Hemos pasado de predecir, evidenciar y advertir los riesgos del cambio climático a vivirlo completamente, y mientras seguimos creyendo que los bienes naturales son infinitos y que su uso debe constituir la base del crecimiento económico: pero sin explotación de la naturaleza no hay crecimiento y, sin crecimiento, no hay bienestar.
Hoy las sequías, los incendios, las inundaciones y el aumento en la intensidad de huracanes, el deshielo de los glaciares, el impacto en los corales y otras tantas cosas más, son testimonios claros del cambio climático. No cabe duda de que, en este siglo, el cambio climático es el factor que está marcando el quiebre de nuestra relación con la naturaleza.
La COP (Conferencia de las Partes) cada año ha ido perdiendo legitimidad como instrumento de negociación multilateral en materia de cambio climático y su deterioro es una triste insignia de nuestro siglo.
A la destrucción de ecosistemas, el declive de la biodiversidad, la extinción de especies, la contaminación y el cambio climático le llamamos crisis ambiental. Y sus efectos están alcanzando la vida cotidiana. Y por ello, afrontar está crisis ambiental será determinante en los próximos años para restablecer nuestra relación con la naturaleza.
Por otra parte, la visualización de un horizonte ambiental pesimista genera desesperanza sobre el futuro. Y se percibe una falla en las políticas públicas que reduce las posibilidades de una vida próspera y, con ello, surge la ecoansiedad. La cuál afecta primordialmente a las generaciones más jóvenes, quienes emiten una respuesta generacional, al ver todo perdido, y adoptan una actitud poco activa para resolver el problema.
Por ende, la parálisis da pie al individualismo bajo la lógica de disfrutar la vida hasta donde se pueda.
No obstante, muchas comunidades alrededor del planeta están rompiendo la parálisis. Sin esperar a que las políticas públicas nacionales o globales reaccionen, se están arriesgando a cambiar sus culturas y actitudes frente a la naturaleza en plena crisis ambiental. Desde poblaciones indígenas en la India que elaboran mapas comunitarios para la restauración de sus ecosistemas, hasta comunidades en Europa y América Latina que transforman sus formas de obtener energía, o que impulsan programas de reforestación con efectos comprobados en la reducción del cambio climático. Falta mucho, pero es posible que las dinámicas locales sean el pivote necesario para modificar las dinámicas globales en nuestra nueva forma de interactuar con la naturaleza.
Frente a este escenario, surgen muchas narrativas desde distintos puntos para justificarse, enmascarar o desvirtuar los hechos, pero poco hacen por aportar soluciones reales
Dentro de esas narrativas suele decirse que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, aunque quizá la verdad es más inquietante: pues puede ser la única criatura que, mientras tropieza, sigue convencida de estar en terreno firme.
Quizá, para algunos, esta crisis ambiental sea el pecado de los imbéciles, pues éste era el momento adecuado para hacer de la realidad un tema controvertido. Empero, es uno de los temas menos banales dentro de las sociedades modernas; o bien conmueve o bien se le repudia, restará a cada uno tomar partida. Pero es innegable, en todo caso, que se ocupa de los grandes temas de la vida como la extinción, la contaminación, la muerte, el sacrificio, el riesgo, el compromiso, la ética, el compañerismo, la solidaridad. Y está, desde luego, lo insuperable: todos estos elementos conviven dentro de nuestro macrocosmos: el planeta.
Nadie está exento de la crisis ambiental, y además todos somos corresponsables, sin embargo, no hacemos lo suficiente para cambiar las cosas en nuestro entorno (casa, oficina, escuela, espacio público etc.). Pues cada día continuamos con el consumismo, generando muchos residuos, contaminando con el vehículo, gastando mucha energía y descuidando el ahorro de agua, y no cuidamos la vegetación en nuestras casas o en la calle, parques o jardines.
Ya Stephen Hawking, había dicho hace bastantes años que “estamos en peligro de destruirnos a nosotros mismos por nuestra codicia y estupidez” y alertó de un mundo cada vez más contaminado y superpoblado, en el que seguimos mirando hacia dentro sin ver que el suelo que pisamos se debilita. Entonces, ¿qué significa hoy vivir en un universo indiferente sobre un planeta cada vez más caliente? Que la física no negocia. La atmósfera responde a toneladas de CO2, no a discursos bonitos ni a promesas vagas.
Por otra parte, la literatura académica tiende a sobreestimar las soluciones tecnológicas y los cambios de comportamiento individuales, como el reciclaje o el consumo responsable. Mientras que presta menos atención a las reformas estructurales económicas y de gobernanza.
