¡Válgame la protección de San Cristóbal, guía de los extraviados, que no hay espanto mayor que el de aquel que busca oro y tropieza con la osamenta!
Al ver el capitán Antípides cómo sus hombres quedaban convertidos en acericos humanos, ensartados en aquellas estacas que el tiempo no había logrado pudrir, sintió que las tripas se le hacían un nudo más apretado que el cordón de un franciscano. El hedor que subía de aquel foso no era solo el de la sangre fresca de sus soldados, sino un tufo rancio, una mezcla de humedad de siglos y de muertes calladas.
—¡Atrás, por vida de todos los demonios! —rugió el Capitán, retrocediendo con tal ímpetu que por poco derriba al Sargento, quien ya se encontraba de hinojos balbuciendo un latín de cuartel que ni él mismo entendía —¡Es la mano de la Condesa de Miravalle! —chillaba un cabo que había quedado al borde del abismo, señalando con dedo tembloroso las sombras—. ¡Dicen que las monjas enterraban aquí a los que venían a turbar su sueño!
Pero no era mano de muerto, lector mío, sino el ingenio de la arquitectura del miedo. Aquel pasillo, que parecía conducir a las celdas de las dignidades, era en realidad un «antemural» de engaño. Las losas, dispuestas sobre ejes de hierro que la herrumbre había vuelto sensible, cedían al peso de un hombre calzado, mientras que el paso ligero y descalzo de una monja apenas si las hacía suspirar.
—¡Silencio, gallinas! —bramó Antípides, tratando de recobrar la compostura mientras se limpiaba un salpicón de sangre de la mejilla—. Sargento, saque a los que queden vivos… si es que queda alguno que no esté ya rindiendo cuentas al Creador.
Pero la empresa era vana. Desde el fondo del foso, solo llegaban estertores y el lúgubre goteo de la vida que se escapa. Los esqueletos antiguos, aquellos mudos testigos de anteriores invasiones o de pecados sepultados, parecían sonreír con sus mandíbulas descarnadas ante la nueva compañía.
Mientras tanto, en lo alto del claustro, el tañido de una campana pequeña y cascada comenzó a sonar. No era un toque de rebato, sino un De Profundis pausado, que helaba el ánimo más que el cierzo de la Sierra Gorda. Las monjas, que según Antípides debían estar temblando bajo sus catres, daban señales de una presencia invisible y acechante.
—Capitán —susurró el Sargento, acercándose al oído de su superior con los ojos saltados—, esto no es un convento, es una ratonera. Dicen que las Capuchinas tienen pasadizos que dan a los pozos de las casas vecinas y que pueden aparecerse detrás de nosotros sin abrir una sola puerta. Vámonos de aquí, que el dinero de las dotes no vale este pellejo.
—¡Calle, cobarde! —replicó Antípides, aunque sus piernas decían lo contrario—. No hemos venido a rezar el novenario. Buscaremos la escalera de caracol que sube al coro. Si logramos capturar a la Abadesa, ella nos dará la clave de este laberinto de Satanás.
Reiniciaron la marcha, pero ahora con los sables desenvainados, tanteando cada piedra con la punta del acero como si caminaran sobre brasas. De pronto, al doblar una esquina donde un Cristo de caña de maíz los miraba con ojos de vidrio empañado, una ráfaga de viento helado apagó las linternas. La oscuridad se volvió sólida. Se escuchó entonces un murmullo de rezos monótonos, un siseo de hábitos arrastrándose por el suelo de ladrillo, y aquel olor a incienso que, en lugar de elevar el alma, parecía querer asfixiarla.
—¿Quién va? —gritó Antípides al vacío, helado de sus carnes —La justicia de Dios, que no conoce de reformas ni de leyes de hombres —respondió una voz femenina, firme y serena, que parecía brotar de las mismas paredes de cal y canto.
¿Sería la Abadesa, o acaso el espíritu de alguna fundadora que volvía del sepulcro a defender su casa? ¡Ah, lector amado! Que, si la fuerza del brazo es mucha, la de la fe desesperada es un abismo que ningún capitán, por muy Antípides que se miente, puede saltar sin romperse la crisma.
