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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
13 marzo, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
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¡Válgame la protección de la Vera Cruz y el escapulario de la Virgen del Carmen, que, si las monjas resultaron ser hijas de la ingeniería de Pedro de Alarcón, los frailes carmelitas eran gatos de tejado viejo, curtidos en mil batallas de sacristía y alcoba!

No bien se hubo secado el Capitán Antípides el lodo de las alcantarillas de las Capuchinas, cuando la bilis le subió al gaznate con el sabor amargo de la humillación. Allí, frente al espejo empañado de la casa de los Olguín, se miraba las ojeras de trasnochado y juraba por sus galones que, si las mujeres le habían ganado la partida con agua y sombras, a los hombres los sacaría por la barba, aunque tuviera que incendiar el mismísimo cielo de Querétaro.

—¡Sargento! —rugió, derramando el chocolate que una criada temblorosa le servía—. Deje de lamerse las heridas de los abrojos. Reúna a la tropa. Hoy no vamos por dotes de monjas ni por suspiros de monjitas. Hoy vamos al convento de El Carmen. ¡Quiero a esos carmelitas descalzos corriendo por la calle del atolladero antes de que el sol llegue al cenit!

El 20 de enero de 1861, la ciudad despertó con un redoble de tambores que no anunciaba fiesta, sino desahucio. Sóstenes Antípides, montado en un caballo flaco que parecía compartir su mal humor, llegó a las puertas de la gran muralla de rejas que rodea al templo carmelita. Estaba furioso. La resistencia de las mujeres lo había dejado en ridículo ante el mando superior, y necesitaba una victoria rápida, una exclaustración «a la brava» para limpiar su honor manchado de cieno.

—¡Abran en nombre de la Ley de Reforma! —gritó el Capitán, golpeando el pesado portón de madera con la empuñadura de su sable—. ¡Salgan de sus madrigueras, cuervos de hábito, que la nación reclama su casa!— Pero el silencio fue su única respuesta. Un silencio espeso, de ese que se masca en los campos santos. Antípides, recordando las trampas de las Capuchinas, no quiso entrar por pies propios.

—¡Echen abajo la puerta!— ordenó.

Con un estruendo que hizo saltar las palomas de la torre, el portón cedió. La tropa entró a bayoneta calada, esperando encontrar el mismo laberinto de horrores que en el convento femenino. Pero los carmelitas, ¡ah, pícaros hijos de Santa Teresa!, tenían otra estrategia. No había fozos ni estacas, sino una desolación absoluta.

Antípides corrió hacia las celdas de la planta alta. Entraba a patadas en los aposentos, esperando sorprender a los frailes escondiendo onzas de oro o cálices de plata. Pero lo que halló le encendió más la sangre: las celdas estaban vacías de hombres, pero llenas de desprecio. En cada jergón, los religiosos habían dejado sus hábitos viejos rellenos de paja, dispuestos de tal modo que, en la penumbra, parecían monjes rezando de rodillas.

—¡Malditos sean! —gritaba Antípides, acuchillando a un «fraile» de paja que le devolvió una nube de polvo en la cara—. ¡Se burlan de la autoridad! ¡Busquen en la cocina, en la biblioteca, en las letrinas!

Fue en el refectorio donde finalmente los cercaron. Allí estaban los dieciocho hermanos carmelitas, sentados a la mesa como si esperaran el almuerzo, con el Prior a la cabeza. No estaban rezando; estaban leyendo en voz alta las sentencias de excomunión para los que hollaran el sagrado recinto —¡Fuera de aquí! —gritó Antípides, agarrando al Prior por el escapulario—. ¡Tienen diez minutos para salir con lo puesto! ¡La ley no espera a que terminen su lectura!

—La ley del hombre es un soplo de viento en el desierto, Capitán —respondió el Prior con una calma que hizo que a Antípides le temblara el párpado—. Llévese las piedras, quédese con los muros. Pero sepa que el alma de este convento se va con nosotros, y usted se queda solo en una cáscara vacía—.

La escena fue de una crueldad que hizo llorar a las beatas que se asomaban por las esquinas. Los soldados, urgidos por las órdenes de un Antípides que veía fantasmas en cada sombra, empezaron a empujar a los ancianos religiosos. Un fraile de ochenta años, ciego de un ojo por tanto estudiar códices, fue sacado a rastras mientras intentaba salvar un misal. Sus pies descalzos golpeaban las piedras del patio, las mismas que él había barrido con humildad durante medio siglo.

—¡Rápido, que no tenemos todo el día! —chillaba el Capitán, empujando a los religiosos hacia la calle.

