viernes, marzo 27, 2026
Sin resultados
Ver todos los resultados
Plaza de Armas | Querétaro
  • Andadores
  • aQROpolis
  • Editoriales
  • Efectivo
  • En tiempo real
  • Local
  • México
  • Planeta
  • Ráfagas
  • Roja
  • Andadores
  • aQROpolis
  • Editoriales
  • Efectivo
  • En tiempo real
  • Local
  • México
  • Planeta
  • Ráfagas
  • Roja
Sin resultados
Ver todos los resultados
Plaza de Armas | Querétaro
Sin resultados
Ver todos los resultados

¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
27 marzo, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
16
VISTAS

Agosto de 1861, Casona de los Olguín

El sol de agosto despuntaba apenas sobre la Casona de los Olguín, filtrando sus primeros hilos de luz entre los muros que albergaban la algarabía silenciosa de diecisiete doncellas. Las alcobas de las hermanas, dispuestas en hileras de castidad, se abrían hacia el obrador de dulces; de suerte que, antes de que el primer párpado se alzara, las jóvenes ya eran saludadas por el vaho dulzón de las mieles en ebullición, el aroma del caramelo tostado y el perfume virginal de los azahares que exhalaban los huertos de la propiedad.

Dictaba la costumbre que, antes de abandonar el lecho, el alma debía elevarse en gratitud cristiana hacia el Creador. Cumplido el rito espiritual, procedían al rigor del aseo: el lavado minucioso de manos, axilas y rostro —siempre en ese orden inquebrantable—, requisito indispensable para ostentar el título de «aseadas» y ser merecedoras del pan en la mesa familiar.

La propiedad, erigida con sobriedad cerca de los dominios de los carmelitas, mantenía la disciplina de la misa matutina tras el desayuno. Sin embargo, el aire que se respiraba era de una tensa incertidumbre. La Reforma avanzaba con paso de hierro; las órdenes religiosas habían sido exclaustradas y solo los conventos femeninos resistían aún, sosteniendo una batalla de papel y tinta contra los decretos del presidente Benito Juárez. Pero los rumores corrían como la pólvora: no habría más prórroga, y el exilio de los claustros era una sentencia inminente.

La tradición, antaño firme, se desmoronaba en las costuras. La familia Olguín, movida por una piedad que asombraba a propios y extraños, brindaba refugio a varios priores que vagaban tras el despojo. No eran los únicos; en un principio, muchas familias principales abrieron sus puertas a los frailes desterrados que no lograron huir hacia el norte. No obstante, al pasar los meses y ver que el Gobierno Federal no daba marcha atrás, la caridad comenzó a marchitarse. Lo que fue piedad se tornó en hastío, y aquellos religiosos terminaron expulsados de los hogares —a veces con elegante cortesía, otras con hiriente grosería—, quedando a merced del destino.

Así, aquella ciudad que meses atrás presumía de frescos verdores y atardeceres de violeta, se transformaba día con día en un penoso enjambre de menesterosos, donde la fe y la alcurnia se desdibujaban bajo el polvo de la necesidad.

Privados de sus templos y proscritos de sus altares, los priores de las diversas órdenes hallaron un santuario improvisado en el vasto patio del obrador de dulces. Allí, bajo el cielo abierto, se oficiaban ceremonias con un rigor que desafiaba la precariedad del entorno.

Era ley inquebrantable que, antes de cualquier rito, se procediera a la solemne bendición de los ornamentos sagrados, mientras la familia Olguín y la peonada entera se sumían en la “santa confesión”. Cada falta, cada arrepentimiento y cada propósito de enmienda quedaban asentados por la pluma del confesor en el Libro de Piedades, testamento silente de la devoción de la casa.

Tras el Amén final, el misticismo cedía su lugar al rudo quehacer cotidiano, aunque el pulso del trabajo latía ya con alarmante debilidad. El obraje, antaño un hervidero de actividad, languidecía a ojos vistas: de los cincuenta peroles de cobre donde borboteaba la miel para los frutos secos, apenas diez conservaban el fuego encendido.

Los almíbares, sin embargo, no podían detenerse; pese a que los mercados se cerraban y la plata escaseaba, la fruta —el durazno aterciopelado, el membrillo fragante y la pera de agua— no aguardaba a la política. Dejar de producir era entregarse a la podredumbre y a una pérdida que la familia ya no podía permitirse.

