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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
20 febrero, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
21
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¡Válgame Dios, y qué tiempos estos que nos ha tocado padecer, señores míos! Si no fuera porque la verdad es más terca que un burro de aguador, juraría que lo que os cuento es invención de algún gacetillero de mala muerte. Pero no; lo que ocurrió en la calleja más angosta de la Muy Noble Ciudad de Querétaro, allá donde los muros del convento de Santa Rosa de Viterbo parecen querer juntarse para chismorrear, es cosa de dar espanto al más pintado.

Amanecía aquel día de enero con un frío de esos que no respetan ni la levita del caballero ni el harapo del mendigo; un frío que obligaba a los infelices a arroparse con sus propias miserias. Apenas si el sol quería asomarse cuando, de repente, el bronce de la torre rompió a hablar. ¡Pero qué hablar, señores! No era el tañido dulce que invita al Angelus, fue un clamor de ánimas en pena, un golpe seco y angustiado, como si la campana tuviera un nudo en la garganta al ver venir la tormenta.

¿Y qué tormenta era esa? Pues nada menos que el capitán Sóstenes Antípides —nombre que ya suena a contradicción y a mala sombra— al mando de cuarenta jinetes. ¡Qué cuadrilla, Dios nos libre! Más que soldados de la patria, parecían devotos del saqueo, ansiosos por aplicar aquello de que —lo que es de Dios, también puede ser del César, si el César tiene sable —¡Botín de guerra! —gritaban aquellos hombres sin más ley que el despacho que el capitán llevaba en el bolsillo y la ambición que le bailaba en los ojos.

Dentro del recinto, donde los retablos de oro parecen incendiar la vista y el siglo XIX parecía no haber osado entrar, el aire se puso más denso que el chocolate de las cinco. Ya no olía a incienso ni a cera de cirios, bullía a ese miedo que hace que las cuentas del rosario resbalen por los dedos sudorosos.

—¡Apuraos, niñas! —clamaba la Madre Abadesa, mujer de mucha prosapia y más riñones que un regimiento— ¡Eh, tú, Sor Eusebia! Dejad de temblar como azogado y corred el pasamanos. ¡Apalancad la entrada con los pilones de madera! — En el coro, una novicia de rostro amargo, cuya inocencia estaba a punto de estrellarse contra la realidad de las Leyes de Reforma, se aferraba al hábito de la Prelada: —Es verdad, ¿Madre mía, que esos hombres sin Dios nos echarán a la calle? ¿Que la ley manda que seamos ciudadanas antes que esposas del Altísimo?

—Sosegaos, hija —respondió la Abadesa con una voz que quería ser firme pero que le salía de muy hondo—, que las leyes de los hombres son como el polvo que levanta el viento en la Alameda: ciegan por un momento, pero la piedra de nuestra fe no se mueve —.

Pero ¡ay!, que mientras decía estas palabras de consuelo, la buena señora no quitaba la vista de un rincón de la sacristía. Allí, un pequeño cofre de madera de lináloe, con herrajes ennegrecidos por los años, aguardaba ser sepultado bajo las losas del presbiterio. Era un secreto que ni el mismo Ilustrísimo Obispo conocía; un tesoro que no valía por los quilates de su oro, sino por la historia que guardaba entre sus sedas.

Afuera, el capitán Antípides se acariciaba el bigote con gesto de perdonavidas, escuchando los relinchos de sus caballos que piafaban sobre el empedrado. El muy tunante no buscaba almas para el cielo, sino onzas para su retiro.

¡Pobres palomas de Santa Rosa! No sabían que, antes de que el sol llegara al cenit, habrían de salir al mundo, expuestas a las miradas de los curiosos, a las burlas de los incrédulos y al rigor de un siglo que ha decidido cambiar el misal por el código civil. Llevaban sus penas a cuestas, sí, pero también aquel secreto que, de caer en manos de la soldadesca, encendería una hoguera más grande que todas las revoluciones juntas.

¡Ah, señores míos, que aquí es donde la puerca tuerce el rabo! Porque no crean ustedes que el capitán Antípides se detenía por escrúpulos de conciencia o por temor a las excomuniones, ¡No!, que para eso ya tenía el alma bien curtida. Lo que frenaba el ímpetu de su bota contra los portones de Santa Rosa era algo mucho más mundano y contante: el respeto a las talegas de oro.

Pero considerad, lectores de mi alma, que no era el temor a lo sagrado lo que contenía el asalto a tan ilustre clausura. ¡Qué esperanza! Lo que detenía la mano del capitán era el saber que tras aquellos muros no habitaban simples siervas del Altísimo, sino las hijas de los señoríos más acaudalados de la ciudad. ¡Válgame la prudencia! No hay paloma que ose batir las alas en Querétaro sin la venia de tan insignes caballeros, herederos de las minas más ricas y de los comercios más florecientes.