Al salir a la plaza, Antípides ordenó cerrar las puertas y poner el sello del gobierno. Se sintió triunfante por un segundo, viendo a los frailes agrupados en la acera, despojados de todo, bajo el frío enero queretano. Pero entonces, el Prior se dio la vuelta, se quitó las sandalias y, ante la mirada atónita de la tropa, sacudió el polvo de sus pies contra el umbral del convento —Ni el polvo de esta casa nos llevamos, para que pese más sobre vuestras conciencias —sentenció el religioso.

Antípides quiso reír, quiso mostrarse superior, pero al mirar hacia las ventanas del convento ahora desierto, sintió un escalofrío. El sol de mediodía no lograba calentar el edificio. Se dio cuenta de que, aunque había logrado «correr» a los hombres, el miedo que le habían sembrado las monjas la noche anterior se había vuelto una sombra permanente en su juicio. Tenía el edificio, sí; pero las paredes parecían cerrarse sobre él, y el olor a incienso rancio del Carmen se le pegó a la casaca como si fuera el perfume de su propia sepultura.

¡Válgame la advocación de San Dimas, el buen ladrón, que, si Antípides esperaba encontrar las minas del Rey Salomón tras los muros del Carmen, el chasco que se llevó fue de los que hacen época y escuela de desengaños! Apenas el último de los carmelitas hubo sacudido el polvo de sus sandalias en el umbral, el Capitán, poseído por una fiebre de rapiña que le hacía temblar hasta el bigote, dio la orden de «fuego libre» sobre los candados de la sacristía.

—¡No dejen un ladrillo sin tantear, sargento! —rugía Antípides, mientras se secaba el sudor frío con un pañuelo de seda que le había arrebatado a un clérigo—. Esos frailes tienen más mañas que un arriero de la Sierra Gorda. El oro no camina, ¡se esconde!

Los soldados, cual horda de langostas en campo de trigo, se lanzaron sobre los cajones de cedro y las alacenas de nogal. Pero, ¡ay, lector!, que la realidad es más amarga que la hiel cuando se busca el brillo del metal y se halla la ceniza de la fe. He aquí lo que aquellos infelices sacaron a la luz.

En la gran cómoda de la sacristía, donde esperaban hallar copones de oro macizo cuajados de esmeraldas, solo encontraron hileras de vasos de estaño y madera de ciruelo. Los carmelitas, previendo la tormenta de la Reforma, habían enviado los vasos sagrados a fundirse o a esconderse en los pozos de las familias leales meses atrás… en la casa de los Olguín.

Al derribar la puerta de la librería, un soldado gritó al ver unos bultos forrados en cuero. —¡Aquí está la plata! —vociferó. Pero al rasgar las cubiertas con la bayoneta, solo brotaron legajos amarillentos de teología mística y sermones en latín que a la tropa le servían para poco más que para encender sus cigarros de hoja.

En un nicho secreto tras el altar mayor, Antípides mismo encontró un cofre de hierro con tres llaves. Sudando de avaricia, lo hizo reventar con un hachazo. ¿Y qué halló dentro? ¿Perlas de la Virgen? ¿Doblones de Carlos IV? ¡Nada de eso! Un trozo de hueso renegrido envuelto en terciopelo viejo, con una etiqueta que decía: «Reliquia de un dedo de San Juan de la Cruz».

—¡Huesos! —bramó el Capitán, lanzando el cofre contra el suelo—. ¡Me dan huesos cuando yo busco el sustento de la República! — Desesperado, Antípides recordó los rumores de las Capuchinas: el oro viajaba por los sótanos. Bajaron a las criptas, donde el aire era tan denso que las antorchas agonizaban. Allí, tras una lápida que parecía recién removida, los soldados encontraron lo que creyeron el «Tesoro Mayor»: seis cajas de madera pesada, selladas con cera roja —¡Por fin! —susurró el Sargento, frotándose las manos—. Esto pesa como el pecado mismo.

Con las puntas de los sables, violaron las tapas. Pero no hubo destello amarillo. Lo que encontraron fueron cientos de libras de cera virgen, velas de altar y rollos de cordón de cáñamo. Los frailes habían escondido su «lujo» más preciado para la liturgia, dejando el metal para mejor ocasión.

Lo único de valor material que el Capitán pudo rescatar fue una pesada lámpara de plata que colgaba del presbiterio, pero al intentar bajarla, la cadena —carcomida por el tiempo o por un milagro de última hora— se rompió, dejando caer el artefacto sobre la cabeza de un cabo, que quedó allí mismo listo para que el Prior le diera la extremaunción.

Al caer la tarde, el botín de Antípides cabía en un costal de harina: Un par de candeleros de plata baja, abollados por la caída. Un incensario de bronce que olía a siglos de oración. Y el odio eterno de un pueblo que vio cómo los soldados salían del convento cargando no con riquezas, sino con la vergüenza de haber profanado una casa para encontrar tan solo polvo y desengaño.