La parálisis no era solo de los Olguín, sino que se extendía como una gangrena por toda la ciudad. Los proveedores de azúcares, los artesanos de los cristales finos, los taponeros de corcho y los tejedores de lienzos para conservas veían morir sus oficios. Incluso los herreros, artífices de las rejillas de hilo de hierro para el colado, se hundían en la inacción. La razón era tan clara como amarga: se habían extinguido los llamados “préstamos de fe”.

Aquélla era una red de crédito sagrado tejida por las órdenes religiosas, que con su capital sostenían la producción de la comarca entera. Desde el cantinero más humilde hasta el carpintero ebanista más diestro, todos habían cimentado su bonanza en el apoyo de los prestamistas de sotana. Al quedar las órdenes desarticuladas y sus arcas confiscadas, el engranaje de la prosperidad se detuvo en seco.

Sin el amparo de la Iglesia para impulsar el comercio, el horizonte se teñía de sombras y el futuro, antes radiante, no se antojaba más que una incierta penumbra.

No había mejor prueba de aquel descalabro que el infortunio de don Filemón, el carpintero ebanista más diestro de la ciudad. Él había sido el artífice de la suntuosa estantería de caoba que engalanaba la biblioteca de los Olguín y el encargado de tallar, con paciencia de santo, las pesadas puertas de la casona.

Hacía apenas un año, el patriarca de la familia, don Felipe Olguín, le había encomendado su proyecto más ambicioso: diecisiete cabeceras de cama, una para cada una de sus hijas, talladas en cedro oloroso con motivos de guías de vid y querubines, destinadas a los ajuares de sus futuros, aunque inciertos, matrimonios. Don Filemón, hombre de honor y oficio, había recibido un adelanto sustancial, respaldado por un crédito de los padres Carmelitas, para adquirir las maderas preciosas y las herramientas de importación necesarias.

Pero la Reforma había caído como un hacha sobre su taller. Al extinguirse los préstamos de fe, los Carmelitas se vieron imposibilitados de sostener los créditos, y los proveedores, temerosos de la inestabilidad política, exigieron el pago inmediato de las deudas en plata contante y sonante, algo que don Filemón no poseía.

Hoy, el taller de don Filemón, antaño un templo del aroma a aserrín y barniz, era un mausoleo de ilusiones truncadas. Las diecisiete cabeceras yacían allí, alineadas contra las paredes desconchadas. Tres de ellas estaban terminadas, mostrando el esplendor del diseño original, con los querubines pareciendo sonreír ante la desgracia. Las otras catorce permanecían en distintas etapas de abandono: unas apenas esbozadas en la madera bruta, otras con la talla a medio terminar, como si la mano del artista hubiera sido congelada por un espasmo de desesperación.

El propio don Filemón, con el rostro surcado por las arrugas de la ruina y la barba crecida, deambulaba entre sus obras incompletas. Ya no se atrevía a presentarse en la casona de los Olguín, abrumado por la vergüenza de no poder cumplir su palabra ni devolver el adelanto. Al ver las cabeceras destinadas a las señoritas, suspiraba con un estertor que parecía nacer del fondo de su alma, sabiendo que aquellas maderas, destinadas a enmarcar sueños de amor y descendencia, terminarían sirviendo, quizás, para calentar los fogones de algún menesteroso en el invierno venidero.

El joven Felipe, poseedor de una agudeza que sorteaba con brío los nubarrones de la época, mandó llamar al maestro carpintero. Lo hizo con la delicadeza propia de quien comprende que la pobreza no es falta de virtud, sino un zarpazo del destino. Don Filemón, abrumado por el peso de su propia honra herida, acudió a la cita aquel mismo día. Para no presentarse con las manos vacías —testimonio mudo de su parálisis—, hizo trasladar las cabeceras ya terminadas, ofreciéndolas como prenda de una labor que, si bien lenta, no claudicaba.

Al trasponer el umbral, Felipe se hallaba enfrascado en instrucciones perentorias con uno de sus asistentes, encargado de secundar a doña María Luisa en el gobierno del obrador —Retírate, Nabor —ordenó Felipe con voz firme pero baja—. Consigue por cielo y tierra los envases para los almíbares. No podemos permitir que la producción se detenga; la incertidumbre es un veneno más letal que la peste. Los liberales aún guardan oro en sus arcas y, mientras sigan saboreando nuestros dulces, estarán más ocupados en el deleite que en hostigar a los religiosos —Así se hará, joven señor—respondió Nabor antes de hurtar el cuerpo de la estancia.