Allí estaban ellas, las «benjaminas» de la estirpe, las últimas uvas de racimos de arrugado abolengo. Porque sabed, señores, que en esta tierra de costumbres tan rancias como el queso de bola, la hija menor tiene un destino más amarrado que fardo de arriero: mientras las hermanas mayores se desposan con capitanes o licenciados, la más pequeña es guardada en el estuche del convento del santo rosal queretano, no tanto por vocación mística, sino para ser el báculo de la perpetua ancianidad de sus padres.

¡Costumbre bárbara y refinada a la vez! Ser la flor más tierna del jardín para terminar de enfermera de alcurnia. Así que Antípides, que era un tunante, pero no un tonto, sabía bien que tocar un solo ladrillo de Santa Rosa era ponerle un dedo en el ojo a la aristocracia queretana, y eso, amigos míos, escuece más que el mismo infierno.

¡Válgame la astucia de la reverenda! Que no piensen ustedes, lectores míos, que las paredes del claustro vuelven a las mujeres lerdas o ajenas a las triquiñuelas del mundo. ¡Al contrario! La Madre Superiora, que de paloma solo tenía el blanco del hábito, era una mujer de luces, de esas que han administrado intereses y voluntades por décadas con más tiento que un mercader de la Casa de Moneda.

Pero no se llamen ustedes a engaño, que la Madre Superiora no era una criatura de esas que se desmayan al ver una sombra. ¡Qué va! Aquella señora, en su sana inteligencia y con una suspicacia que ya querría para sí cualquier oidor de la Real Audiencia, sabía que para detener a un capitán con hambre de botín hacía falta un guiso que le resultara indigesto.

Como mujer que ha gobernado aquel rincón de mundo por décadas, no se puso a desgranar el rosario en un rincón, sino que cocinó un suculento bocadillo para el mejor comensal. ¿Y qué creen ustedes que hizo la muy ladina? ¡Pues nada menos que llamar a capítulo a todos los señores padres de tan encumbradas familias!

¡Fijaos qué escena, señores! Allí, tras los pesados portones de encino, colocó en fila a lo más granado de la alcurnia queretana: mineros de pecho ancho y comerciantes de bolsa profunda, todos dispuestos a defender lo que es suyo. La Abadesa, con una sonrisa que solo Dios y ella entendían, sabía bien que esos caballeros, acostumbrados a mandar más que un virrey, sabrían ponderar la negociación con el capitán Antípides.

Porque una cosa es expropiar a una monja que no tiene más que su fe, y otra muy distinta es querer arrebatarle la hija a un hombre que tiene el poder de comprar al coronel, al general y hasta al mismo escribano.

¡Válgame la torpeza de esta soldadesca, que tiene más brío en las espuelas que luces en la sesera! Fijaos bien, lectores de mi alma, cómo la ignorancia suele ser la madre de los más ridículos fracasos, especialmente cuando se quiere vencer con fuerza bruta lo que el arte y el buen hierro han construido para la eternidad.

El sargento, que de estrategia sabía tanto como un servidor de astronomía, tuvo la luminosa ocurrencia de asaltar el portón de la huerta. ¡Habrase visto tamaña sandez! Amarraron las rejas con reatas de cuero y espolearon a los rocines, creyendo que los muros de las esposas de Cristo cederían como si fueran de papel de china. ¡Vaya razón de burla, señores míos! Los caballos bufaban y las sogas crujían, pero los grandes aldabones de hierro forjado ni siquiera se dignaron a castañear. No lograron mover la entrada ni una pulgada, pues aquel hierro estaba forjado con la paciencia de los siglos, mientras que el ímpetu de los soldados era tan efímero como un aguacero de mayo.

Humillado y con el rabo entre las piernas, el sargento fue a darle el «parte» al capitán Antípides, quien, no teniendo más remedio que dejar la retaguardia, se dirigió a la puerta principal del colegio. Subió las escaleras con esa carga pesada de quien lleva la autoridad en el despacho, pero la duda en el juicio, y golpeó el portalón con la empuñadura de su sable, gritando con voz de trueno:

—¡Arread, hermanas! Que, por orden de la República, ¡os mando que abráis las puertas! De lo contrario, daremos uso a la pólvora y, por resistiros a la ley, ¡seréis conducidas como prisioneras de la Nación! ¿Entendéis? ¡Abrid de prisa, que la patria no aguarda! —

Del otro lado, señores, el silencio fue la única respuesta; un silencio tan espeso que se podía cortar con un cuchillo de sacristía. Insistió el capitán, ya con el color de un pimiento morrón por el coraje: —Abrid, señoritas, que no tenemos todo el día para andar en estos trotes, o de lo contrario, ¡os atendréis a las consecuencias!

Pero ¡ay!, que ni el eco le respondió. El capitán no sabía que contra el silencio de un convento no hay fusil que valga, y que detrás de aquella madera no solo estaban las monjas, sino los ojos de los hombres más poderosos de la ciudad, esperando a ver quién daba el primer paso hacia el abismo.

