Pocas veces un hombre de Estado consigue expresar el valor de un intelectual y el significado esencial de sus ideas. A la muerte de Jürgen Haberman, el canciller alemán logró hacerlo con gran tino y sobriedad: “Jürgen Habermas ha acompañado con longitud de miras y grandeza histórica los acontecimientos políticos y sociales (…) Su agudeza analítica marcó el discurso democrático mucho más allá de las fronteras de nuestro país y actuó como un faro en un mar embravecido. Sus trabajos sociológicos y filosófocos influyeron en generaciones de investigadores y pensadores. La fuerza intelectual y la liberalidad de Habermas eran insustituibles para la comunidad, y su palabra a la vez una referencia y un desafío”.
Habermas fue un pensador “difícil”. Su obra no se popularizó nunca como ahora lo hacen los textos de Byung-Chul Han y resulta, entre las producidas a lo largo del siglo XX, una de las más complejas. Su prosa, a ratos abstrusa, no siempre ayudaba y eso hizo que muchos de sus trabajos y reflexiones permanecieran en el ámbito académico.
Sin embargo, al convertirse en intelectual público y participar de diversas polémicas de actualidad ganó una gran presencia. Por otro lado, sus ideas esenciales fueron guiando a muchos que terminaron por acercarlas a públicos no especializados. Lo más importante: sus ideas consiguieron penetrar en ciertos círculos, liberales y socialdemócratas, que han abrazado el ideal democrático por encima de diferencias ideológicas o partidistas.
Porque lo cierto es que, como dice María José Guerra Palmero en su libro “Habermas. La apuesta por la democracia” (Trotta, 2015), en el extenso “laberinto de la obra habermasiana” hay un “hilo de Ariadna que no se corta nunca: el de la defensa a ultranza de la democracia como ideal moderno no solo político, sino también ético y civilizatorio. La deliberación, el llamado Discurso, en el que confrontamos los mejores argumentos y deliberamos para intentar alcanzar consensos, es el eje que articula su propuesta (…)
La palabra no existe en español, pero Habermas es, ante todo, un «deliberacionista». La polémica, el debate, la controversia son el motor de su maquinaria teórico-práctica.”
La discusión entre iguales, en un mismo espacio público que garantiza para todos las mismas condiciones, debe hacer posible –pensaba Habermas– que la deliberación no ponga en el centro el objetivo de “vencer” al interlocutor, sino tener como meta el intercambio racional de argumentos y razones para llegar a conclusiones válidas para todos y, eventualmente, al acuerdo.
Considerando esta búsqueda y que “estén representados todas y todos los afectados por los asuntos que se traten”, Habermas es definido por Guerra Palmero como “un demócrata radical”.
Lo de “radical” –no se asusten– viene a ser aquí sinónimo de consecuente: un pensador que no desgasta la palabra democracia atribuyéndosela a ejercicios populacheros y populistas donde privan la manipulación más descarada y el clientelismo más torcido. No. Habermas sabía que la democracia no podía tener lugar en esas asambleas donde después de una arenga el líder pide que a mano alzada los presentes decidan por los ausentes y, sobre todo, por quienes nunca fueron convocados a ninguna deliberación.
La democracia debe fundarse en la razón y en el diálogo. Sin este alimento diario lo que tenemos es una pantomima “democrática” pero sobre todo propagandística, sin legitimidad real, puesto que no respeta y mucho menos considera a quienes piensan diferente.
Estas sencillas ideas son las que están detrás de la deliberación como sustento del espacio público y la democracia. Por supuesto, en el centro está la palabra, instrumento de la racionalidad democrática que debemos cultivar en la sala de nuestra casa y en los medios de comunicación.
Habermas muere en medio de los peores vaticinios para la democracia en buena parte del mundo. Frágil, como siempre ha sido, es acosada a diestra y siniestra (sí, desde la derecha y la izquierda) por regímenes populistas que no confían más que en su adocenado discurso y que rechazan desde luego toda forma de racionalidad, deliberación democrática y legitimidad institucional.
Quedan, sin embargo, la sabiduría crítica de Habermas y eso que él llamaba “el uso público de la razón”, que estoy convencido seguirá siendo la principal defensa de la democracia como proyecto civilizatorio.
@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez





