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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
13 febrero, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
21
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19 de diciembre de 1860, Convento del Ordo Praedicatorum, Querétaro.

¡Amada patria mía, qué mudanzas tan extrañas vemos en este siglo de luces y de sombras! Permítame vuestra merced que le cuente, con la pluma de su más humilde servidor, la desventura que cayó sobre los hijos de Santo Domingo en la muy noble y leal ciudad de Querétaro. Corría el año de la desgracia de 1860. Los aires ya no olían a incienso, son llenos de pólvora y a decretos de esos que llaman «de Reforma». En el convento de los Predicadores, allá donde los muros parecen guardar el eco de tres siglos de rezos, la angustia se paseaba por los claustros con la misma libertad que los ratones en la sacristía.

Llegó entonces la noticia, rápida y filosa como una daga: el Supremo Gobierno, con la ley en una mano y la bayoneta en la otra, ordenaba que todo aquel que portara el hábito blanco y la capa negra domini canes, con su tonsura real, debía abandonar el recinto, so pena de ser echado a la calle como si fuera un lépero sin oficio ni beneficio ¡Vieran ustedes qué espectáculo tan tierno y tan amargo! Los frailes, hombres de mucha ciencia y algunos de no poca panza, se miraban los unos a los otros con el espanto retratado en el rostro. Pero no eran tontos, que para eso estudiaron a Santo Tomás. Sabían que, si querían quedarse en su tierra y seguir sorbiendo el chocolate de la mañana cerca de su rebaño, debían hacer una pirueta que ni los maromeros de la Alameda queretana, saltimbanquis les decían.

Pero una semana antes de que el hacha cayera sobre los portones, en la penumbra de una casona, se fraguaba el último acto de resistencia. —¡Padre Prior!— decía un novicio con los ojos cuajados de lágrimas— ¿Es cierto que nos arrojan como a perros? —No, hijo mío— respondía el anciano, mientras se desabrochaba con dedos temblorosos el cinturón de cuero—, es que hoy la ley prefiere a los pastores sin redil que a los hermanos con claustro.

Y así, en un abrir y cerrar de ojos, ocurrió el prodigio: la exclaustración se convirtió en secularización. Por el amor de Dios y por el miedo al destierro, aquellos dominicos, que juraron morir bajo la regla de su orden, se vieron obligados a colgar el hábito en el fondo de un baúl. Se quitaron la tonsura con el sombrero de clérigo secular y se presentaron ante el mundo no ya como «Fray Tal» o «Fray Cual», ahora como simples «Curas», bajo la vara del Obispo.

El humo de una vela tiritante ilumina los rostros desencajados de dos hijos de Guzmán. Fray Anselmo —Con las manos temblorosas sobre el escapulario blanco, como si acariciara una reliquia— ¡Ay, Fray Justo! Mirad este paño, es más que lana; es mi piel, es mi mortaja prometida. ¿Cómo me pedís que lo arroje al fondo de un arca como quien esconde un delito? ¡Nací dominico y bajo este blanco morir quiero, aunque el camino sea el destierro! —Con la voz quebrada y un sombrero de clérigo secular sobre la mesa, objeto que parece una sentencia de muerte— ¡Sosegaos, hermano! ¿Acaso creéis que mi pecho no se parte en dos? Pero escuchad el estrépito de las botas de la soldadesca en la plaza. Si cruzamos esa puerta como frailes, nos espera el camino de hierro hacia el exilio o el polvo del olvido. Si nos decimos «seculares», si nos acogemos a la vara del Obispo como simples curas de parroquia… —Interrumpiendo con amargura — ¡Entonces seremos desertores de la Regla! Seremos «Curas» de misa y olla, sin comunidad, sin el coro a media noche, sin el abrazo de la Orden. ¡Es una muerte civil, Justo! ¡Es arrancarse el alma para salvar el pellejo! —

— No es el pellejo, ¡es el rebaño! Si nos vamos, ¿quién quedará en Querétaro para defender el sagrario? ¿Quién llevará el consuelo a los indios de la Sierra? Prefiero vestir la sotana negra del clérigo de a pie y ser llamado «Señor Cura» con la cabeza baja, que dejar este templo a merced de los caballos de la soldadera. Dios sabe que, bajo la negra seda del secular, seguirá latiendo el corazón del perro del Señor —Sollozando, mientras comienza a desatar el cinturón de cuero — ¡Qué amargo cáliz! Tener que negar el nombre que nos dio el cielo para que las leyes de los hombres nos permitan pisar nuestra propia tierra. ¡Adiós, Fray Anselmo! Desde hoy no soy sino un pobre cura de pueblo, mudo sirviente de una ley que no entiende de votos ni de eternidades—

Todo fuera por no cruzar la frontera o por no dormir bajo el cielo raso. Se volvieron clero de parroquia, párrocos de alma y cuello corto, ocultando bajo la sotana negra el corazón que latía al ritmo del rosario dominico. ¡Qué tiempos, lector mío, donde para servir al Altísimo había que disfrazarse de lo que uno no era, solo para que los hombres no lo echaran a patadas de su propia casa!

