Hay envidias que no muerden.
Solo se quedan mirando desde la grada, con las manos en los bolsillos.
La doctora en filosofía por Yale, Sara Protasi, dice que la envidia no es una sola cosa. Que no siempre es ese pecado verde y rabioso que imaginamos. Que hay envidias que empujan, otras que paralizan, unas que lastiman y otras que simplemente observan, con una mezcla rara de admiración y tristeza. Depende de si creemos que podemos alcanzar lo que nos falta o no. Y de si miramos nuestra carencia… o el gozo del otro.
Yo no envidio trofeos.
No envidio anillos.
No envidio equipos.
Envidio algo más incómodo: la emoción ajena.
Cada febrero veo a millones vibrar con el Super Bowl como si se tratara de una final de vida o muerte. Patriotas contra Halcones Marinos, o quien toque ese año. Gente que se abraza, que grita, que se queda sin voz por una jugada que yo no vi venir. Yo hago el esfuerzo honesto: entiendo la táctica, la geometría precisa de las jugadas, la brutalidad armoniosa de cuerpos diseñados para chocar sin romperse. Atletas en toda la definición. Reconozco, sin regatear, que la NFL es la mejor liga del mundo, que es una máquina perfecta. Tan perfecta que a veces las victorias parecen escritas con anticipación, como si el guion supiera leer el clima social de la época y entendiera que, en ciertos momentos, como este, ser “patriota” también vende mejores historias.
Pero no me pasa nada.
Y en esa nada, empieza todo.
No es una envidia sucia, no es la que quiere apagar la fiesta del otro. Al contrario. Me descubro deseando sentir lo que ellos sienten. Que algo se active sin pedir permiso: el nudo en el estómago, el pulso acelerado, la sensación infantil de que ese balón ovalado también es mío. No sucede. Por más que lo intente, no conecto. El juego no me habla en la lengua emocional que aprendí de niño.
Quitando, eso si, ese aire de superioridad que algunos aficionados exhiben como si entender una formación defensiva fuera una credencial moral, lo cierto es que mi envidia es silenciosa. No ataca. No desprecia. No descalifica. Es una envidia emulativa sin camino, o quizá una envidia inerte: sé que no voy a llegar ahí, pero tampoco puedo dejar de mirar. Incluso sin sentir, estaré.
El futbol, el mío, el del balón redondo, el de barrio, el de domingos heredados, me enseñó a sufrir y a gozar con otros códigos. No mejores ni peores. Distintos. Tal vez por eso, frente al fútbol americano, me siento como quien escucha una lengua extranjera: entiende la gramática, pero no la música de cada conversación.
Y eso duele.
Al menos a mí.
Porque el deporte, al final, no se trata de entender. Se trata de sentir.
Tal vez por eso la envidia, esa emoción tan mal juzgada, aquí no acusa, me diagnostica. No me señala como inferior, sino como distinto. Me recuerda que al igual que los libros, no todos los juegos nos eligen aunque sepamos leerlos con la cabeza. Y que hay placeres ajenos que no están hechos para nosotros, por más que los respetemos. Por mas que los anhelemos.
Los envidiosos, al menos algunos, no quieren quitar nada.
Solo quieren sentir algo. Yo soy de esos.
Y a veces, aceptar que no se puede o que no se siente,
también es una forma honesta de pararse frente al juego.






