El inicio de un año suele venir acompañado de buenos deseos, balances apresurados y promesas que se repiten como ritual. Pero hay años que no se inauguran con esperanza, sino con claridad. El 2026 es uno de ellos.
No hace falta ser especialista para entender que el proceso rumbo a 2027 ya comenzó. La conversación política está en marcha, las definiciones se están cocinando y la gubernatura —hoy por hoy— no tiene dueño. El tablero está abierto. Y cuando el tablero está abierto, también se revelan las verdaderas fuerzas que lo habitan.
Durante décadas, a las mujeres se nos colocó en la periferia del poder. Fuimos vistas como acompañantes, como cuotas, como piezas decorativas del discurso democrático. Estuvimos presentes, sí, pero pocas veces con capacidad real de decisión. Eso cambió. Y quien no lo esté entendiendo ahora, llegará tarde.
Las mujeres hemos estado siempre en la política: organizando, operando, resistiendo, defendiendo causas, cuidando territorios, sosteniendo movimientos y enfrentando violencias. La diferencia es que hoy ya no estamos dispuestas a seguir conformándonos con migajas.
No queremos espacios simbólicos ni reconocimientos tardíos. No queremos ser el “detalle” que se agrega al final de un proyecto que ya está decidido. Queremos poder real. Queremos incidir. Queremos decidir. Queremos el pastel completo, no porque nos lo deban, sino porque sabemos que tenemos con qué gobernar, legislar, dirigir y transformar.
La agenda de las mujeres no es una moda ni un accesorio electoral. Es una agenda viva, urgente y profundamente política. Habla de seguridad, de justicia, de cuidados, de derechos, de economía, de territorio, de democracia. Ignorarla no solo es un error ético; es una torpeza estratégica.
Quien crea que bastará con colocar a una mujer en una boleta para cumplir con la simulación, no ha entendido nada. Quien piense que el voto de las mujeres se gana con discursos vacíos, actos conmemorativos o promesas recicladas, tampoco. Las mujeres ya no somos un sector al que se le habla desde arriba: somos un bloque que escucha, analiza, recuerda y decide.
Y hay algo más que conviene decir con claridad, sin rodeos y sin estridencias: nos van a necesitar. A los partidos, a los proyectos y a quienes aspiren a gobernar Querétaro en los próximos años les conviene entenderlo desde ahora.
Negociar con las mujeres no es una concesión graciosa; es una obligación democrática. Escucharnos no es cortesía; es inteligencia política. Tomarnos en cuenta no es un favor; es una responsabilidad mínima en un contexto donde la violencia y la exclusión siguen siendo parte del paisaje cotidiano.
El 2026 no es un año de espera. Es un año de posicionamiento, de definición, de advertencia. Las mujeres estamos listas, organizadas y con agenda. Ya no miramos desde la tribuna ni aplaudimos desde la grada. Estamos en el juego político, y esta vez no pensamos salir.
Este texto también marca el inicio de una etapa personal y colectiva: retomar la escritura como herramienta política, como espacio de reflexión y como forma de incidencia. Algunas de estas ideas llegarán a través del periódico de Querétaro Plaza de Armas, otras circularán en espacios digitales. Todas parten de una convicción clara: la política se disputa también desde la palabra.