¡Válgame Dios, y qué cuadro tan lastimoso se presentaba ante mis ojos, digno de ser llorado por las musas y escarmentado por los hombres de bien! Aquella tarde en la muy noble ciudad de Querétaro, el sol, que parece retirarse con miedo cuando los hombres arman sus revoluciones, se filtraba apenas por el ventanal de la celda del Padre Prior. Entraba la luz herida y escasa, como si le pesara iluminar tanta desdicha. ¡Qué recinto aquel, lectores míos! Una habitación de techos abovedados que guardaba un aire espeso, con ese tufillo a papel viejo de legajos polvorientos, a cera de Campeche que tantas vigilias alumbró, y a ese polvo rancio que se acumula cuando un linaje de tres siglos, como es el de la Orden de Predicadores, se siente desfallecer.

Sobre una mesa de roble, más sólida que las conciencias de muchos que hoy gobiernan, yacía un tintero de plata, pero ¡ay!, tan seco de tinta como de justicia están los tiempos. Parecía que la pluma de la historia se había quedado muda o que el destino hubiera decidido cerrar el libro de esa casa para siempre.

Y mientras tanto, afuera, en el naranjo que adorna el claustro, un grupo de gorriones y cenzontles —esos músicos que no cobran salario— rompió de pronto en un trino frenético, desordenado y agudo. Pero no crean ustedes que era aquel canto que alegra el espíritu en las mañanas de mayo; ¡qué esperanza! Aquello sonaba más bien como el chillido de los niños que se quedan huérfanos de padre y madre, o como la gritería de un mercado de pobres. Eran, a no dudarlo, pájaros de mal agüero; pajarillos que, con sus picos inquietos y sus saltos azorados, anunciaban a quien quisiera oír que el nido de los hijos de Santo Domingo estaba a punto de ser saqueado por la codicia y la fuerza.

En el rincón, Fray Anselmo terminaba de anudar con manos torpes una sotana negra, basta y carente de toda gracia, que le quedaba ancha en los hombros. A sus pies, el hábito blanco, símbolo de la pureza y la defensa de la fe, yacía doblado con una reverencia casi fúnebre sobre un baúl de cedro.

De pronto, el silencio de la celda fue roto por el estruendo de un sable golpeando contra el hierro de la puerta principal. El eco recorrió los pasillos de cantera, haciendo temblar hasta las telarañas de las bóvedas. —¡Abran en nombre de la Ley! ¡Abran a la autoridad de la República! — tronó una voz aguardentosa desde el portal, era el capitán Sóstenes Antípides. Los pasos de una escolta de soldados, con sus botas herradas golpeando el piso, subieron la escalera de caracol. El Prior, ahora transmutado en un humilde «Señor Cura», se puso el sombrero de teja, ese signo del clero secular que le pesaba más que una corona de espinas.

La puerta de la celda se abrió de un tajo, golpeando contra el muro. Entró el capitán de bigotes espesos y mirada de pedernal, cubierto por el polvo del camino, con el uniforme desabotonado y la mano puesta en la empuñadura de su arma. Se detuvo en seco, esperando encontrar a un ejército de frailes con escapularios desafiantes. —¿Dónde están los frailes de esta casa? — preguntó el oficial, recorriendo con desprecio la austeridad de la habitación, deteniendo su vista en los pájaros que, afuera, seguían chillando como si el cielo se estuviera cayendo. Fray Justo, haciendo un esfuerzo supremo por no llevarse la mano al rosario que ya no colgaba de su cintura, dio un paso al frente con la cabeza baja. —Aquí no hay frailes, señor Oficial— dijo con una voz que sonaba a ceniza—. Solo encontrará usted a unos humildes clérigos de la diócesis, servidores de este templo por gracia del Obispo. La comunidad de Santo Domingo… ha dejado de existir.

El capitán soltó una carcajada seca, mientras uno de sus soldados se acercaba al baúl de cedro. Con la punta de la bayoneta, el guardia levantó la tapa y enganchó el hábito blanco de Anselmo, sacándolo a la luz. La tela nívea contrastaba cruelmente con el mugriento uniforme del soldado. —Miren nada más— mofó el capitán, señalando la prenda que colgaba de la punta del fusil como una bandera de rendición—. Parece que los pájaros sabían que hoy se les acababa el alpiste a estas palomas. ¡Salgan ya de aquí! Desde este momento, estas celdas no huelen más a incienso. Mañana, este cuarto será el despacho de mi sargento y esas huertas serán para los caballos de la caballería.

A patadas y maldiciones el capitán Antípides ordenó a los escondidos frailes a tomar hacia la calle, mientras la soldadesca les profería de escupitajos y empujones —Arread perros, andad, que son ahora solo uno más igual que nosotros — Afuera, el canto de los pajarillos cesó de golpe cuando el primer golpe de hacha cayó sobre la puerta de la biblioteca. Los antiguos dominicos, ahora disfrazados de seculares, caminaron por el claustro hacia la calle, sintiendo que cada paso sobre la cantera era un adiós a su propia alma. El drama de la Reforma no solo les quitaba el techo; les obligaba a vivir el resto de sus días como extranjeros de su propia fe.

