viernes, marzo 20, 2026
Sin resultados
Ver todos los resultados
Plaza de Armas | Querétaro
  • Andadores
  • aQROpolis
  • Editoriales
  • Efectivo
  • En tiempo real
  • Local
  • México
  • Planeta
  • Ráfagas
  • Roja
  • Andadores
  • aQROpolis
  • Editoriales
  • Efectivo
  • En tiempo real
  • Local
  • México
  • Planeta
  • Ráfagas
  • Roja
Sin resultados
Ver todos los resultados
Plaza de Armas | Querétaro
Sin resultados
Ver todos los resultados

¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
20 marzo, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
22
VISTAS

Capítulo II.

Es la tarde del 13 de julio de 1861.

El Palacio Nacional de la Ciudad de México exhala un calor sofocante, pero el despacho del presidente Benito Juárez permanece gélido, son esas épocas en donde la sombra hela, pero el sol aploma. Envuelto en el humo de su tabaco realizado por él mismo y la gravedad de los documentos que se amontonan sobre el escritorio de caoba, de aquella marrón guinda que expone cada veta del lustroso mueble.

Afuera, la República se desangra. Apenas un mes antes, los cadáveres de Ocampo, Degollado y Valle —los mártires de la Reforma— han dejado un vacío de orfandad en el partido liberal. El General Jesús González Ortega, vencedor de Calpulalpan, entra al recinto con el uniforme empolvado y la mirada encendida de quien sabe que la victoria militar ha sido traicionada por la miseria económica.

Juárez se levanta para recibirlo, a pesar de sus dolencias es un caballero y ha respetado a sus generales con la estirpe de héroes.

Tomó una copa y la llenó hasta desbordarla de un fino brandy, le fue aceptado —Pase usted, General. Tome asiento. Me temo que las noticias que traigo de la Tesorería son más amargas que el café que nos sirven, acompáñele de favor con este brandy— Señor presidente, vengo de recorrer las guarniciones. El ejército que derrotó al maldito conservador general Miguel Miramón se está disolviendo por falta de pan. Mis hombres visten harapos. Me pregunto, con el debido respeto a su magistratura: ¿Dónde está el tesoro de la Iglesia? ¿Dónde están los millones que la Ley de Nacionalización debía verter sobre las arcas de la Patria? Se rompió el sello celestial ¡Pero no obtuvimos nada! —.

Exhalando una nube de humo, con voz pausada y profunda, inclusive jugando con los círculos de humo que construye en el etéreo aire fija su mirada en González Ortega —Esa es la herida que nos supura, General. La Ley de 1859 fue redactada con la pluma del derecho, pero se ha ejecutado con la mano de la desorganización y la rapiña de los especuladores. Los bienes que debían salvar a México se han evaporado en un mercado de sombras, no hay quien compre los nacionalizado, ni habrá quien lo administre. Tengo ligeras sospechas de la existencia de una confabulación con legos para sacar los tesoros de las órdenes, nada claro aún.

—¡Es inaudito, Señor presidente! Se exclaustró a las órdenes, se vaciaron los conventos de Querétaro, de Puebla y de esta Capital con la promesa de que esos activos fundarían el crédito de la nación. Y sin embargo, escucho que las fincas urbanas y las haciendas del clero se están vendiendo por una décima parte de su valor real a agiotistas que ayer eran conservadores y hoy se dicen «liberales» para medrar con la tragedia.—Lamentablemente, General, su diagnóstico es certero. La nacionalización no ha sido el manantial de recursos que esperábamos. Los compradores, temerosos de que el partido reaccionario vuelva al poder y les arrebate lo adquirido, exigen descuentos criminales. El papel moneda de la deuda se deprecia antes de llegar a la caja. Hemos destruido el poder económico de la Iglesia —lo cual era una necesidad de Estado—, pero no hemos construido el tesoro de la República. El dinero se queda en las manos de los intermediarios mientras el Erario mendiga préstamos al uno por ciento mensual.

