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El PAN sigue descubriendo el hilo negro

Desde el montículo

por Jaime Robledo
23 marzo, 2026
en Editoriales
Todo bajo control en la visita de Claudia
70
VISTAS

El conflicto en Medio Oriente ha sido planteado como una estrategia deliberada de Estados Unidos para encarecer el petróleo y debilitar a Europa; aunque es una hipótesis interesante, no es completa. En el sistema internacional actual, los precios del petróleo responden a múltiples variables simultáneas: tensiones en Medio Oriente, decisiones de producción de la OPEP+, dinámicas de oferta global y expectativas financieras. Es cierto que Washington puede beneficiarse indirectamente —por su condición de gran productor y exportador—, pero también enfrenta costos internos (inflación, presión política doméstica). Más que una conspiración lineal, lo que se observa es una convergencia de intereses donde EE.UU. aprovecha un entorno que no necesariamente controla por completo. El conflicto entre Israel e Irán sí tiene un efecto claro: introduce riesgo geopolítico en una de las regiones clave para el suministro energético mundial. Esto eleva primas de riesgo, encarece el petróleo y reconfigura alianzas. Para Irán, la tensión puede fortalecer su narrativa interna y su influencia regional; para Israel, la prioridad es contener amenazas estratégicas. Estados Unidos busca evitar una escalada mayor que dispare los precios de forma descontrolada, pero al mismo tiempo utiliza la presión sobre Irán como instrumento de negociación. En ese equilibrio inestable, nadie controla totalmente el resultado. Europa, por su parte, es probablemente el actor más vulnerable en el corto plazo, pero no necesariamente el gran perdedor estructural. La crisis energética desde 2022 ya obligó a la Unión Europea a diversificar fuentes, acelerar energías renovables y depender más del gas natural licuado —en buena medida proveniente de Estados Unidos—. Esto genera una relación de dependencia energética relativa, pero también una transición estratégica que podría, en el mediano plazo, reducir su exposición a choques geopolíticos. El encarecimiento del petróleo la afecta, sí, pero también acelera decisiones que antes se postergaban. En cuanto a “quién gana”, en geopolítica rara vez hay vencedores absolutos. En el corto plazo, los productores de energía (Estados Unidos, países del Golfo, Rusia en ciertos contextos) pueden obtener beneficios económicos. Sin embargo, el aumento de tensiones eleva la incertidumbre global, afecta el crecimiento y genera riesgos sistémicos. El “ganador” real suele ser quien logra adaptarse mejor: quien diversifica su matriz energética, fortalece su autonomía estratégica y mantiene estabilidad interna. Más que un desenlace claro, lo que veremos es una prolongación de la competencia geopolítica, con equilibrios cambiantes y costos distribuidos entre todos los actores.

