Hoy Querétaro dio un paso que no es menor. La presentación del Programa Hídrico del Estado no fue solo el lanzamiento de un documento técnico; fue la apertura de una conversación que nos interpela a todos, porque el agua —aunque a veces no lo notemos— atraviesa cada dimensión de nuestra vida colectiva.
Escuchar las voces que dieron origen a este programa deja claro algo fundamental: no existe un solo problema del agua, pero sí una sola verdad compartida. El productor que teme perder la cosecha, el empresario que busca certeza para invertir, el académico que advierte fallas institucionales y la madre de familia que solo quiere que el agua no falte en su hogar, están diciendo lo mismo con palabras distintas: la seguridad hídrica dejó de ser un supuesto y se convirtió en una urgencia.
Durante décadas, la gestión del agua se fragmentó. Cada sector defendió su necesidad, cada nivel de gobierno resolvió su tramo y el resultado fue un sistema presionado, poco resiliente y cada vez más vulnerable. El valor del Programa Hídrico que hoy se presentó radica precisamente en romper esa lógica: propone mirar el ciclo del agua como un todo, asumir el estrés hídrico sin eufemismos y, sobre todo, ordenar el crecimiento, el campo, la ciudad y la regulación bajo una misma visión de largo plazo.
Pero ningún programa, por sólido que sea, se implementa solo.
El verdadero reto comienza ahora. Implementar significa tomar decisiones incómodas, invertir donde antes se postergó, coordinar donde antes se compitió y, sobre todo, entender que el agua no pertenece a un sector ni a un partido. Cuando el agua se partidiza, se detiene; cuando se usa para confrontar, se fragmenta; y cuando se convierte en moneda de cambio político, todos perdemos.
Este Programa plantea algo profundamente político en el mejor sentido de la palabra: poner reglas claras, generar certidumbre jurídica, actualizar marcos legales y asumir que crecer sin agua es una contradicción. No se trata solo de nuevas fuentes, infraestructura o tecnificación; se trata de justicia hídrica, de equidad territorial y de responsabilidad intergeneracional.
En un contexto climático cada vez más extremo —sequías prolongadas seguidas de lluvias torrenciales— la pregunta ya no es si debemos actuar, sino si estamos dispuestos a hacerlo de manera colectiva. La resiliencia no se construye desde la lógica de “cada quien su pozo”, sino desde normas comunes, cooperación y confianza institucional.
Por eso, este Programa debe entenderse como lo que es: una decisión de Estado y una invitación abierta. A los municipios, a los sectores productivos, a la academia, a la sociedad civil y a la ciudadanía. El agua puede ser el nuevo motivo de disputa o puede convertirse en el punto de encuentro que nos obligue a dialogar, a ceder y a coordinarnos.
Querétaro no está frente a una catástrofe inevitable. Está frente a una elección colectiva. Implementar este Programa es optar por la prevención sobre la reacción, por la planeación sobre la improvisación y por la unidad sobre la fragmentación.
Hoy no se presentó un fin. Se abrió un proceso. Y su éxito dependerá de algo muy simple y muy complejo a la vez: que entendamos que el agua no nos divide, nos iguala.