Subía el Capitán Antípides por la escalera de caracol, una tripa de piedra tan estrecha que sus hombros rozaban la cal fría, dejando tras de sí un rastro de juramentos y el eco de sus espuelas, que en aquel silencio sonaban como martillazos en un ataúd. El Sargento, pegado a su espalda como una lapa, no dejaba de santiguarse, temiendo que de cada rendija brotara una mano descarnada.
Al llegar al rellano del Coro Alto, la escena que se abrió ante sus ojos les hizo detener el aliento. No era el desbande de mujeres asustadas que esperaban encontrar, sino un ejército de sombras blancas y negras, inmóviles como estatuas de mármol. Allí estaban las Capuchinas, formadas en sus sitiales de madera de nogal, con los velos caídos sobre el rostro y las manos ocultas en las amplias mangas.
En el centro, bajo un Cristo agónico que parecía sangrar de nuevo ante tal sacrilegio, se alzaba la Madre Abadesa. No era una mujer, lector mío; era un monumento a la severidad. Sus ojos, hundidos por el ayuno, pero brillantes como ascuas, se clavaron en el Capitán con tal fuerza que este, por primera vez en su vida de cuarteles y emboscadas, sintió que la casaca le quedaba grande.
—¡Detened vuestro paso, hombre de barro! —tronó la superiora, y su voz, aunque gastada por el rezo, llenó la bóveda con la autoridad de un trueno—. Habéis violado la clausura, habéis manchado con sangre de vuestros propios hombres el suelo que solo conoce la pureza. ¿Qué buscáis aquí, donde nada hay para el mundo sino olvido y oración?
—¡Busco la ley, señora! —replicó Antípides, tratando de recuperar su arrogancia de soldado—. La ley de la Reforma que manda vaciar estos nidos de fanatismo. Entregadme las llaves de la ciudadela y los caudales que ocultáis, o mis hombres no dejarán piedra sobre piedra.
La Abadesa dejó escapar una risa seca, un sonido que recordaba el crujir de un pergamino viejo —¿Caudales? —dijo ella, señalando con una mano pálida el suelo de ladrillo—. Nuestro tesoro es la pobreza. Nuestra dote es el martirio. Y en cuanto a las llaves… ¡ah, Capitán!, las puertas de este convento se abren para entrar al cielo, pero para los que vienen con odio, son las puertas del infierno las que se dilatan bajo sus pies.
Mientras esto ocurría en las alturas, abajo, en la Huerta de las Capuchinas, el resto de la tropa vivía su propio calvario. Aquella extensión de tierra, que de día era un remanso de duraznos y membrillos, se había convertido en un campo de espantos.
Los soldados, desorientados por la neblina que subía de la acequia, empezaron a ver luces pequeñas y azuladas que bailaban sobre los montículos de tierra. —¡Son las ánimas de las fundadoras! —gritaba un recluta, soltando el fusil como si quemara.
No eran ánimas, lector, sino el gas de la descomposición que brotaba de las tumbas humildes donde las monjas, sin ataúd ni pompa, eran devueltas a la tierra. Pero para el ignorante, la ciencia es brujería. En su huida desesperada, tres soldados cayeron en una fosa abierta que las hermanas habían cavado esa misma tarde para un entierro pendiente. Al fondo, no encontraron tierra blanda, sino una trampa de abrojos de hierro que las monjas, advertidas de la exclaustración, habían ocultado bajo una capa de paja.
Los alaridos de los soldados, atrapados como fieras en un cepo, se mezclaban con el canto del Miserere que las monjas empezaron a entonar en el coro, creando una sinfonía tan lúgubre que hasta los perros de la calle de la Gran Palma aullaron de pavor.
El capitán Sóstenes Antípides, viendo que su tropa se desmoronaba entre trampas físicas y terrores del espíritu, comprendió que aquella «ciudadela de silencio» era más peligrosa que una batería de cañones —¡Sargento! —gritó hacia abajo—. ¡Retirada! ¡Sacad a los hombres de la huerta! ¡Volveremos con hachas y fuego si es preciso!