21 de diciembre de 1860, afuera de la gran casona de los Olguín.

Pero regresemos amigo lector, al acecho de lo que realmente nos interesa, la familia del joven dulcero de grandes copas de logros, pero atento a las necesidades de la pequeña ciudad de verdes frescores. El eco de los tres golpes secos sobre el pesado aldabón de bronce resonó por toda la casona, silenciando de golpe las risas de la cena. María Cristina, con la llave de los baúles tintineando en su cintura, fue la primera en erguirse, seguida por la mirada inquisitiva de Felipe. Al abrirse el portón, la penumbra de la calle fue rota por la figura de un hombre cuya presencia parecía absorber la luz de los faroles. Vestía una levita de corte impecable y un sombrero de copa que se retiró con una elegancia que dejó a las hermanas menores contenidas en un suspiro.

—Busco al señor Felipe Olguín y a su padre —dijo el caballero con una voz profunda, extendiendo una tarjeta con bordes dorados—. Soy Don Julián de la Maza y Villalobos. Vengo por recomendación de los padres franciscanos de la Cruz. Felipe se adelantó, limpiándose las manos con una servilleta, mientras Doña Concepción escrutaba al visitante desde el comedor, buscando el menor defecto en su porte. Don Julián no era un pretendiente común; sus espuelas de plata y el brillo de su reloj de leontina hablaban de una riqueza que no procedía del azúcar, sino del trabajo.

Al pasar al despacho, donde los muros de un brazo de ancho resguardaban la fortuna familiar, el ambiente se tornó denso. Don Julián no se anduvo con rodeos. 1860 era un año de zozobra; las leyes de exclaustración amenazaban con despojar a los conventos de sus tesoros centenarios.

—Los religiosos necesitan sacar el oro de Querétaro antes de que las tropas liberales lo confisquen —susurró Don Julián, clavando sus ojos claros en el joven Felipe—. Pero las carretas militares son blancos fáciles para los bandidos y el ejército. Nadie sospecharía, en cambio, de las carretas del dulcero Olguín. Sus convoyes de dulce de leche y piñón hacia el puerto de Altamira son conocidos en todo el camino real.

Felipe acarició su mentón, calculando el riesgo. La propuesta era audaz: ocultar lingotes y cálices de oro en el doble fondo de los grandes cajones de madera que transportaban las teleras de dulce. María Cristina, que escuchaba tras la puerta, entró sin permiso. —Si vamos a mover el oro de Dios, el diezmo de la seguridad debe ser alto —sentenció la hermana mayor con su habitual severidad—. Mis carretas, mis caballos y el riesgo de mis arrieros. Además, solo aceptaré si el trato se sella con una confesión general de sus hombres ante el padrecito del convento.

Don Julián sonrió, fascinado por la audacia de la mujer que administraba el imperio del dulce. Durante las horas siguientes, mientras María Beatriz revisaba que los arreos estuvieran reforzados y Ana del Carmen planificaba las rutas para evitar los lodazales de la temporada, la casona se convirtió en un hervidero de secretos. A la medianoche, antes de partir, Don Julián se detuvo en el patio. Las diecisiete hermanas observaban desde las sombras de los corredores. Por primera vez en años, Doña Concepción no encontró palabras para ahuyentar al galán; el hombre no solo era rico y de ojos claros, sino que traía consigo el peso del destino de la Iglesia.

—Volveré en un mes, cuando el oro esté a salvo en Altamira —le dijo Don Julián a Felipe, pero su mirada se desvió un segundo hacia el grupo de mujeres—. Y espero que, para entonces, alguna de sus hermanas me permita invitarla a caminar por la Alameda, sin necesidad de que pase un ejército para conocer a un capitán—.

El caballero partió en su carreta de maderas barrocas, dejando tras de sí un rastro de intriga y el aroma del tabaco fino, mientras en el interior de la casona, las Olguín comprendían que el dulce negocio de la familia estaba a punto de volverse el más peligroso y brillante de toda la comarca.

Cuartel de Comandancia, por la noche.

El Capitán Sóstenes Antípides abre el siguiente sobre que contiene las órdenes de exclaustración de compañías y congregaciones de la ciudad de Querétaro, va paso a paso, pero los calabozos están llenos de religiosos sediciosos o que se resistieron a cooperar; el siguiente mando es ingresar y expulsar a las religiosas de la Casa de Recolección para Mujeres, Colegio y Beaterio de Santa Rosa de Viterbo, en donde más de la mitad de quien ahí habita ¡Válgame el cielo! Son hijas de las familias más adineradas de la muy noble y leal ciudad.

Continuará…

Etiquetas: conventoqueretarosanta clara

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