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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
23 enero, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
4
VISTAS

7 de septiembre de 1860, Convento de Santa Clara.

Hallábase la ciudad de Santiago de Querétaro, esa joya de verdes frescores, engalanada con la llegada de una nueva paloma al nido del Real Convento de Santa Clara. No era para menos el alboroto y el cuchicheo en los portales, pues quien descendía del carruaje con aire de gran señora era doña María de los Milagros de Jesús, vástago de la más encumbrada alcurnia de San Luis Rey de las Minas del Potosí: los Díez Gutiérrez. Familia es esta cuya fortuna, labrada entre los oscuros socavones de plata y el trajín de los comercios, le permitía mirar de frente, y aun con desdén, a los más poderosos de este nuestro México, hoy tan convulsionado por las discordias civiles.

Entraba María a la vida del claustro no con la estrechez de la mendicante que busca el pan de la caridad, en su carácter de novicia, escoltada por el fardo de su linaje. No le esperaba a ella un jergón de paja en dormitorio común, cual, si fuera hija de un lépero, le atendía la opulencia de una casa celda; ese microcosmos de piedra que su tía materna —hermana del alma de su madre— le había legado por última voluntad testamentaria. ¡Ay, singulares y acaso perniciosas costumbres las de nuestro suelo! Pues es de saberse, que tales viviendas, verdaderos palacetes en miniatura dentro de la ciudad clausurada, solo eran lícitas para aquellas damas que habían padecido el desaire de ser «saltadas» en el orden del matrimonio.

María de los Milagros de Jesús heredaba el sitio que la ley del honor familiar destinaba a la hermana mayor que, por azares de la esquiva fortuna o premura del corazón, veía a su hermana menor tomar el velo de novia antes que ella. Así, lo que en el siglo se refutaba como una afrenta social, en el claustro se trocaba en un baluarte de independencia… y poder.

Allí, la nueva novicia podría servir a Dios sin olvidar por un momento la nobleza de su cuna potosina. Mas este beneficio no era bicoca de poco precio: la dote de las hijas a quienes se arrebató la primogenitura nupcial se traspasaba a las arcas religiosas, colocándolas en la cúspide de la pirámide conventual. ¡Válgame Dios, que aun en la casa de oración la moneda de oro dicta el grado de la excelencia!

Gozará, pues, nuestra María de los Milagros del señorío de su propia casa, cual si no hubiera abandonado los palacetes del Potosí. No ha de creer el lector que la soledad será su única compañía, pues le es permitido el auxilio de damas de razón y criadas de su propio linaje quienes le servirán con la misma presteza que en el siglo.

A estas mozas, la caridad y la conveniencia les otorgan un beneficio no despreciable: podrán retirarse del santo recinto en el punto exacto en que algún mancebo de buenas intenciones las pretenda en matrimonio; más, si el estado de soltería persiste, quedarán bajo el amparo e instrucción de la titular de la celda.

Es cosa digna de observarse que estas acompañantes, muchas de las cuales apenas si cuentan doce primaveras, hallan tras los muros de la gran ciudadela de las Clarisas queretanas una existencia de lujos y sosiego, ajena al turbulento estrépito del mundo exterior. Allí, entre los muros de cantera, se les dota de luces que afuera les serían negadas por la pobreza o la desidia de sus padres.

Se les instruye, no sin cierta lentitud y melindres, en los primores del tejido de randa, la pintura de academia y los dulces arpegios de la música; habilidades todas que, si bien parecen adornos del espíritu, han de servirles de escudo el día que, por gracia de Dios o del destino, deban enfrentar la vida exclaustra. ¡Peculiar escuela de virtudes es esta, donde se aprende a ser santa entre sedas y a ser señora entre rezos!