Pero la Abadesa, sin moverse de su sitio, le lanzó una última sentencia que le perseguiría hasta su lecho de muerte: —Idos, Capitán. Pero llevad con vos la certeza de que quien entra aquí a robarle a Dios, sale siempre con las manos llenas de ceniza y el alma cargada de cadenas—.
Aquella noche, los soldados abandonaron el convento por el mismo pozo de inmundicia por el que entraron, dejando tras de sí a sus compañeros muertos y una lección que Querétaro no olvidaría: que hay muros que no se derriban con pólvora, sino con la terca, aunque acaso laudable, resistencia de quienes no tienen nada que perder porque ya lo han entregado todo.
¡Válgame la advocación de San Elías y todos los profetas que vieron fuego y agua caer del cielo! Si usted pensaba, lector mío, que el calvario de la soldadesca terminaba con el foso de las estacas, es que no conoce la industria de estas monjas cuando se trata de defender el sagrario de su clausura.
Aquel 18 de enero, la retirada del Capitán Antípides no fue marcha, sino desbandada de condenados. Al apagar las monjas los hachones del claustro, la oscuridad se volvió un muro de granito que los soldados golpeaban con los codos y las culatas de sus fusiles.
—¡Por aquí, sargento, que siento el aire de la calle! —gritó un cabo, metiéndose de bruces por un arco rebajado que conducía a las Catacumbas del Acueducto.
¡Infelices! No sabían que el Convento de las Capuchinas era el corazón donde latían las aguas de Querétaro. Aquellos pasadizos subterráneos, diseñados por alarifes del siglo pasado para el alivio de las fuentes, eran en realidad venas de piedra que las religiosas controlaban desde el Cuarto de Niveles y las esclusas del huerto, no olvidéis amigo lector que el Acueducto que nutre a esta leal ciudad fue erigido para estas religiosas ¡Al fango y tango para su propio beneficio! Que, por cierto, lleva por nombre: El Real Acueducto de María Santísima de las Capuchinas.
Apenas pusieron el pie en los túneles de la cimentación, un ruido sordo, como el de cien carruajes corriendo sobre empedrado, hizo vibrar las paredes. No era un terremoto, ¡qué va!, era el agua del gran estanque que las monjas, con un giro de manivela y un rezo entre dientes, habían liberado.
—¡Capitán, que nos llega a los tobillos! —chilló el Sargento— Pero antes de que pudiera santiguarse, el líquido elemento, negro como la tinta y frío como el desdén de una ingrata, subió hasta sus cinturas. El pasadizo, que se estrechaba conforme avanzaba hacia la calle de la Flor, se convirtió en una trampa hidráulica. Los soldados, cargados con el botín de cálices y candeleros que habían rapiñado, pesaban más que sus pecados y no podían nadar.
El horror alcanzó su punto culminante cuando llegaron a la Gran Fuente del Claustro de los Naranjos. Allí, el ingenio de las Capuchinas había dispuesto un sistema de vasos comunicantes, como vinos que derraman en la pasión, que, al llenarse los túneles inferiores, provocaba un efecto de succión —¡Ayuda, que me traga la tierra! —bramaba un soldado mientras era absorbido por un sumidero que comunicaba con las cisternas profundas.
Aquellos hombres, que habían sobrevivido a las balas de los conservadores, morían ahora de la forma más indigna: ahogados en un charco de agua bendita y lodo, bajo las mismas fuentes donde las palomas solían beber en las tardes de sol.
Antípides, con el agua al cuello y sosteniendo su sable por encima de la cabeza como si fuera un pararrayos de su propia soberbia, logró asirse a una reja de hierro. A la luz de un último fósforo que un soldado logró encender antes de perecer, vieron lo que las aguas removían: cráneos y tibias que flotaban junto a ellos, restos de antiguas inundaciones o de secretos que la ciudadela guardaba bajo siete llaves.
