Son injustas las acusaciones hechas al presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación por haber permitido que su secretaria de Comunicación Social se hincara ante él para lustrarle los zapatos a media calle y frente al Teatro de la República, en la ciudad de Querétaro, el pasado 5 de febrero, frente a una asombrada multitud.
Dicen que actuó como los emperadores, reyes, caciques o hueies que hace 5 siglos dominaban en Mesoamérica, quienes tenían infinidad de siervos que no podían ver a la cara a sus temibles señores, ni darles la espalda al retirarse y que les rendían pleitesía so pena de ser descuartizados para comilonas de la muchedumbre y homenajes a los dioses.
Ha sido acusado de ser el cínico rufián que con las manos en las bolsas del pantalón y volteando repetidamente hacia sus extremidades traseras, se solazó contemplando a la joven mujer arrodillada, que con esmero le dejó relucientes sus modernos mocasines. Algunos consideran que ese odioso suceso demuestra que han sido inútiles las luchas emancipadoras de las feministas y que es mentira que “al llegar una mujer a la presidencia llegaron todas”. Otros han comentado que todo hombre con un mínimo de educación y señorío, al instante, hubiera levantado a la mujer, evitando que concluyera su deplorable tarea.
Para mí, esos reclamos son infundados porque a nadie se le puede pedir que dé lo que no tiene. En efecto, la historia del susodicho dice que es de origen Ñuu Sabi, que nació en una pequeña, insalubre y pobre comunidad mixteca del estado de Oaxaca, que durante su niñez y juventud comprobó que en muchas de esas poblaciones “los usos y costumbres” permiten los matrimonios de niños; que los incestos no son excepcionales; que muchos padres entregan a sus pequeñas hijas a cambio de 2 o 3 puercos o de un garrafón de mezcal y que las mujeres en general son vejadas y discriminadas como forma natural de convivencia. Con rechazar como adulto esa barbarie no se le puede exigir algo más. Acostumbrado a huaraches originarios, ahora estrena zapatos boleados. Como activista se sumó al zapatismo del año 2000. Como indigenista recabó huellas digitales de indígenas para que Tartufo irrumpiera en la selva del Sureste, ganándose así, al ritmo de los acordeones, el lugar donde está.
Como impartidor de justicia (al igual que otros de sus pares) es errático, tonto e hilarante. Sus mayores aportaciones a la ciencia del Derecho han sido: dejarse “limpiar” (con sus colegas) por chamanes “originarios”, su toga con florecitas de colores, topetearse con la “ministra del pueblo” y sus discursos en mixteco. Algunos dicen que lo han visto deambulando por los pasillos de la Corte más atarantado que un perro en el Periférico.
Se trata, pues, de un personaje pequeño. Y no tiene la culpa él sino el que lo hizo compadre.