¡Válgame el cielo, y qué espectáculo de mundanidad presenciaron aquellos muros! El primer sol del día bañaba la figura de María de los Milagros, quien no parecía entrar al noviciado; ¡no, señor!, parecía más bien que ingresaba a un baile de corte en el mismísimo palacio de los regidores. Apareciese la moza ataviada con tal primor que sus encajes, entrelazados con guirnaldas de flores naturales, semejaban una red de plata capturando la luz.

Sus botas, de tacón arrogante, le otorgaban una estatura que más parecía reclamar mando que obediencia, mientras que su sombrilla de albos destellos protegía aquel cutis de porcelana de los atrevidos rayos del sol queretano. Tras ella, en una procesión que hería la vista de los envidiosos, caminaba su séquito: seis pequeñas doncellas, primas y sirvientes, criaturas de escasas doce primaveras que aún ocultaban entre sus sayales muñecas de trapo y diminutas lozas de té, como si el claustro fuera a ser un patio de juegos, no un valle de lágrimas y oración.

Los baúles, cuyo número parecía no tener fin, fueron depositados con estrépito a la entrada principal, allá donde el gran canal refresca los ánimos, bajo la vigilancia de caballerangos que exhalaban todavía el polvo de la travesía desde las minas del Potosí.

A la puerta de aquel reino de silencio, aguardaba la Madre Superiora, Sor María de Jesús Escalante. ¡Ah, mujer de temple diamantino! Férrea columna de la vida comunal, sobre quien pesaban ya las sombras de los tribunales republicanos. Se decía en los portales que era una contenciosa de cuidado, pues más de una vez había plantado cara a los alguaciles, impidiéndoles el paso con la sola fuerza de su cruz, negando que las botas de la soldadesca profanaran el suelo del Esposo Celestial. Con los ojos empañados por un llanto que mezclaba el alivio y la angustia de los tiempos, la Superiora recibió a la joven, asistida por la Priora Sor Ana María de San Francisco y Neve, flor de juventud e ímpetu.

—¡Es un milagro de la Providencia tenerla aquí, Señoría! —exclamó la Superiora con voz trémula—. ¡Nos congratula vuestra asistencia! Por fin una estirpe de tal nobleza dignifica nuestro claustro. Sea usted bienvenida a su casa, mi señora; pasad, que de inmediato dispondremos vuestro aposento y os mostraremos el camino de perfección. Con un entusiasmo que rayaba en lo desorbitado —propio de quien ve en una novicia rica la salvación de su convento—, ambas preladas se deshacían en atenciones. Mas, recobrando la Superiora su autoridad de acero ante los hombres, ordenó con gesto imperioso a los mozos de la familia:

—¡Atended de inmediato, señores! Dejad ahí las valijas y esos baúles de mundo. Más allá de este umbral no podéis pasar, que aquí comienza el reino del espíritu y termina la jurisdicción de la tierra. ¡Atended! — Avanzaba el cortejo por los claustros entre un susurro de salmos y el seductor aroma de los fogones, donde el chocolate y el dulce de alfeñique perfumaban el aire. A su paso, las hermanas de velo blanco, movidas por un hábito más terrenal que divino, inclinaban la cerviz; pues, aunque la joven no portase título de Castilla, su linaje potosino le otorgaba ante los ojos de aquellas infelices un aura de princesa.

Fue conducida al fin a su casa celda, soberbia edificación de dos niveles que más parecía palacete de recreo que refugio de penitencia. En el aposento principal, aguardaba una cama de dimensiones matrimoniales, vestida con linos que envidiaría la misma Marquesa de la Selva Nevada; mientras tanto, en una pieza contigua, se disponían las literas para su servidumbre. No faltaba allí la mano de obra del siglo: cocinera de sazón fina, afanadora y hasta un ballet de asistencia, todas ellas contratadas para que el rigor del Carmelo no rozase siquiera la palma de su mano.