—Y mientras tanto, los ministros de Inglaterra y Francia golpean nuestra puerta ¡cómo acreedores despiadados! Señor presidente, si los bienes de la Iglesia no sirven para pagar la deuda externa, ni para alimentar a la tropa, ni para pacificar los caminos donde aún galopa Leonardo Márquez con su sed de sangre… ¿Qué nos queda?

Juárez poniéndose de pie y mirando hacia la gran plancha llena de jardineras y árboles que suspenden al Palacio Nacional respondió con sus manos detrás de la espalda sosteniendo su puro —Nos queda la dignidad de lo imposible, General. Si la exclaustración no ha dado el numerario suficiente es porque el país está en ruinas. No puedo permitir que el pueblo muera de inanición para satisfacer los intereses de los bonos europeos, voy a contarle una idea muy personal general, espero la discreción al acto— pauso la plática por un momento y continuó— ¡Imaginé que las órdenes religiosas llenas de pletóricos metales salvarían esta maniobra! No fue así.

El general echó para atrás su cabeza en un acto reflejo de su asombro, no había visto vacilar al presidente en ninguna vez—Señor, ¿está usted sugiriendo lo que sospecho? Los diplomáticos Wyke y Saligny no aceptarán más demoras. Dirán que somos un gobierno de bandoleros que confisca iglesias, pero no paga sus letras —Que digan lo que gusten. En pocos días someteré al Congreso un decreto para suspender por dos años todo pago de la deuda. Es una medida extrema, sí, pero la República no puede pagar con su propia existencia. Si el clero ya no tiene bienes que nos den liquidez inmediata, entonces el tiempo será nuestro único capital.

El asombro de González Ortega fue continuo: —Eso es llamar a la guerra con las potencias españolas, inglesas y francesas, no buscan dinero, buscan un pretexto— Entonces que nos hallen con la frente en alto —dijo Juárez — Prefiero enfrentar una invasión extranjera que presidir el funeral de una nación que se vendió a pedazos para pagar una deuda usurera. La Reforma ha sido un éxito político, general, pero un desastre financiero. Ahora nos toca defender con la espada lo que la ley no pudo consolidar con el oro— Envuelto en el humo del tabaco que él mismo labraba miró a la gran plancha ajardinada donde apenas el sol rompe la tarde, hizo una breve pausa, sonó una campana para que viniera su asistente, al llegar una nube de aromáticas cepas de humo abre los pulmones —Ordenanza, haga una carta y cite de inmediato al señor Manuel Vicente Ramón Doblado Partida, secretario de asuntos exteriores a una reunión — hojeó su agenda— cítelo para el martes 16 de julio, aquí en mi oficina, urge su presencia, que vaya el postal de inmediato.

Domingo 14 de julio de 1861, salón del gobernador, Querétaro.

En los salones de lo que fue la casa del Corregidor novohispano Miguel Domínguez, el General José María Cayetano Arteaga Magallanes, ahora gobernador, contempla la gran fuente de la Plaza de Armas —aquella en honor del prócer Marqués— el aire está cargado de un silencio hostil; las campanas, que antes marcaban el ritmo de la ciudad, ahora callan o doblan con un tono de luto que crispa los nervios, los negocios que alumbraban el matinal de las casonas queretanas y hacía que las abuelas de las familias —que no rebasaban los cuarenta y cinco años— salieran a su acostumbrada misa, ahora languidece por no encontrar alma alguna en las polvorientas callejuelas de altas banquetas.

Arteaga llama a su secretario particular y hombre de confianza, don Manuel Reyes, un abogado letrado que ha visto cómo los ideales de la Reforma se estrellan contra la realidad de un erario vacío y una sociedad convulsa, la exclaustración ahora solo trae remembranza y un pueblo herido, en su corazón y espíritu.

El General Arteaga es un truhan militar que a base de condolencias y arbitrariedades ha llegado a su rango, hosco y majadero hace de las suyas, tiene un enemigo acérrimo que le ha dado varios dolores de cabeza: el general conservador Tomás Mejía, apodado por su ejército — y liberales— como ¡El Mesías!

—Acérquese, Manuel. Mire usted hacia la plaza. ¿Ve a esas mujeres de rebozo negro frente a los muros de esas arcadas de elegante mampostería? Seguro no rezan por nuestras almas, rezan por nuestra caída. Ahora sin templos a dónde ir, se paran en cualquier esquina entre ellas, y alzan sus manos al cielo. Me informan que en el mercado no quieren venderle ni un buey al ejército de la República. Nos miran como a sacrílegos, como a forajidos en nuestra propia tierra— le menciona mientras come un dulce de leche de la ciudad, por cierto, afamados.

—Es la triste verdad, Señor Gobernador. La ciudad es un mausoleo de adobe y resentimiento. Creímos que al abrir las puertas de los claustros entraría la luz del progreso, pero solo ha entrado el polvo de la incuria. Los bienes que nacionalizamos con tanto estruendo legal no son más que fincas en ruinas que nadie quiere comprar, pues temen el anatema de la Iglesia tanto como la bayoneta de los reaccionarios.

El gobernador Arteaga toma un respiro y mira un mapa de las posiciones en toda la comarca de Querétaro, barricadas por un lado hacia San Gregorio, otra más en relevante manufactura de cada elemento de caballería custodia la Alameda. Suspirando con pesadumbre — ¡Válgame Dios, Manuel! Qué amargo sabor deja el triunfo. Me duele reconocerlo, pero esta exclaustración ha sido un golpe de ciego, lo hicimos a lo puro pendejo. Queríamos herir el poder temporal del clero y terminamos hiriendo el alma de Querétaro. He visto los huertos de las monjas pisoteados, la gran huerta de San Francisco en ruinas, eran la hidalguía de esta ciudad y hoy son muladares. ¿Dónde está el dinero, Manuel? ¿Dónde está el oro que se decía guardaban las órdenes? En ocasiones miro al presidente Juárez y lo veo tan jodido, que me parece ya no es tan magnánimo cómo supusimos hace tiempo.

Don Manuel hace por recapacitar y ser cauto con sus palabras, sabe que los republicanos tienen a mote “meter hilo para sacar hebra” —No hay tal oro, General Gobernador. Lo que había era una economía basada en la fe que nosotros hemos quebrado sin tener con qué sustituirla. Los agiotistas de la capital se han quedado con lo poco de valor por una bicoca. Hemos dejado a cientos de mujeres monjas sin techo, lanzadas al desamparo, y eso el pueblo no nos lo perdonará ni en cien años. La tropa está descontenta y la plebe nos llama «chinacos sin Dios»

El gobernador militar tomo otro sorbo de su café mientras observa uno de los óleos que adornan su oficina, es una “Piedad” del barroco pintor Cabrera que hizo traer de las tallas franciscanas para adornar su despacho —¡Cuánto de arte está llena está ciudad don Manuel! Pero sin una moneda para cumplir con los recursos exigidos, el presidente Juárez me insiste en sacar más recursos a las personas, si pudiera convertir las piedras en oro ¡Con gusto cumpliría! — La nacionalización ha sido un festín para los lobos y una tragedia para la paz pública. Si hubiéramos procedido con mayor templanza, tal vez no tendríamos hoy a toda la ciudad conspirando en las sombras— dijo don Manuel.

—Es tarde para la mesura amigo. Ya hemos cruzado el Rubicón y el agua está teñida de sangre. Pero que conste en su memoria, amigo mío: este día confieso, con dolor, que la aplicación de estas leyes en Querétaro ha sido un error de cálculo que pagaremos con la guerra. Dios nos perdone si es que aún tiene oídos para los que vestimos esta casaca—.

Casa de la familia Olguín, ese mismo día.

Pero mientras la ciudad languidecía, vendo mendigar a frailes y monjas expulsadas, en el obrador de los Olguín el movimiento era de una urgencia febril, aunque silenciosa como un pecado de sacristía. Felipe Olguín, con la responsabilidad de un dulce imperio sobre sus hombros mozos, orquestaba la salida de los cargamentos hacia Soto la Marina.

¡Qué maña, señores! El oro de las Clarisas y los cálices de San Francisco no viajaban en cofres herrados, sino que iban «transubstanciados» en la más dulce de las mercancías. Eran diez carretas, ni una más ni una menos, cargadas con cajas de madera de pino donde los paletones de azúcar rojo, densos y pesados, ocultaban en su vientre el metal que debía financiar la resistencia en el extranjero.