El capitán sentado en un banco del coro, miraba sus manos vacías. La «mano de la Condesa de Miravalle» en las Capuchinas lo había asustado, pero la «pobreza de los Carmelitas» lo estaba matando de rabia. Aquel 20 de enero, el Capitán comprendió que los clérigos de Querétaro eran más ricos en secretos que en caudales.

Casa de la familia Olguín, ese mismo día por la noche.

¡Qué tiempos estos, lector amigo, en que la codicia de los santos varones alcanza niveles de verdadera industria! Ya concurrían a la casona varios de aquellos religiosos exclaustrados —esos que otrora dictaban cátedra en órdenes y congregaciones—, movidos por una urgencia que nada tenía de celestial. El propósito no era salvar almas, sino indagar con precisión matemática hacia qué rumbos del Camino Real, y a qué distancia, se hallaban las carretas cargadas de golosinas. ¡Oh, la fe!, que mueve montañas, pero que, tratándose de metálico, prefiere mover doblones bajo el doble fondo de las cajas de dulce.

Si bien los hijos de San Francisco fueron los primeros en aligerar el peso de sus arcas enviando fortunas hacia Tamaulipas, ahora las monjas y sus patronatos, en un despliegue de sagacidad financiera, han resuelto que los metales deben tomar el camino del Norte, para hallar refugio en tierras americanas.

Mientras el infausto padre languidecía encarcelado por orden del capitán Sóstenes Antípides, el joven Felipe Olguín, nuestro dulcero, fingía serenidad ante la clerecía que se hospedaba en la casona. Mas no bastaba con el tráfico clandestino: el patronato de las Clarisas, las Capuchinas y las beatas de Santa Rosa de Viterbo exigían, en su altanería, carruajes de lujo. No sea que la prosapia y la alcurnia de las jóvenes novicias sufrieran los rigores de un camino común al retornar a sus casas.

Olguín, con la astucia propia del pícaro, había sorteado los embates de los soldados republicanos. Aquellos patriotas, creyendo que los cargamentos eran manjares para gobernadores y mandos militares, respetaban las carretas. Pero, ¡ay!, mover diez carretas por viaje es tentar demasiado a la fortuna y a la suspicacia.

—Dígame, joven Olguín —inquiriere el prior de los Carmelitas con esa mirada que solo da el hábito—, ¿cuánto tardan sus caramelos en ocultar los pilotes de oro y plata? Esos que, fundidos en círculos, fingen ser inofensivos paletones de rojo azúcar. Dese prisa, que se avecina una guerra sin cuartel para recuperar lo que las exclaustraciones no pudieron arrebatar—.

El joven Felipe, con la arrogancia que da el éxito del negociante y sabiéndose dueño de aquel ingenio, apenas soltó una carcajada disimulada.

—Eso está resuelto, vuestras excelencias —respondió con desparpajo—. No me quitan el sueño las carretas, pues decenas tengo dispuestas. Lo que me ocupa, y es menester que ustedes mediten, es la confianza que depositan en aquellos que custodian los lingotes en Soto la Marina. Que no es lo mismo comulgar con santos que confiar el oro a los hombres—. Hizo dudar a las excelencias.

El Prior no se inmutó; su rostro era una máscara de piedra que habría hecho temblar a cualquier inquisidor. Se puso en pie, haciendo que el hábito le rozara los pies con un leve crujido. Se acercó a Felipe y, con un movimiento lento, le puso una mano sobre el hombro, con la firmeza de quien reclama una deuda sagrada.

—Joven Olguín —dijo el Prior, con una voz que parecía venir de las profundidades de un confesionario—. Usted confunde la astucia de su oficio con la sabiduría de los siglos. ¿Cree que no sabemos con qué clase de almas tratamos en Soto la Marina? No son hombres de oración, es cierto, pero son hombres de palabra jurada ante el miedo a la condenación eterna. El oro es metal frío; la conciencia del hombre, en cambio, es un terreno que nosotros sabemos labrar mejor que nadie. Usted oculta el tesoro en azúcar; nosotros lo hemos ocultado en el temor de quienes lo custodian. No se preocupe por el metal, ocúpese de que sus carretas tengan las ruedas bien engrasadas—.

Felipe soltó una carcajada, se ajustó los puños con suficiencia y los retó con la mirada, inmóvil.

—Padre, con todo respeto: las almas son su jurisdicción, los doblones son la mía. Y no se equivoque, que en esta tierra Dios perdona a los pecadores, pero la ambición no perdona a nadie. Y a un hombre sin su parte del botín, no lo salva ni el rezo más largo.

Continuará…

Etiquetas: capitanLey de ReformaPedro de Alarcónvirgen

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