¡Oh, qué refinamientos se permiten en la ciudadela de las Clarisas! Gozaba la novicia de un comedor exclusivo para su casta, donde el pan se partía en vajilla de Puebla, y poseía la rarísima potestad de sumergirse en una tina privada, beneficio que la regla permitía dos veces al mes, según el uso de la buena sociedad. La arquitectura misma parecía rendir pleitesía a su fortuna: estípites de cantera primorosamente labrados y coros de querubines tallados con alegórica destreza enmarcaban cada ventana, al centro un escudo de armas de la familia potosina.

Más, presidiendo el lecho principal, hallábase un objeto capaz de enfriar la sangre del más templado: el retrato de su tía bajo la advocación de “Monja Florida”. Aquella efigie lúgubre, capturada por el pincel en el mismo instante en que la religiosa yacía en su tálamo eterno, la mostraba coronada de flores en su lecho de muerte. Era el último recordatorio de que, entre tantas sedas y lujos de azulejo, la muerte no hacía distinción entre la celda de la rica y el jergón de la pobre, aunque a la primera la enterraran con música de ángeles y a la segunda con el silencio de la fosa.

Aconteció el recibimiento cuando ya la tarde, herida por las sombras, hacía tronar el final del día. En los patios, los tordillos en volumétricas parvadas geométricas revoloteaban para buscar refugio en los fresnos, cuyos verdes eran ya ceniza bajo el crepúsculo. En aquel instante, el órgano tubular dejó escapar sus notas espectrales, que como gemidos de bronce llamaban a la última cena de recepción; banquete agridulce donde le era permitido a la doncella ser despedida por su estirpe.

Pocos fueron los testigos de aquel adiós: el padre, la madre y un hermano, quienes con semblantes de mármol y una prontitud casi impía, parecían querer evitar el roce con costumbres que ya no les incumbían. Allí, María de los Milagros de Jesús lució sus últimas galas; ese atavío de seda y vanidad que, como las flores del campo, brilla hoy para ser marchitado mañana.

¡Ah, mudanzas de la vida! Pues es de saberse que, apenas el sol de la aurora acaricie las torres de Santa Clara, ese traje de luces será trocado por el manto de novicia. Un hábito que no dejará de ser una mortaja para el mundo. A partir de mañana, la estameña y el lino bendito rozarán su piel, recordándole que la hija de los mineros del Potosí ha muerto para el siglo, y cuando tome los hábitos perpetuos, inclusive su nombre será solo hojas de cardos que lleva el viento.

Querétaro, 19 de diciembre de 1860.

Llegaron los fríos vientos a la ciudad de los violáceos atardeceres, la ciudad esperaba con miedo y espanto las ejecuciones de la orden de exclaustración… —¡Válgame el Santo Niño de Atocha— exclamaba y qué trago tan amargo le esperaba al buen joven Felipe Olguín! No bien acababa de saborear la gloria de ser el dulcero de mayor fama en todo Querétaro, al habérsele comprado casi todo el cuarto del año de almíbares y frutos por las hermanas clarisas que esperaban a una de las más adineradas herederas en su claustro, cuando la noticia le cayó como rayo en día de sol: ¡Sus carretas de confituras habían sido confiscadas! Sin más excusa que la fuerza, ni más paciencia que la del hambre, la aduana de los republicanos —esos señores que todo lo tasan y nada perdonan— hizo mella en sus pedidos.

Salió el pobre Olguín despavorido, montando en su bestia con tal premura que parecía llevar al mismísimo demonio en las ancas. No le faltaba razón para su espanto, pues ya veía venir a los comerciantes destinatarios, hombres de bolsa estrecha y corazón de pedernal, reclamando sus caudales. ¡Pecado comercial de lesa majestad sería tal falta! Por fortuna, le acompañaba su fiel amigo Manuel Septién, caballero de juicio y buena sombra.