Recientemente se celebró el Día Mundial de la Vida Silvestre 2026 (se celebra el 3 de marzo) en un contexto de alerta global por la pérdida acelerada de biodiversidad, ya que Naciones Unidas, nos recuerda que más de un millón de especies podrían estar en riesgo de extinción en las próximas décadas si no se adoptan medidas urgentes. Pues entre las causas más importantes que se señalan son: La pérdida de hábitats, el cambio climático, la contaminación y el tráfico ilegal de especies.
Recordemos que en un mundo cada vez más urbanizado, la conexión con la naturaleza se debilita enormemente.
Hay silencios que pesan más que cualquier discurso. Y el silencio lo están marcando las alas que ya no sobrevuelan los campos y los pasos que apenas dejan huella en los montes. Los planes de recuperación de especies amenazadas se han convertido en la reclamación urgente de quienes advierten que el deterioro ya no es una hipótesis, sino un hecho medible sobre el terreno.
Y un astronauta señaló que 2No tendremos paz en la tierra hasta que reconozcamos la estructura interrelacionada de toda la realidad”
Y también desde el ámbito de la salud se reporta que 1 de cada 5 muertes por enfermedades cardiovasculares en el mundo son atribuibles a la exposición ambiental, superando el impacto de factores de riesgo tradicionales. Y el calor extremo actúa como un catalizador, exacerbando el daño vascular provocado por las toxinas químicas presentes en el suelo y el agua.
Y recientemente, se dio a conocer por el medio de comunicación británico CarbonBrief que solo 98 de 196 países miembros de la ONU presentaron sus informes nacionales sobre cómo están abordando la pérdida de biodiversidad, al vencimiento del plazo el 28 de febrero (2026).
En este sentido se dice que la biodiversidad está en riesgo. Y a comienzos de 2025, un informe de la ONG WWF demostró que las poblaciones de vertebrados monitoreadas se redujeron en un promedio del 73% desde 1970. Señalando que “Estas cifras demuestran una pérdida de diversidad genética que debilita la resiliencia de la vida silvestre frente al cambio climático, las enfermedades y la pérdida de hábitat”. Y hay que entender muy bien que la auténtica importancia, de los bosques, es mucho más que conjuntos de árboles o espacios naturales aislados de la actividad humana. Es biodiversidad y además, son aliados fundamentales en la adaptación al cambio climático pues ayudan a regular el ciclo del agua, a prevenir la erosión y a reducir el impacto de eventos extremos.
Y un estudio sobre «Biodiversidad y contaminación por plásticos» realizado por la NPAP Costa Rica, con apoyo del WEF. Señala que la contaminación plástica (La contaminación plástica se ha consolidado como uno de los riesgos ambientales sistémicos más relevantes del siglo XXI, con implicaciones directas para la biodiversidad, la resiliencia climática, la seguridad alimentaria y la estabilidad económica) afecta ecosistemas terrestres y marino-costeros y genera riesgos sobre servicios ecosistémicos, además recomienda priorizar cuencas y zonas costeras vulnerables, fortalecer la gestión municipal, mejorar la articulación público-privada y diseñar intervenciones con métricas ambientales claras.
En fin, lo que estamos no sólo presenciando, sino viviendo, es este quiebre con la naturaleza, que requiere acciones urgentes y reorientar su trayectoria para no colapsar.
En algunos países como Costa Rica, ya se tienen identificadas las áreas clasificadas como de colapso ecológico, las cuales están concentradas principalmente en cuencas altamente urbanizadas y productivas, y representan puntos críticos donde la capacidad de resiliencia de los ecosistemas ha sido superada. En estos territorios, los costos de la inacción podrían aumentar de forma acelerada y las opciones de restauración se vuelven progresivamente más limitadas y costosas, lo que eleva el riesgo ambiental, social y económico.
Además de manera complementaria, se conoce que aún las ANPs no están exentas de estas presiones. Pues los ecosistemas particularmente sensibles, como humedales, estuarios y refugios costeros, presentan altos niveles de exposición al riesgo plástico, lo que confirma que la protección legal, por sí sola, resulta insuficiente frente a presiones difusas, acumulativas y transfronterizas. La evidencia presentada refuerza la necesidad de una acción sistémica y multisectorial coordinada entre gobiernos, sector privado, sector financiero y sociedad civil, orientada a reducir presiones, proteger activos naturales críticos y fortalecer la resiliencia de los sistemas socioeconómicos.