Felipe, al divisar al maestro ebanista encogido sobre el dintel como quien espera una sentencia, cambió el rictus de mando por una sonrisa de franca camaradería —¡Venga acá, don Filemón! —exclamó estrechándole en un abrazo—. No me traiga esa figura cabizbaja, hombre de Dios. Acérquese, que entre caballeros siempre habrá entendimiento. Tome asiento, se lo ruego.

El artesano, turbado, intentaba en vano dirigir la atención del joven hacia las tallas que acababa de descargar, buscando en el trabajo el perdón por su demora. Pero Felipe, ignorando los fardos, lo condujo hacia el cuarto de pedidos, un espacio saturado por el efluvio del azúcar y resina —Ande, don Filemón, tome uno de estos cristales y sírvase de la sangría que mis hermanas han dispuesto. El vino es mediocre, no lo niego, pero con la gracia de las naranjas agrias, la miel de nuestra cosecha y estos brotes de hierbabuena, verá cómo el espíritu le retorna al cuerpo. Beba, se lo pido—.

—Joven Felipe… —balbuceó el maestro, con la voz quebrada por la vergüenza—, estoy en deuda con su merced y con su señor padre. He traído ya tres de las piezas terminadas, talladas con el mayor esmero que mis manos alcanzan…—¡Déjese de cuitas y de inventarios! —le interrumpió el joven con un gesto de la mano que disipaba cualquier reclamo—. Vaya usted y termine el encargo con la calma que el arte requiere. Mire, al paso que van mis diecisiete hermanas, dudo mucho que haya celeridad en las bodas. Ya habrá tiempos de mayor bonanza y dineros para saldar las cuentas. Por ahora, descanse ese ánimo.

—Pero, patrón… la pena me embarga… —insistió el ebanista, al borde del llanto —¡Basta de pesares! Eso lo dirimiremos después. Hoy, somos solo dos hombres resistiendo al siglo.

El maestro ebanista tomaba del vaso, es verdad que la bebida apremia, pero observa que existe algo más en la visita, al no ser el trabajo adeudado ¿Qué querrá el joven Olguín?

Sin que un solo músculo de su rostro delatara la magnitud de su plan, Felipe lanzó la interrogante con la precisión de un tajo: —Dígame con franqueza, don Filemón, ¿cuánta madera se requeriría para armar una flotilla de veinte carretas, de esas mismas que despachamos cargadas de dulces hacia el Potosí? — El ebanista, sorprendido por la desmesura de la cifra, sufrió un acceso de tos que le obligó a derramar, con gran pesar, unos hilos de la sangría sobre su jubón —¡Válgame el cielo, jovencito! —exclamó limpiándose la comisura—. ¿Se refiere a aquellas naves de madera que botamos hace ya un lustro? —Esas meras, ni más ni menos —replicó Felipe con la mirada clavada en el artesano.

—Pues… a cómo anda la baraja de revuelta, con naiden queriendo traer tablones de los montes de Amealco por temor a las gavillas… Si nosotros mismos vamos por el corte y arrastramos los troncos con buenas yuntas, calculo yo, su merced, que necesitaríamos unos treinta árboles arrancados de raíz. Pero eso sí —añadió alzando su rostro surcado de arrugas, como si en el techo de la habitación pudiera dibujar el rastro de la sierra—, me llevaría una vida entera darles forma.

Felipe, con una sonrisa enigmática, volvió a colmar el vaso del carpintero para aplacar el asombro del viejo —Escúcheme bien: redoblando la peonada y contratando a cuanto oficial y aprendiz de carpintería quede en la ciudad… ¿qué precio pondría usted para tenerlas listas en dos semanas? — Don Filemón sintió que el juicio se le escapaba. ¡Dos semanas! Si entre él y su hijo apenas lograban entregar una carreta tras dos meses de sudores. ¡Veinte carretas en catorce días era una proeza que rayaba en el milagro! —Joven Felipe, eso es pedirle peras al olmo. No imagino la legión de muchachos que necesitaría para semejante empresa…—

Entonces, el joven dulcero se dio la vuelta. Del fondo de un estante, tras abrir un cajón oculto que chirrió con el peso del secreto, extrajo un morral de cuero. Al depositarlo en la mano callosa del maestro, el tintineo fue inconfundible: eran cerca de cuarenta monedas de oro cuyo peso hizo que el brazo del ebanista descendiera por la inercia de la riqueza.

