Desde temprano, las calles de El Pueblito, en el municipio de Corregidora, Querétaro, dejaron de ser únicamente calles. Bajo lonas blancas y listones de colores, se convirtieron en un punto de encuentro donde la espera, el olor y la multitud se mezclaron en una misma escena. El Tradicional Caldo de Buey, que forma parte de las Fiestas Patronales por el 290° Aniversario del Traslado de la Bendita Imagen de Nuestra Señora del Pueblito, volvió a reunir a cientos de personas que avanzaban despacio, con platos, vasos y paciencia en mano.
La escena es el resultado de una tradición que suma casi tres siglos y que inicia un día antes, cuando los bueyes son bendecidos en la entrada de la Basílica de Nuestra Señora del Pueblito y recorren las principales calles de la cabecera municipal. El Paseo del Buey, como se le conoce, atraviesa vialidades emblemáticas -Capitán Pedro Urtiaga, Josefa Ortiz de Domínguez, Cuauhtémoc, Ignacio Allende, Francisco I. Madero- hasta llegar al Jardín Principal. Es un recorrido solemne, acompañado por autoridades religiosas, corporaciones, mayordomías y representantes municipales.
Al día siguiente, la tradición se transforma en alimento compartido.
En la casa de la Primera Tenanche entrante, sobre la calle 5 de Febrero, las ollas comienzan a vaciarse desde temprano. El caldo no es solo un platillo: es un acto oficial y simbólico de la corporación entrante, donde el alimento representa unidad, servicio y convivencia fraterna. Así lo marca la tradición y así lo viven quienes participan desde dentro.
Norma Angélica Ortiz García lo experimentó por primera vez este año. Originaria de El Pueblito, había visto el Tradicional Caldo como espectadora, pero nunca desde el otro lado de la mesa. “Por bendición de la Santísima Virgen es nuestro primer año participando”, cuenta.
La preparación comenzó un día antes. Treinta y siete kilos de garbanzo se cocieron durante horas. Mientras tanto, la verdura se picaba sin pausa: chile jalapeño, cebolla, chile güero, comino. En su casa, el caldo se guisa con manteca de cerdo, una costumbre familiar que, dice, “le da un poquito más de saborcito”. Todo tiene su tiempo: el garbanzo se cuece, se deja reposar y al día siguiente se arma el guiso que terminará en cientos de platos.
A eso se sumaron 50 kilos de carne del toro. Nada se guardó. Nada sobró.
“La verdad no nos esperábamos tanta gente”, admite Norma Angélica. El caldo se acabó rápido. Las filas avanzaban, los vasos se llenaban y las ollas se vaciaban con la misma velocidad. Del otro lado, la presión y los nervios aparecieron temprano. “De quererle darle a todos”, dice. Especialmente a quienes se acercaban y la reconocían. A veces ya no había más, y la duda aparecía: ‘¿qué hago ahora?’
Lo que quedó fue la evidencia: cazuelas limpias, ollas vacías y la certeza de que todo lo que llegó, se repartió.
No estuvo sola. En la preparación participaron sus papás, hermanos, cuñadas, primas y una tía que, dice, “nunca” las abandona. El caldo es trabajo colectivo, familiar, comunitario. Y también es una experiencia que, pese al cansancio, se quiere repetir. “Es muy bonito esto. Es una bendición muy grande”, resume.
Mientras tanto, la multitud seguía avanzando. Personas de todas las edades esperaban bajo el sol y las lonas. Algunos llegaban desde temprano; otros se sumaban conforme corría la mañana. El mercado, las calles aledañas y el corazón de El Pueblito se llenaron de voces, sombreros, platos y conversaciones cruzadas.
En esta edición, el Tradicional Caldo contó con la presencia del gobernador del estado, Mauricio Kuri González, y del presidente municipal de Corregidora, Josué David Guerrero Trápala, quienes acudieron a la repartición del alimento y compartieron la mesa con la ciudadanía. La bendición del caldo estuvo a cargo del padre guardián de la Basílica, Fray Antonio Miranda, acompañado por autoridades religiosas, corporaciones, mayordomías y miembros del gabinete municipal.
La tradición lo marca así: primero el paseo, luego el caldo. Primero la bendición del buey, después el alimento compartido. Una secuencia que se repite desde hace 290 años y que, lejos de desgastarse, sigue convocando.
Al final, cuando las ollas quedan vacías y las filas se disuelven, lo que permanece es la sensación de haber sido parte de algo más grande que un platillo. El Tradicional Caldo de Buey no solo alimenta: reúne, reparte, recuerda. Y vuelve a confirmar que, en El Pueblito, la tradición sigue caminando entre la gente.