Mientras tanto, en el taller de la casa, el aire se espesaba con el vapor de las calderas. Era menester terminar las jaleas de arrecio y cuidar los duraznos en almíbar, que son la delicia de cuantos transitan por la calle frente al gran muro de los franciscanos. Mas ¡ay!, que aquel muro era ya mudo testigo de la desgracia, pues los buenos frailes habían sido expulsados por las bayonetas del General Arteaga, dejando al templo sin incienso y a la ciudad sin consuelo.

En medio de este tumulto de pasiones y soldados, quedó la casa en desamparo. Los hombres marcharon hacia el Potosí, y allí quedaron las mujeres frente al fuego. Solo el padre, anciano y privado de la vista, permanecía en el rincón; hombre que, si bien no abonaba a la producción, no escatimaba en sentencias morales.

Al ver la desidia de las pequeñas, exclamó con voz de profeta: —¡Es el momento de que estas niñas dejen el mandado y los juegos, y pongan las manos en el cazo! ¡Que comiencen los azúcares fundidos! — Y ante las dudas de las mozas, remató el ciego con aquella verdad que no admite réplica: —¡Nadie es capaz de dirigir la elaboración de un dulce si antes no ha aprendido a quemarse los dedos en el almíbar! Pues en este mundo, el que no sabe hacer, no sabe mandar.

Una carta llegó a la casa de manera abrupta, era un aviso de que el joven Felipe Olguín debía de presentarse ante el alguacil del ayuntamiento de Querétaro, con la firma del capitán de plaza al mando del general José María Arteaga —¡El joven Felipe no se encuentra en este momento! — dijo María Luisa, una de las hermanas —Pues urge su presencia— la joven Olguín dio por atendido y de inmediato le avisó a su padre.

—¿Cuánto tiempo le dan para presentarse? —preguntaba el padre. —No más de cinco días —respondió María Luisa con un hilo de voz. —Pues urgirá que regrese pronto, de mientras tendré que presentarme yo mismo ante el alguacil. No se establece la responsabilidad y coinciden nuestros nombres, así que haré por premura mi presencia. Al fin que, para lo que hay que ver en estos tribunales, mis ojos apagados son una bendición: me ahorraré el disgusto de verle la cara a tanto bribón con uniforme.

Presentábase, pues, aquel desvalido ciego con mayor decoro en su porte que luces en sus ojos, y con más rastro de almíbares en la barba que reales en la faltriquera. Dispuso a encarar a la justicia, persuadido neciamente de que su falta de vista le serviría de más seguro escudo que el más autorizado salvoconducto. Al punto le recibió el capitán de plaza, don Sóstenes Antípides, sujeto de complexión recia y corazón de bronce, cuya alma, a fuerza de lidiar en las escuadras liberales, se había reducido a un grano de nada. Con un ceño que pregonaba su desprecio por la vida ajena y su ciega obediencia a las ordenanzas, espetó al infeliz dulcero

—¿Eres tú Felipe Olguín? —Sí, mi señor —respondió el cuitado. —¿El mismo del comercio del «Pavo Real»? —El mismo, ¡y para servir a vuestra merced con el dulce más regalado de estas regiones! —

—Tengo noticias bastas —prosiguió el militar, tomando un cigarro de grosera hechura al que arrancó la perilla con los dientes antes de encenderlo y aspirar con ansia el primer vaho del tabaco veracruzano— para colegir que fuiste el cómplice que ocultó el oro de los ermitaños agustinos tras su expulsión. ¿Ignoráis acaso que tal desvarío no se purga solo con los azotes que yo te mande dar? Os habéis hecho acreedor a un juicio por traición a la patria y, por mi fe, que no volveréis a ver la luz del sol, aunque poco os importe — Sonrió irónicamente— Decidme ahora, si queréis evitar tan funesto destino: ¿hacia qué parajes se encaminaban vuestras carretas además de la ciudad de San Luis? ¿En qué sitio pretendíais restituir el tesoro a los reverendos frailes agustinos?

Continuará…

Etiquetas: conventosanta clara

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