La cancelación del concierto del rapero C-Kan, originario de Guadalajara, por parte del municipio de Querétaro, abre una discusión que va mucho más allá de un evento musical. No es la primera vez que este tipo de decisiones se justifican bajo el argumento de la “apología del delito”. Y tampoco es la primera vez que ese argumento se usa para intentar censurar lo que incomoda.
El hip hop, como movimiento cultural, nace en la periferia. Surge en los barrios, en los espacios donde históricamente no hubo opciones ni reflectores. Es música, sí, pero también es arte urbano a través del graffiti, es cuerpo y disciplina en el break dance, es palabra e improvisación en el freestyle. Es identidad. Es una forma de narrar la realidad cuando no hay otros micrófonos disponibles.
Decir que el rap es violento es una simplificación cómoda. El propio C-Kan lo ha dicho en una de sus letras: “mi línea no es violenta, violenta es la realidad”. Y tiene razón. El rap no inventa la violencia; la nombra. Habla de lo que ocurre en la calle, de las infancias en el semáforo, de las juventudes sin oportunidades, de los caminos torcidos a los que empuja la desigualdad, pero también de quienes, a través de esa cultura, han encontrado disciplina, esfuerzo y una salida distinta.
Cancelar conciertos para “prevenir la violencia” es querer tapar el sol con un dedo. Si los gobiernos realmente quisieran disminuirla, tendrían que dejar de pactar con quienes la generan, abrir oportunidades reales para las juventudes y atender las causas estructurales que la detonan. Perseguir artistas es mucho más fácil que enfrentar esas responsabilidades.
Además, hay algo que no puede ignorarse: esto también es un tema de clase. Existen canciones que hacen apología de la violación, del control y del feminicidio disfrazados de amor romántico, y no se cancelan. Tenemos artistas como Christian Nodal, señalado públicamente por conductas reprochables, recibiendo homenajes y escenarios llenos. Ahí no hay problema. La censura parece selectiva y apunta siempre hacia las expresiones culturales que nacen desde abajo.
Escuchar rap no convierte a nadie en delincuente. Asistir a un concierto de hip hop no vuelve violenta a una persona. Pensar lo contrario es profundamente clasista y peligroso. Además, limitar estos espacios sí afecta derechos fundamentales como el libre desarrollo de la personalidad y la libertad de expresión. La música que escuchamos no define nuestra conducta delictiva, pero sí nuestra identidad y nuestras formas de comprender el mundo.
El concepto de “apología del delito”, usado de manera vaga, es un hueco legal riesgoso. Hoy se aplica a un concierto; mañana puede usarse para callar cualquier expresión crítica, incómoda o disidente. La censura nunca ha sido una solución democrática.
El hip hop es cultura. Es protesta. Es memoria. Es comunidad. Y, como toda manifestación cultural auténtica, incomoda al poder porque no se le puede domesticar fácilmente. Podrán cancelar un concierto, pero no pueden cancelar una cultura que vive en los barrios, en las periferias y en la calle.
Como dijo el poeta: podrán cortar una flor, pero no podrán impedir que llegue la primavera. La cultura hip hop seguirá existiendo. Para fortuna de muchos, la cultura —la verdadera— siempre ha estado en la calle.