Felipe, con el rostro curtido por el vapor de los cazos y la tensión de la vigilancia, revisaba cada eje y cada cincho. Él sabía que el Camino Real era un nido de víboras y que un paso en falso lo llevaría directo al paredón liberal.

Sin embargo, en la penumbra de la casona, la gratitud de los priores exclaustrados que ahora gozan de la hospitalidad de la familia, brillaba por su ausencia. Aquellos hombres de hábito, acostumbrados a que el mundo se moviera al ritmo del campanario, no entendían de logísticas ni de peligros de camino.

—¡Es una parsimonia intolerable, joven Olguín! —le espetó el Prior de los Carmelitas, arrinconándolo en el patio entre fardos de canela—. ¡Nuestras riquezas salen a cuentagotas mientras la República nos pisa los talones! Diez carretas son una limosna frente a la montaña de metal que aún duerme bajo sus pisos. ¿Por qué no envía veinte? ¿Por qué no treinta? ¡Parece que usted disfruta viendo cómo la Iglesia se desangra en la espera! —.

Felipe, que en ese momento ajustaba el doble fondo de una caja de dulces, ni siquiera se inmutó. La arrogancia de los clérigos, que lo trataban como a un simple mandadero de su propia fortuna, empezaba a agriarle el carácter más que el limón al almíbar —Padre —respondió Felipe, sin levantar la vista—, diez carretas pasan por un pedido de dulces para la guarnición del Norte; veinte carretas son un desfile que despierta hasta a los muertos de San Sebastián. Si ustedes quieren que su oro llegue a la costa de Soto la Marina y no al bolsillo de la república, han de aprender que, en este siglo, la paciencia es una virtud que no solo sirve para ganar el cielo, sino para salvar el pellejo.

Pero los frailes, enojados y temblorosos por la pérdida de su poderío, murmuraban en los pasillos, acusando al joven de tibieza, sin comprender que en esas diez carretas que crujían al salir por el portón, viajaba la única esperanza de una ciudad que se moría de hambre por fuera, mientras guardaba el tesoro del mundo por dentro.

¡Válgame la advocación de San Isidro Labrador, que, si los campos de Querétaro esperaban el rocío del cielo, los agricultores y rancheros aguardaban con más ansia el rocío de la plata conventual que ya no habría de caer!

Continuará…

Etiquetas: arteagaJuárezMiramónRepública

RelacionadoNoticias

Velan armas PAN y Morena

¿Decisión histórica del PAN?

20 marzo, 2026
Raymundo Riva Palacio

Los excesos de Samuel y Mariana

20 marzo, 2026
Los electores también son responsables

Las burlas y muecas de la historia

20 marzo, 2026
Sheinbaum: el golpe que viene

No puede llamar a la revocación

20 marzo, 2026
Siguiente noticia
Sheinbaum: el golpe que viene

No puede llamar a la revocación

 

 

 

Categorías

  • Andadores
  • aQROpolis
  • Cartón
  • Editoriales
  • Efectivo
  • En tiempo real
  • Fuego amigo
  • Fuente de El Marqués
  • Local
  • México
  • Planeta
  • Portada
  • Ráfagas
  • Roja

Enlaces Internos

  • Aviso de Privacidad
  • Aviso Legal
  • Contacto
  • Aviso de Privacidad
  • Aviso Legal
  • Contacto

© 2020 MEDIOS AQRÓPOLIS S.A. DE C.V. Todos los derechos reservados.

Sin resultados
Ver todos los resultados
  • Andadores
  • aQROpolis
  • Editoriales
  • Efectivo
  • En tiempo real
  • Local
  • México
  • Planeta
  • Ráfagas
  • Roja

© 2020 MEDIOS AQRÓPOLIS S.A. DE C.V. Todos los derechos reservados.

Este sitio web utiliza cookies. Al continuar utilizando este sitio web, usted está dando su consentimiento para el uso de cookies. Visite nuestra Política de privacidad y cookies.