STRIKE 2

El llamado “Plan B” de la presidenta Claudia Sheinbaum surge, en realidad, como una respuesta política al fracaso de su reforma electoral original (el llamado Plan A), que no alcanzó la mayoría calificada en el Congreso. A partir de ahí, el nuevo planteamiento se redujo significativamente en alcance: dejó fuera cambios estructurales al sistema electoral y se concentró en medidas más viables políticamente, como recortes al gasto de congresos locales, cabildos y autoridades electorales. Esto explica por qué, como se ha mencionado por analistas políticos, el objetivo no termina de ser del todo claro: pasó de ser una reforma profunda a una negociación pragmática para mantener cohesionada a la coalición gobernante. Uno de los puntos más polémicos, es la intención de adelantar la revocación de mandato a 2027 y hacerla coincidir con elecciones federales, locales e incluso judiciales, creando una especie de “súper elección”. Este cambio rompe con el diseño original del mecanismo (que buscaba evitar su uso electoral) y abre la puerta a que la figura presidencial esté directamente en la boleta, lo que diversos analistas consideran una ventaja electoral para Morena al convertir la elección intermedia en un referéndum sobre el gobierno. En ese sentido, se busca influir en el voto a favor del oficialismo. En cuanto a los alcances institucionales, también hay un tema relevante: el Plan B toca ámbitos municipales y estatales —como la reducción de regidores o el control del gasto local—, lo que genera tensiones con el federalismo y cuestionamientos sobre su viabilidad política. Aunque legalmente puede avanzar mediante reformas constitucionales (si logra el aval de congresos estatales), políticamente implica pedirles a actores locales que voten en contra de sus propios espacios de poder, lo que complica su aprobación real y evidencia por qué el proyecto ha tenido que recortarse. Quizá el punto más delicado hoy es la división dentro de la propia coalición oficialista. Mientras el Partido Verde Ecologista de México ha manifestado respaldo prácticamente total al Plan B, el Partido del Trabajo ha expresado reservas importantes, especialmente sobre la revocación en 2027. Incluso hay advertencias de votar en contra si no se modifica la fecha, lo que evidencia que Morena no tiene garantizado el bloque legislativo necesario. Esta fractura es clave, porque sin esos aliados no hay reforma constitucional, y eso abre el escenario de nuevas negociaciones o ajustes. A la pregunta de que si habrá un “Plan C”, la respuesta es que, en los hechos, ya se percibe una lógica de múltiples escenarios. Algunos análisis señalan que este Plan B es en sí mismo una versión reducida o incluso una estrategia calculada desde el inicio para presionar a aliados y reconfigurar la negociación política. Si el actual paquete no logra los votos suficientes, el camino más probable sería insistir en reformas aún más acotadas (legislación secundaria) o postergar los temas más controvertidos. En síntesis, más que una ruta lineal (A, B, C), lo que estamos viendo es una estrategia flexible donde el objetivo central —mantener control político y electoral hacia 2027— se adapta a las condiciones reales de poder.

STRIKE 3…PONCHADO

La reciente reunión del Partido Acción Nacional volvió a dejar la sensación de falta de rumbo e identidad. Se presenta como novedad algo que en realidad no lo es. Basta recordar que Mauricio Kuri fue Presidente Municipal de Corregidora, Senador y hoy Gobernador sin haber sido originalmente militante panista. Bajo ese contexto, el discurso de “abrirse a la sociedad” difícilmente puede considerarse un avance real; es, en todo caso, una narrativa reciclada. Además, esta misma idea ya había sido planteada desde noviembre del año pasado sin generar resultados concretos ni impacto político. Hoy se retoma con el anuncio de que “todas las candidaturas estarán abiertas a la sociedad”, lo cual en el discurso suena atractivo, pero carece de sustento operativo. El punto crítico no es la apertura en sí, sino el método de selección: ¿serán encuestas, procesos internos, designaciones? Esa falta de claridad es donde realmente se definirá si la propuesta tiene viabilidad o si se queda en una declaración política. Llevando esto al caso de Querétaro, surgen dudas relevantes. ¿Podría realmente cualquier ciudadano con buena imagen competir por la gubernatura? En teoría sí, pero en la práctica implicaría una complejidad operativa considerable. No es lo mismo aplicar este modelo en estados donde el partido no gobierna que en una entidad  donde el PAN es la principal fuerza política y tiene responsabilidades de gobierno. Pretender reglas homogéneas para contextos tan distintos parece poco realista. Todo apunta a que existirán “candados” no explícitos en los procesos de selección. Es decir, se permitirá la participación de perfiles ciudadanos, pero con probabilidades muy limitadas de ser realmente competitivos frente a los cuadros internos. En ese sentido, la apertura podría ser más simbólica que efectiva, lo cual refuerza la percepción de que no se trata de un cambio estructural, sino de una estrategia discursiva. El verdadero reto en Querétaro no está en abrir o no las candidaturas, sino en mantener la unidad interna. La única posibilidad real de que Morena compita con fuerza es un escenario de fractura dentro del PAN. Si los distintos grupos logran cerrar filas en torno al candidato que resulte electo, el margen de competitividad del oficialismo local se mantiene sólido. Por ello, más que anuncios, lo relevante será observar cómo se construyen los acuerdos internos. De momento, todo indica que, una vez más, el planteamiento podría quedarse en intención y no en resultados.

Etiquetas: GuerrakuriMorenaopepPANSheinbaumTrump

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