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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
6 febrero, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
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27 de junio de 1767. Edificios de la Sagrada Compañía de Jesús, Ciudad de Querétaro.

¡Válgame el cielo, señores y caros míos! Atiendan con caridad y juicio a esta relación, que no por parecer fábula deja de ser la más amarga verdad que han visto estos reinos de la Nueva España. Si el pincel de mi pluma fuera capaz de retratar el desconsuelo, hoy se teñiría con la tinta más negra para contarles cómo la soberbia de los hombres y los manejos de la Corte dieron al traste con aquellos que, para bien o para mal, eran las luces de nuestra tierra.

Era la madrugada del veinticinco de junio del año de gracia de 1767. Una noche cerrada, de esas en que los serenos parecen recogerse y el aire mismo se queda suspenso, presagiando la tormenta que no viene de las nubes, sino de los palacios. En el Real Palacio de México, el virrey Marqués de Croix —hombre de genio seco y obediencia ciega— sostenía entre sus manos los pliegos reservados, sellados con la cera roja del brazo del Rey Carlos III.

¡Ah, soberanía de los monarcas, que desde el otro lado del océano mueven las piezas de este tablero como si los hombres fueran de palo!

Al romperse los sellos, la sentencia cayó como un rayo: —…Extrañamiento y ocupación de bienes de la Compañía de Jesús…— Sin más juicio que la voluntad regia, ni más defensa que el silencio. ¿Y por qué, preguntarán ustedes, mis curiosos letrados? Pues no busquen razones de fe, que en eso los padres jesuitas eran más papistas que el Papa, y precisamente ahí les apretaba el zapato a los ministros del Rey.

Porque en esta danza de ambiciones que llaman Regalismo, el trono no admite sombras, y los hijos de Loyola, con su cuarto voto de obediencia al Sumo Pontífice, parecían un Estado dentro de otro Estado. ¡Vaya atrevimiento, pensar que un fraile pueda mirar a Roma antes que al Escorial!

Pero hay más, que la envidia es muy mala consejera.

La Corona miraba con ojos de codicia aquellas haciendas tan bien labradas, aquellas fincas que producían más que las de cualquier hidalgo de medio pelo, y sobre todo, aquel monopolio de las letras. Los jesuitas formaban a la juventud, les abrían los ojos con la ciencia y, lo que es peor a ojos del despotismo, les hablaban de que el poder emana del pueblo y se delega al Rey. ¡Válgame Dios! ¿Soberanía popular en tiempos de absolutismo? Eso, señores, es mentar al diablo en la casa del cura.

Se les acusó de motines en Madrid, de sediciones y de cuanta trapacería se le ocurrió al consejo para justificar el despojo. El virrey De Croix, con una altivez que todavía estremece los muros de esta capital, soltó aquella máxima que debería grabarse en piedra para advertencia de los incautos: —…Nacieron los súbditos para callar y obedecer, y no para discurrir ni opinar en los altos asuntos del gobierno…—

¡Hermosa libertad la nuestra, donde el pensar se paga con el destierro! Aquella mañana, seiscientos setenta y ocho jesuitas fueron arrancados de sus celdas, de sus libros y de sus altares. Los vimos pasar, unos ancianos ya caducos, otros jóvenes llenos de fuego, todos encaminados hacia el puerto de Veracruz para ser arrojados a las costas de Italia, como si fueran mercancía averiada.

¡Qué clamor se levantó en Potosí, en Guanajuato y en la hermosa Querétaro! El pueblo, que no es tonto, aunque lo quieran mudo, salió a las calles a defender a sus maestros. Pero allí estaba el visitador José de Gálvez, que no traía rosarios sino bayonetas, y con sangre y fuego acalló los gritos de la muchedumbre, dejando tras de sí un rastro de horcas y un vacío en las aulas que no se llenará en siglos.

