Capítulo VI
20 de marzo de 1863.
La patria sangraba por las llagas abiertas que la espada extranjera le infligía sin piedad. Aquella Puebla, custodia de los volcanes, gemía bajo el hierro y el fuego del invasor francés.
Durante días eternos, más de veintidós mil almas bajo el mando del decidido general Jesús González Ortega resistían en la ciudad, entre ruinas humeantes y escombros macabros, disputando a dentelladas cada tramo de pared, cada rincón de calle ¡Están sitiados!
Mas la miseria devoraba a los soldados: faltaba el pan, escaseaba la pólvora y el desgaste presagiaba la inminente catástrofe. Distante quedaba la decantada «civilización» de la Europa ilustrada; los franchutes, despojados de toda gala de hidalguía, derramaban el salvajismo sobre los caminos de la Veracruz hacia la capital, sembrando el terror entre mujeres y niños inermes, carnada de bestias.
Ante el abismo que amenazaba devorar la República, el presidente Juárez requirió de la temple del general José María Arteaga para una empresa lógica: reorganizar las tropas, infundir aliento al pueblo de armas y levantar los ejércitos que habrían de soportar el embate invasor.
En la hermosa ciudad de Querétaro —aquella de verdes frescores— el momento dictó su epitafio. El general Arteaga debió ceder el mando del estado al distinguido liberal José Linares, varón de pluma afinada, periodista e historiador de raza. Solía repetir Linares con firmeza: —¡Quien conoce la historia posee el arte de gobernar! Quien contempla el pasado sabe qué abismos evitar para no despeñar a la patria en los mismos errores.
Sin embargo, la noticia cayó como una lápida sobre la golpeada población queretana. El ambiente se hallaba ya envenenado tras dos meses de amargos sofocones. El temible Sóstenes Antípides, al mando de las partidas liberales, había apretado la monta a los acomodados y conservadores del rumbo, arrancándoles a la fuerza los dineros indispensables para financiar la causa de la libertad. La ciudad, exhausta, naufragaba en el caos.
El espíritu liberal de la derrota corría por las calles y las plazas como reguero de pólvora. Se decía en voz baja: si Puebla caía, la cadena se rompería ciudad por ciudad.
Primero la de México y, tras ella, marchando sin freno, batallones napoleónicos entrarían a Querétaro para consumar el dominio del centro de la nación y preparar el trono sobre el que proyectaba sentarse el mismísimo Napoleón III.
La tragedia mexicana apenas comenzaba a escribir su página más sombría.
En las callejuelas más oscuras de Querétaro se diseñaba la forma de lograr desaparecer a los liberales. Los devotos conservadores de la ciudad, descontentos con las exacciones de Juárez y horrorizados ante el avance del pensamiento jacobino, no permanecieron con los brazos cruzados; abrieron sus arcas de caudales para comprar armas en la clandestinidad más absoluta.
Los liberales gobernaban una facción del país, el país completo era conservador.
Salían por los portones queretanos pesados carretones cargados de dulces tradicionales y viandas de frutas cristalizadas —aquellas finas golosinas que tiempo atrás cautivaron los paladares en el Potosí—, simulando un dócil comercio hacia la escarpada Sierra Gorda. En los campamentos empinados de la cordillera, el general Tomás Mejía apodado “El Mesías”, compartía mesa y mantel con los jefes de las tropas europeas. Mientras saboreaban aquellos manjares entre brindis y conspiraciones, los carretones continuaban su marcha subrepticia hacia la frontera del norte.
Allí, en los más selectos bazares de armamento y pertrechos, las barras de oro extraídas de los tesoros de la Iglesia mexicana corrían de mano en mano. Se compraban a precio de sangre los rifles y municiones que habrían de nutrir a las huestes reaccionarias, resueltas a marchar codo a codo con las bayonetas extranjeras para extirpar de raíz toda semilla liberal.
Para la facción conservadora, la victoria de la causa republicana significaba la ruina de la tradición. Aborrecían con fervor a todo aquél que osara admirar las instituciones de la república norteamericana o pretendiera moldear la patria a semejanza de los modos de gobernar de las cofradías masónicas; logias que, a juicio de los tradicionales, no habían traído más que impiedad, cismas y banca rota a estas atribuladas tierras del águila patria mexicana.
¡La invasión fue por el mal manejo de lo liberales de la deuda extranjera! No deja de haber panfletos pegados en toda la cantera de la ciudad queretana.