—Si las tiene listas en el plazo dicho —sentenció Felipe, bajando la voz hasta convertirla en un susurro de conspirador—, recibirá otro morral de idéntico peso solo para usted. Ha servido a los Olguín toda la vida y mi confianza en su lealtad es absoluta. Con este encargo daremos de comer a muchas familias y me salvará usted a mí. Pero le exijo una condición sagrada: ¡ni una palabra a alma viviente sobre el destino de estas carretas! Si le preguntan, diga que es un pedido atrasado que ha cobrado urgencia— Al sentir el frío y divino peso del metal contra la palma de su mano, la duda se disipó en el espíritu del carpintero. Enderezó la espalda, recuperando por un instante la prestancia de sus años mozos.

—Mi salud y mi edad ya no son las que fueron —declaró con solemne firmeza—, pero por el peso de la amistad que nos une a su ilustre familia… ¡las tendrá usted en dos semanas! Es palabra de hombre y promesa de agradecido—.

Taller de Don Filemón, unos días después.

El taller de don Filemón, otrora un santuario de silenciosa y fina artesanía, se transformó de la noche a la mañana en una fragua de actividad febril que desafiaba las leyes del descanso. El plazo de catorce días pendía sobre sus cabezas como la hoja de una guillotina, y el maestro, rejuvenecido por la urgencia y el oro de los Olguín, se convirtió en un general de serrín y garlopa.

Contrató a cuanto oficial desempleado erraba por las tabernas y a una legión de muchachos «chícharos» cuya única misión era alimentar las hogueras y aceitar los ejes. El aire en el recinto se volvió denso, una mezcla sofocante de sudor humano, resina fresca de pino y el polvillo volante que nublaba la vista. La decimocuarta noche cayó sobre la ciudad como un manto de tinta, densa y cómplice. El silencio de la hora estelar solo era perturbado por el crujido de la madera nueva y el resoplido contenido de las mulas que esperaban en la penumbra del callejón.

Don Filemón, con las manos llagadas y el rostro tiznado de hollín y fatiga, dio el último golpe de maza a una clavija de encino. Las veinte carretas, alineadas como una división de infantería en el patio del taller, exhalaban un aroma penetrante a resina fresca y hierro frío. No tenían adornos ni barnices; eran esqueletos de carga, robustos y austeros, diseñados para devorar los caminos polvorientos que conducían al norte, pero con la significante distinción que se solicitó: ¡Un piso falso que nadie podría ver! Solo la mano de don Filemón y el joven Felipe Olguín.

Pero el sigilo de la noche no fue suficiente para ocultar la proeza. A una distancia prudencial, envuelto en su capa y montando un corcel negro como la misma oscuridad, el Capitán Sóstenes Antípides observaba con una sonrisa gélida todo el movimiento.

Continuará…

Etiquetas: FilemónHISTORIAOlguínreforma

RelacionadoNoticias

Velan armas PAN y Morena

Tomás Ángeles y el diálogo con el EZLN

27 marzo, 2026
Raymundo Riva Palacio

La distopía de Brugada

27 marzo, 2026
Los electores también son responsables

El barco fantasma, el derrame y el terror fiscal

27 marzo, 2026
José Fonseca

Morena: Nomás las patadas de oyen

27 marzo, 2026
Siguiente noticia
Espera Turismo a más de 200 mil en actividades de la Semana Santa

Espera Turismo a más de 200 mil en actividades de la Semana Santa

 

 

 

Categorías

  • Andadores
  • aQROpolis
  • Cartón
  • Editoriales
  • Efectivo
  • En tiempo real
  • Fuego amigo
  • Fuente de El Marqués
  • Local
  • México
  • Planeta
  • Portada
  • Ráfagas
  • Roja

Enlaces Internos

  • Aviso de Privacidad
  • Aviso Legal
  • Contacto
  • Aviso de Privacidad
  • Aviso Legal
  • Contacto

© 2020 MEDIOS AQRÓPOLIS S.A. DE C.V. Todos los derechos reservados.

Sin resultados
Ver todos los resultados
  • Andadores
  • aQROpolis
  • Editoriales
  • Efectivo
  • En tiempo real
  • Local
  • México
  • Planeta
  • Ráfagas
  • Roja

© 2020 MEDIOS AQRÓPOLIS S.A. DE C.V. Todos los derechos reservados.

Este sitio web utiliza cookies. Al continuar utilizando este sitio web, usted está dando su consentimiento para el uso de cookies. Visite nuestra Política de privacidad y cookies.