Así, se apagaron las luces de los colegios. Se quedaron los estantes vacíos y los jóvenes criollos huérfanos de maestros. Y todo por qué… por el empeño de unos pocos en que este mundo no se mueva sino al son que toque la flauta de la autoridad. ¡Ay, mi Nueva España, ¡que entre el “callar” y el “obedecer” se te está escapando el alma por la boca!

¡Ay, señores míos! Siéntense y preparen el pañuelo, que lo que mi pluma ha de trazar ahora no es otra cosa que el relato de una infamia vestida de gala militar. Si el primer acto fue de sorpresa, el segundo fue de tragedia y estrépito, pues no crean ustedes que los hijos de Loyola salieron de sus casas entre pétalos de rosa. ¡No, por las barbas de mi abuelo! Salieron entre bayonetas caladas y el llanto de un pueblo que veía cómo le arrancaban el entendimiento.

Imaginen, caros lectores, las sombras de aquella madrugada. En Querétaro, en México y en la Puebla de los Ángeles, el eco de las botas herradas de los Regimientos de América y de la Corona rompía el silencio de las piedras. No se llamó a la puerta con la cortesía que merece un hombre de letras; se echó la puerta abajo si era necesario. Los soldados del Rey, esos que deberían estar guardando las fronteras contra el inglés, estaban allí, con el fusil al hombro, para custodiar a unos pobres clérigos cuya única arma era el tintero y el breviario.

¿Hubo enfrentamientos?, preguntan ustedes con natural curiosidad. ¡Válgame Dios, y de qué calibre! Si bien los padres jesuitas, en un acto de humildad que algunos tacharon de pasmo, aceptaron el cáliz amargo sin levantar la mano contra el César, el pueblo bajo —ese que llaman «la plebe» pero que tiene el corazón más puesto que muchos marqueses— no se quedó de brazos cruzados.

En la Ciudad de México, el tumulto fue un murmullo de indignación, pero en las provincias la sangre llegó al río. En Querétaro y en San Luis Potosí, los mineros y la gente de a pie, armados con piedras, palos y un valor nacido de la desesperación, se enfrentaron a las tropas del Rey. ¡Qué espectáculo tan horrendo! Los soldados arremetían contra la muchedumbre que gritaba: ¡Viva el —Papa y muera el mal gobierno! — El visitador José de Gálvez, hombre de pocas pulgas y menos caridad, no se anduvo con chiquitas: mandó levantar horcas en las plazas públicas para que los cuerpos de los rebeldes sirvieran de escarmiento a los que osaran «discurrir» sobre las órdenes de su Majestad.

Y mientras la sangre corría en las plazas, las peripecias de los expulsados eran un calvario digno de las antiguas hagiografías. Se les obligó a salir con lo puesto. Algunos no tuvieron tiempo ni de calzarse las sandalias. Los soldados revolvían las celdas buscando tesoros escondidos que solo existían en la febril imaginación de los ministros envidiosos. ¡Qué tesoros han de hallar, si no son manuscritos y polvo de biblioteca!

Fueron conducidos en mulas y carretas destartaladas hacia Veracruz. ¡Imaginen a hombres de ochenta años, sabios cuyas sienes eran blancas como la nieve de los volcanes, azotados por el sol del mediodía y el frío de la sierra! Muchos entregaron el alma a su Creador en el camino, quedando sus huesos en las cunetas del camino real, sin una cruz que los señalara.

Al llegar al puerto, los amontonaron en bodegas infectas, donde el vómito negro y las fiebres hicieron mayor carnicería que las armas de Gálvez. Allí esperaron los navíos, como si fueran fardos de añil o de grana, para ser arrojados a un destierro eterno.

¡Oh, soberbia del poder! Ver a los maestros de las artes y las ciencias, a los que habían cartografiado nuestros desiertos y educado a nuestros hijos, siendo arreados como ganado por la soldadesca. Fue un enfrentamiento entre la fuerza bruta de los cañones y la fuerza silenciosa del espíritu. Y aunque el Rey Carlos III se alzó con la victoria de las armas, dejó a esta Nueva España sumida en una tiniebla de la que, temo yo, tardaremos muchos años en salir.