Corría aquel tiempo aciago en que la noble ciudad de Querétaro, encrucijada de tantas glorias y no pocas desdichas patrias, presenciaba los encontronazos entre la causa del progreso y la rancia aristocracia de campanario. Hallábanse las familias de más alto copete congregadas en elegante banquete para agasajar al nuevo gobernador, el don José Linares, varón de firmes principios liberales. El elegante salón distaba mucho de la miseria en las calles, opulencia y luces en descomunales candelabros que disparan multicolores por los prismas.
Apenas un puñado de valientes liberales, leales al pundonoroso general Arteaga, sostenía con su presencia el honor de la causa republicana en aquel festín de conservadores.
Procurando amortiguar la tirantez del ambiente, el gobernador Linares se dispuso a ofrecer el tradicional brindis. Levantose de su asiento y, al alzar la mano, el fino cristal de su copa sonó con un chasquido seco y metálico al chocar contra la joya que adornaba su dedo: un anillo grabado con los escuadras y compases de la masonería.
—Señores todos, buenas noches, solicito su atención… —articuló el gobernante, haciendo restallar de nuevo el metal sobre la copa—. Es un verdadero contento hallaros reunidos, amos y señores de esta feraz comarca, quienes a paso firme habéis sabido mantener la riqueza sin descender a la pedigüeñería. Habéis sostenido un comercio que, a mi juicio, resulta sospechosamente floreciente para los aciagos días que atraviesa la República…

Un silencio de tumba cayó de golpe sobre el recinto. Tan denso que solo se alcanzaba a escuchar, a lo lejos, la tos ahogada de algún comensal y el restregar de un cuchillo trinchando la carne del festín —Traigo para todos vosotros la paz y la concordia, bajo el amparo de la enseña republicana…
—¡Callad ya, bribón! —tronó una voz destemplada desde el fondo, interrumpiéndole a secas.
Los escoltas del gobernador llevaron al punto las manos a las empuñaduras de sus sables. De entre la concurrencia se adelantó con paso firme el joven Carlos Septién y González, opulento heredero de las fincas y corrales que lindan con la majestuosa arcada que sostiene el canal de aguas de nuestra Santísima Madre de las Capuchinas.
—Venís aquí a daros aire de allegado, infame mercachifle a las órdenes del pequeño Benito Juárez —espetó el mozo con la sangre encendida. Y diciendo esto, desenvainó de entre sus ropas una fina daga cuyo filo destelló de forma siniestra bajo la luz de los candelabros.
Avanzó con el brazo tendido y la hoja apuntando al pecho del mandatario. Al gobernador Linares le corrió un sudor frío por la frente; bien le habían advertido en la capital sobre la índole de aquellos potentados locales, de mecha corta, orgullo soberbio y resoluciones violentas.
—Escuchadme bien, señor gobernador —prosiguió Septién, encarándolo con bravura—: ignoramos a qué demonios habéis venido, pero os empeño mi palabra de que la paz de que gozábamos con el general Arteaga no la habéis de turbar más de lo visto.
Ya son las veces que nos hemos liado a tiros y han pretendido saquear nuestras arcas con el pretexto de la libertad. Y veo, si no me engaña el juicio, que portáis la prenda masónica, señal inequívoca de que venís a despojarnos. Así pues, sin que me tiemble la mano, os exijo que abandonéis este recinto y os larguéis de estas tierras. Sabed que estos lares solo reconocen el imperio de Nuestra Señora de Guadalupe y la autoridad de la Santa Iglesia, la cual, aunque os pese, sigue muy viva por aquí. ¡Lárgate!
Desde el fondo del recinto surgió el primer destello de los tiros liberales, dio ¡Justo en el pecho del joven Septién! Se encendió un denso momento de nubes y pólvora ante los tiros que comenzaron a cruzarse en todo el salón. Los adiestrados conservadores conocían la maniobra: todos al suelo y seguir disparando. Mientras los escoltas del gobernador hicieron todo lo posible por sacarlo, entre empujones ¡Uno de ellos cayó herido de muerte! Mientras a la voz de —¡Escapa! — aumentaron los tiros de revólveres Colt 1860 de los conservadores y la refriega se salió de control.
Apenas el gobernador salió del recinto, de inmediato le dijo a su secretario: Tome nota para una carta al presidente Juárez, “pobladores conservadores atacaron al gobernador Linares, lo encañonaron, amenazando de muerte. Solicito apoyo de batallón para la ciudad… urgente.
Continuará…

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