En el contexto militar la disciplina se refiere a la obediencia a las órdenes y la adhesión a las normas y procedimientos. En las organizaciones, la disciplina es la observancia de las reglas y normas de funcionamiento interno y es obvio que dichos lineamientos, órdenes y normas son establecidos por alguien que tiene la jerarquía para imponerlos y hacer que se cumplan.
Por ello me asalta la duda acerca de quién pudo ser el autor de la instrucción para que, en acción concertada, la mayoría de las fracciones legislativas decidieran proteger con el manto del fuero constitucional a un diputado acusado de cometer delitos que para nada tienen que ver con su función legislativa y que además, son contrarios a las tesis e ideología sobre cuestiones de género que impulsan.
Evidentemente se trató de un acto de disciplina partidista impuesto aún en contra de convicciones de muchos de sus miembros, pero se impuso un desconocido e inexplicable interés superior para el cual no encuentro justificación más que la complicidad, no en la ejecución del delito imputado, sino en alguna obscura componenda de mayor calado.
Se explica que el PRI haya acompañado a Morena en este affaire. Su líder Alejandro Moreno, tiene una causa abierta para su desafuero y apoyar la resolución protectora creaba precedentes para su propio caso personal, aún congelado en la comisión instructora, y por ello su fracción, disciplinadamente votó en bloque a favor. Pero es difícil de entender tratándose de Morena y su aliado el partido verde. Su actuación se contrapone con su discurso a favor de las víctimas de delitos, especialmente los cometidos en contra de las mujeres y la disciplina se impuso aún en contra de la voluntad de su bloque de legisladoras indignadas.
Esto nos lleva a la primera interrogante, ¿Quién impone la disciplina en Morena? ¿Su pastor Ricardo Monreal, la líder del partido o la presidenta, con A, de la república como jefa y estandarte del movimiento? ¿Fue alguien más, con peso moral sobre el movimiento, quien pudo girar la instrucción?
Desde la presidencia se matiza aconsejando al imputado protegido a que acuda ante la autoridad lo cual se explica para mantener su postura como mujer, pero politiza y justifica al insinuar intereses políticos detrás, lo que la deja en el fondo, en acuerdo con la actuación, con espíritu de cuerpo, de la fracción legislativa de su partido.
Se entiende que se quiera proteger al movimiento del desprestigio, pero si esa fue la causa, el efecto resultó inverso. La mácula ya está impuesta y revestirla de impunidad no la borra, por el contrario, crea otra más amplia, pues tiñe al resto de complicidad o complacencia. Muy legítimas las exigencias de quienes se negaron a cumplir con esa disciplina impuesta por la difusa trinidad jerárquica. Alarma que la instrucción protectora haya surgido de la punta de la pirámide pues el mensaje es claro. La corrupción, el abuso de autoridad, los excesos, se permiten si estás en el movimiento, apoyando y protegiendo los espacios de poder.
En este caso la formalidad legislativa se cumplió; sin embargo, en otros, bastó la palabra presidencial para la exoneración y la inacción judicial, como fue con el director de Segalmex, o el director del Insabi, que pese a ser las más grandes afectaciones patrimoniales de un sexenio, gozan de total impunidad y encubrimiento.
En razón de lo exhibido hasta hoy, la pertenencia al partido es garantía de impunidad, de protección política, como si en el prestigio personal de uno de los miembros estuviera implícita la condición moral del movimiento. El espíritu de cuerpo se impone y confluyen inocentes y culpables, convencidos y oportunistas en contubernios de protección, encubrimiento e impunidad.
No se entiende el beneficio de proteger políticamente a alguien que no tiene capital político detrás, que arroja más negativos que positivos al movimiento, asumiendo el costo de la fractura o la desavenencia interna. El saldo de este affaire no es favorable a pesar del pírrico triunfo y sienta en cambio las bases para que la desunión y el conflicto hagan implosión en el partido gobernante.
La disciplina se impuso, y la duda persiste. ¿Quién determinó que así fuera? ¿La ausente presidenta de un partido que no termina por serlo, el coordinador de la fracción con su agenda personal, la suprema autoridad formal o la autoridad moral del movimiento? Habrá que despejar la duda, algún día si sucede, así como conocer la razón inescrutable que fundamentó la directriz.