Así fue, señores, cómo se ejecutó el «rayo» de la expulsión: con la pólvora silenciando a la razón y el llanto del pueblo como única despedida. ¡Qué triste se quedó Querétaro cuando los que enseñan a pensar son llevados entre cadenas!

21 de diciembre de 1860. Edificios de la Sagrada Compañía de Jesús, Ciudad de Querétaro.

Ya hace tiempo que la orden fue clara: —Abran la compañía de Jesús a como dé lugar, expulsad a todo intruso y dar el parte de manera inmediata se ajuste la visita—…—¡Válgame la Virgen de los Dolores! —exclamó el escriba Garcés de Salcedo, mientras la pluma le temblaba entre los dedos como hoja de árbol en otoño— Que este polvo no es de tierra, Capitán, ¡que es polvo de siglos y de olvidos! —.

El Capitán Sóstenes Antípides, hombre de rictus amargo y patillas largas que hablaban de mil batallas contra la reacción, no se inmutó. Con el pomo de su sable apartó una cortina de telarañas que, más que hilos, eran sudarios colgados del techo de la arcada. El eco de sus botas herradas sobre la cantera retumbaba como disparos en aquel silencio sepulcral que solo los jesuitas sabían administrar, aun en su ausencia.

Al cruzar el umbral del segundo patio, la luz del sol queretano, siempre tan clara y judiciosa, se filtraba por los vitrales rotos creando un juego de luces que bien parecían fantasmas danzando el minué. El sargento Diócides, hombre devoto a pesar de su casaca liberal, se santiguó con disimulo al ver una sombra alargada al fondo del pasillo. —¡Alto ahí! —bramó el Capitán—. ¿Quién vive? ¿Es alma en pena o algún mocho escondido que se resiste a la Reforma? —.

De entre las sombras no salió un fraile, sino el más triste espectáculo de la soberbia humana: una biblioteca cuyos estantes, carcomidos por la polilla, escupían pergaminos y tomos encuadernados en piel de becerro. Garcés de Salcedo, movido por esa curiosidad que es vicio y virtud de los letrados, se acercó a una mesa de madera de ébano donde un tintero seco y una pluma de ganso esperaban, desde 1767, que alguien terminara una frase interrumpida por el decreto de Carlos III.

—Mire usted, capitán Sóstenes— dijo el escriba, señalando un legajo amarillento, —…aquí se educaron las mentes que luego quisieron mandarnos. ¡Cuánta letra muerta para tan poca libertad! —Deje de filosofar, Garcés —replicó Antípides con voz de trueno—. No venimos a leer, sino a confiscar. La nación necesita estos muros para la instrucción pública, no para que sigan suspirando por los reyes de España. Registren las celdas. Busquen el oro que dicen que enterraron antes de partir, que la guerra que se aproxima dejará las arcas más flacas que un perro de ciego.

Los soldados subieron la escalera monumental, pasando por ambos lados hacia el segundo nivel, cuyos peldaños de piedra estaban gastados por el roce de sandalias ya inexistentes. Al llegar al nivel superior, el hedor del guano se hizo insoportable, pero algo más llamó su atención. En la celda principal, la puerta estaba entornada. No tenía sellos.

Al entrar, los hombres retrocedieron un paso. Sobre un catre de soga, un esqueleto perfectamente conservado vestía aún el hábito negro de la Compañía. Tenía las manos entrelazadas sobre un crucifijo de plata y, a sus pies, una caja de caudales cerrada con siete llaves. —¡Aquí está el tesoro! —gritó un soldado, abalanzándose con la codicia brillando en los ojos. —¡Atrás! —ordenó el sargento Diócides—. Que ese muerto no guarda dinero, guarda el honor de una orden que se fue sin irse.

El Capitán Antípides se acercó al difunto. Con la punta de su espada, levantó un sobre que el esqueleto sostenía bajo sus dedos de hueso. El sobre decía en letras góticas: —…Para aquel que abra estas puertas cuando México ya no sea de un Rey, sino de sí mismo—.

