa; la más concurrida clase de boxeo o –como ayer— la práctica de futbol soccer más abigarrada en la plaza pública de un país donde se juega muy mal al balompié— o saber quién ha sido el caballero de más luenga barba o cabellera.

Puras futesas sin importancia, cuyo valor (¿?) se adquiere cuando las inscriben en el libro de las cosas inútiles, vacías y ñoñas. Entonces se vuelven récord. O como el mismo Renato habría dicho, puras pendejadas con diploma.

El domingo pasado, como parte de este furor populachero y de antemano sin consecuencias útiles llamado “Mundial Social”, la Plaza de la Constitución fue cubierta con pasto artificial  y ahí ser reunieron, con actitud deportiva, 10 mil personas con otros tantos balones.

Más allá del ocio también hay negocio.

Si el Zócalo mide 46 mil 800 metros cuadrados (195 de ancho por 240 de largo) para cubrirlo con pasto de uso (450 pesos por metrito), se gastan 21 millones de pesos. Monedas más, monedas menos.

–¿Y los balones, y los uniformes?

Un negocio tan redondo como una pelota porque cada esférico vale, en promedio 400 pesos con todo y el diseño Trionda (Adidas) del próximo mundial norteamericano. En puras pelotas se gastaron oros cuatro millones si a cada quien le dieron una. Ya no tiene caso decir cuánto erogaron en guantes de box cuando la clase masiva de pugilismo. Se lo dejo a Cleto Reyes.

Estas concentraciones de lo inútil cuyo mayor aprovechamiento de la adolescencia eterna es perder el tiempo en asuntos sin beneficio, no son sino oportunidades de entretenimiento y buena imagen para el populacho casi siempre con el inigualable escenario del zócalo de la ciudad de México. De Plaza de Armas a patio de juegos.

Si el pueblo canta con Shakira,

Ni por asomo conspira;

a lo más salta y suspira,

pero a nada más aspira…

Por otra parte, vale la pena cuantificar la trascendencia nacional en el mundo de lo intrascendente.

México –sin registros industriales o científicos de patentes–, tiene más de 2 mil marcas registradas en el libro de los cerveceros irlandeses Guinness. Algo de tan profunda admiración colonizada tan colonizado como las estrellas Michelin en las taquerías.

Pero el orgullo nos llena con el taco de carnitas de cien metros de largo; el maratón más largo vestido de estrella; la bandera izada más grande del mundo, la mayor enchilada del sistema solar, la colección más abundante de Harry Potter o la mayor cantidad de personas revolviendo cocteles; también hemos sido insuperados con el danzón más largo de todos los tiempos, un mazapán gigante y una torta de 67 metros de largo con 800 kilos de peso; una taza de chocolate con 4 mil 826 litros y el mayor tonelaje de naranjas para exprimirles el jugo.

También tuvimos un presidente con mil 438 conferencias de prensa, que hoy se dedica pedinche, a limosnear para Cuba.

La dicha inicua…

 –0–

Etiquetas: CubaLópez ObradorSheinbaumTrump

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