¡Qué espectáculo tan atroz! Los vivos luchando contra los muertos en un caldo de fango y sacrilegio. El Capitán vio cómo su mejor tirador era arrastrado por la corriente hacia una rejilla de bronce, quedando allí pegado, con los ojos abiertos de espanto, mientras el agua le llenaba los pulmones sin darle tiempo a decir un «pésame, Dios mío».
Al final, de los cincuenta hombres que osaron entrar por el postigo del huerto, apenas una docena logró salir por el caño de la calle, escupidos por la fuerza del agua hacia el arroyo público, cubiertos de cieno y temblando como azogados.
Antípides, de pie bajo la lluvia que empezaba a caer, miró hacia las altas paredes del convento. Allí, en una ventana del piso superior, creyó ver una sombra blanca que le hacía un gesto de despedida. ¿Era la Abadesa o el remordimiento que ya empezaba a labrarle el juicio?
19 de enero de 1861, casa de la familia Olguín, Dulceros de aposentos.
¡Válgame la intercesión de San Camilo de Lelis, patrón de los agonizantes, y ponga el cielo un poco de caridad en el pecho de quienes hoy gobiernan con la espada y la sinrazón! Atienda usted, lector mío, que, si el espectáculo de los soldados ahogados en las cisternas de las Capuchinas fue de espanto, lo que ocurre entre los muros de la honradez herida no le va a la zaga en materia de desdichas.
Nos hallamos en el hogar de la familia Olguín, maestros en el noble arte de la confitería y proveedores de los más dulces aposentos de la ciudad. Pero allí, donde antes reinaba el aroma a canela, clavo y almíbar, hoy se respira el vaho fétido de la enfermedad y el desconsuelo.
El anciano patriarca, hombre cuya única culpa ha sido la lealtad a los antiguos fueros, gime postrado en un catre, víctima de ese mal de esputos y apreturas de pecho que los galenos llaman «de las respiraciones». ¡Qué estampa tan triste, señor lector! Ver quien le endulzó la vida a tantos, amargado ahora por una tos que les arranca el alma a pedazos, mientras el Capitán Antípides —ese sujeto de conciencia más negra que su propia bota— le niega el regreso al hogar, manteniéndolo en grillos y en espera de un juicio que huele más a venganza que a justicia.
¿Y cuál es el crimen de este pobre viejo? ¡Ah, la malicia de los tiempos! Se le acusa de haber convertido sus carretas —aquellas que recorren el Camino de Tierra Adentro llevando ates y conservas— en cofres de ocultamiento. Dicen los soplones que, bajo las capas de mieles y jaleas, viajaba el oro sombrío de las órdenes y congregaciones; ese metal que por tres siglos las mitras recaudaron de haciendas y ganados, y que las comunidades religiosas, en un vilo de angustia, pretendían poner a buen recaudo de la rapiña oficial.
No se engañe usted, que, si bien es cierto que las iglesias se erigieron como los únicos prestamistas de la comarca, engordando sus arcas mientras el indígena y el negro sudaban la gota en el surco, también es verdad que eran ellos el último refugio del desamparado. ¡Extraña contradicción de nuestro México! El mismo clero que apretaba el puño en el diezmo, abría la mano en la caridad, y ahora, en el desorden de la exclaustración, el oro vuela por los caminos oculto entre cajetas y almíbares.
Antípides, despechado por su derrota ante las monjas y con el uniforme aún húmedo de las alcantarillas, se desquita con el débil —¡Que se pudra en el calabozo! —ruge el Capitán cuando le piden clemencia por el enfermo—. Si tuvo fuerzas para mover el oro de los frailes, que las tenga ahora para respirar el aire de la cárcel—.
¡Válgame Dios, y qué poco dura la cordura cuando la ambición de botín ciega el juicio! El viejo Olguín se apaga como una vela en medio de un ventarrón, mientras su familia llora no solo la pérdida del padre, sino la ruina de una casa que, por servir a la fe, ha caído en las garras de la fuerza.
Continuará…






