La política queretana ha entrado en un ciclo que, aunque formalmente aún no es electoral, opera ya bajo lógica de sucesión. La gubernatura de 2027, junto con la renovación del Congreso local y los ayuntamientos, se ha convertido en el eje alrededor del cual se reconfiguran alianzas, liderazgos y tensiones internas. No es un fenómeno inédito: Querétaro, históricamente, ha anticipado sus contiendas con suficiente margen como para que la disputa real ocurra mucho antes de la jornada electoral. Pero en esta ocasión hay elementos adicionales que complejizan el tablero: el desgaste acumulado del Partido Acción Nacional (PAN) tras décadas de hegemonía, el crecimiento estructural de Morena en el país, y una sociedad queretana que ya no es homogénea ni políticamente predecible.
El PAN representa la continuidad en disputa. El anuncio de que el PAN designaría entre marzo y abril a un coordinador de estrategia rumbo a 2027 —figura que previsiblemente se convertirá en su candidato a gobernador— confirma que la contienda interna es hoy la verdadera elección. Diversos análisis coinciden en que la disputa se centra principalmente en tres perfiles: el hoy secretario de desarrollo social Luis Bernardo Nava, el presidente municipal Felipe Fernando Macías “Felifer”, y el senador Agustín Dorantes.
La competencia entre ellos no es meramente personal; responde a la configuración histórica de corrientes internas del panismo queretano. Nava representa la continuidad administrativa y la narrativa de política social institucional; Macías encarna la renovación generacional con base municipal; y Dorantes se ubica como operador político con presencia nacional. Esta diversidad, que en otro momento podría considerarse una fortaleza, hoy refleja la fragmentación de liderazgos y la falta de un proyecto único.
La pugna se agrava por la influencia de figuras externas a la contienda directa, pero con peso simbólico y político: Ricardo Anaya, excandidato presidencial, y el exgobernador Francisco Domínguez, quienes representan visiones distintas del panismo. La eventual participación de Domínguez en la dirigencia nacional del partido, junto con el gobernador Mauricio Kuri, introduce un factor adicional: la elección queretana podría convertirse en un laboratorio del reposicionamiento del PAN a nivel nacional.
No obstante, el principal desafío del panismo no es solo interno. El partido llega a la antesala de 2027 con un desgaste político inevitable tras casi tres décadas de dominio en el estado. Encuestas recientes siguen mostrando ventaja electoral del PAN, pero con una brecha menor frente a Morena y con un porcentaje relevante de indecisos, lo que indica que el voto ya no es automático.
Este desgaste tiene causas estructurales: el crecimiento poblacional acelerado, las presiones sobre servicios públicos, el aumento en la percepción de inseguridad en algunas zonas metropolitanas y la desigualdad territorial entre municipios. La narrativa de “modelo queretano” sigue siendo un activo, pero ya no es suficiente por sí sola para garantizar la continuidad.
Por su parte Morena podría tener una oportunidad sin articulación. Si el PAN enfrenta el reto del desgaste, Morena enfrenta el problema inverso: tiene la oportunidad histórica de competir seriamente por la gubernatura, pero carece de cohesión interna. El partido no ha logrado consolidar una dirigencia estatal capaz de articular a sus principales figuras ni de construir un proyecto común. Entre los nombres que se mencionan con mayor frecuencia se encuentran el exrector y diputado federal Gilberto Herrera, el titular del IMPI Santiago Nieto y el diputado federal Luis Humberto Fernández.
Herrera representa un liderazgo con arraigo universitario y presencia política, pero también polarización interna. Nieto, con trayectoria en combate a la corrupción y proyección nacional, encabeza algunas mediciones internas, aunque el alto porcentaje de indecisos refleja que no logra consolidar consenso. Por su parte, Luis Humberto Fernández ha intentado posicionar su nombre públicamente, incluso con acciones de promoción territorial que han generado debate sobre actos anticipados, pero sin resultados efectivos, lo que evidencia la falta de reglas claras dentro del partido.
El problema central de Morena en Querétaro además de la ausencia de perfiles, producto de la falta de una clase política que acompañe, es la incapacidad para construir una narrativa política coherente y una estructura territorial sólida. A diferencia de otras entidades donde el partido ha capitalizado el arrastre presidencial, en Querétaro la marca no ha logrado traducirse en organización ni en liderazgo local. Paradójicamente, esta desarticulación ha sido la mayor ventaja del PAN. Como apuntan analistas locales, la contienda real no es PAN contra Morena, sino el PAN contra sí mismo, en la medida en que Morena no logra convertirse en una alternativa creíble de gobierno.
La sociedad queretana hoy es un electorado en transformación. Cualquier análisis serio de la elección de 2027 debe partir de un dato fundamental: Querétaro ya no es el estado que era hace veinte años. El crecimiento demográfico, impulsado por la migración interna, ha modificado el perfil del electorado. Hoy conviven una base empresarial tradicional, sectores medios en expansión y una población joven que demanda agendas distintas: movilidad, vivienda, medio ambiente y seguridad.
Desde una perspectiva de análisis político-electoral, el resultado de 2027 dependerá en gran medida de tres variables estructurales: el desempeño económico estatal, la seguridad pública, y la cohesión institucional. La gobernabilidad dependerá de la capacidad del próximo gobierno para mantener equilibrio entre crecimiento económico y cohesión social, evitando que la polarización nacional se replique a nivel local.
La política queretana ha sido históricamente institucional y de baja polarización, pero esa característica comienza a tensionarse. El aumento de la competencia electoral y la presencia de narrativas nacionales más confrontativas han introducido un componente ideológico más marcado. En este contexto, el voto de 2027 no se definirá solo por estructuras partidistas, sino por la capacidad de los candidatos para conectar con una ciudadanía más exigente y menos leal a siglas. El elector queretano sigue valorando la estabilidad, pero también exige resultados tangibles en la calidad de vida, cada día más mermada.
La elección de 2027 no será una contienda ordinaria. Representará la posibilidad de cerrar o prolongar un ciclo político que ha marcado la identidad institucional de Querétaro. El PAN se juega la continuidad de su modelo; Morena, la oportunidad de convertirse en alternativa; y la ciudadanía, la definición del rumbo del estado en un contexto nacional de cambios profundos.
Hoy, a más de un año de la jornada electoral, la batalla más importante no está en las urnas, sino en la construcción de liderazgo, proyecto y credibilidad. En política, las elecciones no las gana quien llega primero, sino quien logra convencer al electorado de que puede gobernar mejor.
Querétaro se encamina hacia una elección donde, por primera vez en mucho tiempo, la continuidad no está garantizada y la alternancia tampoco es inevitable. El resultado dependerá de quién entienda mejor la nueva realidad social de un estado que ha dejado de ser políticamente predecible.