Volvió a la carga el capitán, ya con el hígado encendido y la voz más ronca que un sacristán resfriado: —¡Abrid, por amor de Dios, que no tengo yo la paciencia de ningún santo de retablo! —bramaba el militar, golpeando la madera con más furia que si buscara al mismísimo demonio.

Entonces, ¡oh sorpresa!, el gran portón crujió con esa pesadez de los siglos y apenas se entreabrió lo suficiente para que una sola figura asomara el bulto. Pero, ¡qué figura, señores! Allí emergió, con la parsimonia de quien no debe ni teme, Don Filemón de Septién y García. Era este un acaudalado leguleyo de esos que, por discreción de su inmensa fortuna, solían decir con falsa humildad: “¡Es más rico mi peón!”, mientras en sus arcas el oro criaba moho de puro amontonado.

Ajustándose los anteojos y con una calma que hería más que una bayoneta, el letrado soltó estas palabras: —Mi señor capitán Sóstenes Antípides, en mucho os agradecería que midierais vuestras voces y fuerais más cauto con el lenguaje, pues no estamos en un cuartel de mala muerte. Cierto es que vuestra orden dice a la letra: “Sacar a las niñas del Colegio de Nuestra Señora de Santa Rosa”. Pero resulta, mi carísimo capitán… resulta que, ¡válgame la coincidencia!, mi propia hija y mi sobrina son dos de esas bellas flores que el rocío de este claustro cobija.

Don Filemón hizo una pausa, saboreando el silencio del capitán, y prosiguió con esa ironía fina que solo se aprende entre expedientes:

—Así que vos mismo habréis de decidir el camino: o abrís fuego contra las hijas de toda la prosapia y alcurnia de esta noble ciudad, pagando después las consecuencias ante la historia y ante vuestro propio cuello… o tenéis la prudencia de retiraros a esperar la respuesta de nuestro Señor Presidente Don Benito Juárez. Sabed que ya se le ha solicitado una prórroga, pues estas hermosas doncellas apenas rozan los doce años y requieren de más cuidados de los que vuestra ruda soldadesca puede ofrecerles sin faltar al decoro. ¿Qué me decís, señor capitán? ¿Pólvora o paciencia?

¡Fijaos en el cuadro, lectores de mi alma! El capitán Antípides se quedó más tieso que una estatua de sal, con la boca abierta como si esperara que le entrara una mosca de la justicia. La soberbia, que hace un momento le hinchaba el pecho como a gallo de pelea, se le fue escurriendo por las botas al oír el apellido de Septién y García. No era para menos; aquel apellido pesaba en Querétaro más que una mala conciencia en el lecho de muerte.

El pobre capitán miró a su alrededor. Por un lado, sus soldados, que ya empezaban a secretearse y a mirar con codicia las finas leontinas de oro de los señores padres que asomaban tras el abogado; por otro, la mirada gélida de Don Filemón, que parecía estar redactando mentalmente el acta de defunción de la carrera militar del capitán.

—Vaya… pues… este… —balbuceó el capitán, perdiendo toda la marcialidad y manoseando el pomo de su sable como si buscara en él un consejo que el acero no da— No es que uno quiera faltar al respeto a las familias de orden, señor Licenciado, pero la Ley de Reforma es clara y el Gobierno no gusta de esperas…

—El Gobierno, mi capitán —interrumpió Don Filemón con una sonrisa que era más bien una sentencia—, gusta mucho menos de los escándalos que ponen a la opinión pública en contra de sus instituciones. Imaginaos el titular en los periódicos de la capital: Soldadesca atropella a niñas de doce años y afrenta a los ciudadanos de Querétaro. No creo que, al Señor Juárez, hombre de leyes al fin, le haga mucha gracia el celo excesivo de un capitán que no sabe distinguir entre un cuartel de sediciosos y un colegio de niñas nobles—.

Aquello fue el golpe de gracia. El capitán Antípides, viendo que se metía en un berenjenal de donde no saldría ni con el ascenso ni con la cabeza entera, se llevó la mano al quepi, con un saludo que más parecía una súplica de perdón.

—Sea como decís, caballero —dijo al fin, tragándose el orgullo junto con un poco de polvo del camino—. Retiraremos la tropa a la plaza de armas hasta que el correo de la capital traiga luces sobre esta prórroga. Pero sabed que la ley es terca —Y el dinero más, capitán, y el dinero más… —murmuró para sus adentros Don Filemón mientras veía cómo la caballería daba media vuelta, con los caballos relinchando, como si ellos también se burlaran de la derrota de su amo.

¡Pobres niñas de Santa Rosa! Se habían salvado, por lo pronto, no por un milagro de la Virgen, sino por la bendita circunstancia de tener padres con el bolsillo lleno y la lengua afilada. ¡Así va el mundo, señores míos, así va el mundo!

Continuará…

Etiquetas: conventoSana ClaraSanta Rosa

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