El aire se espesó con el tufo de la avaricia y el incienso viejo. El Capitán Antípides, hombre que despreciaba las supersticiones, pero respetaba el orden, hizo una seña al escriba. Garcés de Salcedo, con los anteojos empañados por el sudor de la agitación, rompió el lacre del sobre con manos trémulas. —¡Silencio, señores! —clamó el escriba, y leyó con voz que parecía salir de una tumba—: —…al que entre buscando el brillo de la tierra, sepa que la verdadera riqueza de la Compañía fue la obediencia. Lo que aquí queda es solo barro; lo que voló con nosotros, el espíritu. No busquéis en los muros lo que ya se pudrió en las almas de los soberbios…—.

Un murmullo de descontento corrió entre la soldadesca. ¿Tanta caminata para una homilía póstuma? Pero el soldado que antes había gritado, un tal Juan «El Cojo», natural del barrio de La Cruz en Querétaro y más ladino que un tlacuache, no se dejó amedrentar por sermones.

—¡Déjense de letras, que el hambre no se quita con latines! —gritó Juan, y de un culatazo de su fusil rompió el primer candado de la caja de caudales.

El sonido del metal quebrándose resonó en todo el claustro como un trueno. Antípides no lo detuvo; al fin y al cabo, la patria necesitaba recursos. Los soldados se amontonaron, empujándose, mientras las llaves cedían una a una bajo la fuerza bruta. Al caer la séptima cerradura, la tapa de hierro crujió y se abrió de par en par.

Un suspiro colectivo de decepción recorrió la celda. Dentro no había lingotes de la Corona, ni doblones de a ocho. Solo había huesos de santos envueltos en sedas raídas, unos cuantos rosarios de madera de olivo y un fajo de escrituras de propiedades que a este tiempo ya habían sido declaradas nulas —¡Malditos jesuitas! —escupió el sargento Diócides—. Se burlaron de nosotros después de cien años.

Sin embargo, mientras el Capitán y el escriba se distraían analizando los documentos, Juan El Cojo notó que el suelo de la caja, forrado en terciopelo podrido, tenía un desnivel sospechoso. Con la rapidez de quien ha vivido de lo ajeno, metió la daga y palanqueó un falso fondo. Sus ojos casi se salen de las órbitas: bajo el terciopelo brillaba una hilera de onzas de oro macizo, escondidas allí no por la Iglesia, sino quizá por algún administrador local que, en el tumulto de la expulsión de 1767, decidió que Dios no necesitaba tanto metal.

Con una destreza que envidiaría un prestidigitador, Juan deslizó seis monedas en su bota y otras tantas en el forro de su guerrera, mientras fingía tropezar por el peso del equipo.

—¡Aquí no hay más que mugre y reliquias de mochos! —exclamó Juan, pateando la caja para cerrarla de nuevo antes de que el sargento volviera la vista.

El Capitán Antípides, decepcionado, ordenó la retirada para informar al Gobernador que el convento era un —…cascarón de polvo y telarañas, las canteras rotas y la maleza ganó espacio…—

Lo que nadie notó fue que, al salir hacia la calle de la Compañía, El Cojo caminaba con un paso extrañamente firme a pesar de su cojera, y que esa misma noche, en una pulquería de la periferia de Querétaro, se pagaría la ronda más larga de la historia con una moneda que llevaba el sello del Rey Carlos III, mientras el soldado brindaba en silencio por la memoria de los jesuitas que, sin saberlo, le habían dado su «reforma» personal.

Esa misma noche una carreta a las afueras de la gran casona de la familia Olguín hizo su aparición, no era la de mulas para los pedidos, era una carreta de elegante formas y caprichosas maderas barrocas estofadas en un negro brillante azabache, de ella descendió un elegante caballero que tocó tres veces el gran aldabón con rostro de conquistador.

Continuará…

Etiquetas: Marqués de CroixVirrey

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