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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
9 enero, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
208
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El invierno de 1857 trajo a Veracruz el Norte más violento de los que se tenga memoria. Vientos de fuerza desmedida arrancaron las palmeras de las negras playas, destrozaron casas y desbordaron los ríos que alimentan el Golfo. Bajo esa misma atmósfera de tempestad, protegidos por la sombra del Plan de Tacubaya, el general Félix María Zuloaga y un vacilante Ignacio Comonfort De Los Ríos desconocieron la Constitución que ellos mismos habían jurado. Para los conservadores, la carta magna del 5 de febrero era un sacrilegio: al prohibir el cobro del diezmo, el Estado no solo golpeaba las arcas de la Iglesia, sino el orden divino que había regido a México por siglos.

Así se trazó la línea de ideologías y tradiciones que partió al país en dos. De un lado, los liberales, encabezados por la férrea voluntad de Benito Juárez, José Nemesio Francisco Degollado Sánchez y Jesús González Ortega, quienes buscaban en el apoyo de Estados Unidos con préstamos monetarios el contrapeso para su causa. Del otro, los conservadores de José Tomás Mejía Camacho, Miguel Miramón y Tarelo y Leonardo Márquez Araujo—, que empuñaron las armas para defender la fe católica, los fueros militares y el respaldo de la corona de España y todos los obispos de México—.

En 1859, bajo los ideales de la masonería y el Rito Nacional Mexicano, ante la urgencia de una guerra para solventar los préstamos a los norteamericanos Benito Juárez lanzó desde el puerto de Veracruz un golpe con tinta: las Leyes de Reforma. Con un plumazo nacionalizó los bienes eclesiásticos, arrebatando a la Iglesia el control de los umbrales de la vida y la muerte: los nacimientos y las defunciones. El matrimonio dejó de ser un sacramento ante Dios para volverse un contrato ante la ley; los registros de identidad pasaron al Estado y, por primera vez, el cielo mexicano se abrió a la libertad de profesar otras religiones.

Juárez cortó de tajo el flujo de plata que alimentaba al ejército conservador. El 11 de agosto de ese año, la tensión estalló con la Ley de Exclaustración. Ante la sospecha de que la lealtad del clero pertenecía al Papa Pío IX y no al presidente, se dio la orden fulminante: los religiosos fueron expulsados de sus santuarios, conventos, haciendas y seminarios. Además que las cofradías y hermandades se volvieron un delito, por asociarse en contra de la República.

¡México dejó de ser visto por los ojos del creador!

Capítulo I

Querétaro, 12 de diciembre de 1860.

Una carreta rompe, con su delicado vaivén, el silencio que hace estragos por la mañana; las pequeñas campanillas que anuncian la llegada de la leche bronca a la calle de la Gran Palma despiertan a todos en la gran casona. Es el momento de recibir la provisión para llenar los grandes cuencos de cobre, las bodegas y los ahumados secadores donde galones enteros del blanquecino líquido vacuno hacen pesada la labor de hervirlo. Los carretones que traen las arpillas de durazno, membrillo, guayabas, piñones, nueces y vainas de vainilla dotan al lugar de un aroma de elíxires, recordando los lustrosos dulces de frutas cristalizadas que, entre rejillas de mosquiteros horizontales, resuenan gota a gota ante el zumbido de las abejas que merodean; mas no logran estas alcanzarlas por lo ingenioso de las cajas que, permitiendo la ventilación, resultan inalcanzables para las amarillas amigas.

El obrador de dulces de la ciudad es uno de los más antiguos; al día se despachan cientos de pedidos que se llevan a toda la República a lomo de mula y en carrozas de productos. Salen estos por todo el Camino Real, siendo la Ciudad de México la que más consume; pero en el tránsito hacia el llamado San Luis del Camino Real del Potosí también se quedan algunos, y a veces la carreta ha de regresar al habérseles terminado las viandas.

Grandes caballerizas cumplen la labor de proteger a todas las bestias de carga; las personas encargadas de su cuidado siempre los mantienen «al tiro», pues son la parte fundamental de la operación. Un caballo puede tirar de una carreta con varios barriles de cajeta quemada y almíbares de durazno, pera y fresas, llevando también infinidad de obleas rellenas de cajeta envinada con ron, así como el producto especial de todo el obrador: ¡las frutas cristalizadas! Piñas, naranjas, limones, higos, biznaga, peras, mandarinas y los garapiñados de nueces, piñones y cacahuates. Cada carreta transporta una fortuna de dulces a sus destinatarios, valiendo aproximadamente unos veinte duros de oro cada una. Al día salía más de una docena de ellas a repartir el producto.

De la variedad que diariamente el obrador manufacturaba, una cuarta parte se reservaba para la venta al menudeo en un pequeñito local de nombre El Pavo Real, que daba al muro frontal del conjunto franciscano: una gran muralla que rodeaba toda la ciudad religiosa. Dentro se lograban observar el convento, el templo, el camposanto y cuatro capillas anexas que gozaban de gran fama y fortuna; además de todas las casas de claustro de los frailes y las grandes huertas de frutos que, al paso del tiempo, terminaron por ser también comercializadas al gran obrador de dulces.

Ya no influía el mes del año que fuera; las frutas en conserva dentro de lustrosos frascos de cristal podían durar varias temporadas sin perder el sabor ni la consistencia. Aprovechando todo el personal con el que contaban, los encurtidos de verduras y chiles también eran realizados en grandes cantidades; ¡y qué decir de los jamones ahumados, que eran famosos por toda la región! Fue, por mucho, el mejor negocio en décadas por estos lugares, viniendo inclusive extranjeros a probar estas delicias.

El dueño y encargado de toda la dinámica sobre la que se construía esta productiva actividad era el dulcero Felipe Olguín, quien heredó de sus padres este gran obrador, siendo el responsable total de la producción. Su padre quedó ciego —«de tanto comer azúcar, dicen»— y su madre aún vive, más se dedica por entero a cuidar a su esposo. Felipe tuvo diecisiete hermanas; ¡solo él fue el varón! Así que, desde muy niño, su labor fue el noble oficio de realizar el dulce.

La gran casona en la que nacieron todas sus hermanas siempre ha sido el obrador mismo; cada cuarto se utilizaba para almacenar montañas de frutas que después serían cristalizadas o envasadas en almíbares, labor que Felipe conoce desde la infancia. Las hermanas fueron desarrollándose de la misma forma que el joven Felipe, de sólidos veinticuatro años. Habrá que decir que todas conocen las recetas de los dulces, rompopes y cajetas envinadas, además de las artes esenciales; pero Felipe es el único que ha podido salir de Querétaro, primero a buscar nuevos clientes y, segundo, a contratar el servicio de transporte, que al comienzo eran carretas de la familia, más ante el éxito se ha tenido que contratar servicios ajenos por la gran demanda de la Ciudad de México. A tal grado llegó la empresa, que se tuvo que adquirir una casa cercana al centro de la capital.

Dentro de tantas mujeres, unas le ayudan en el obrador, otras hacen las labores de lavar y cuidar los utensilios; otras preparan la comida para todo el personal —que a ojo de buen cubero serán unos doscientos— y otras más se dedican a «echar novio» porque están en la edad. Pero hay algo que se debe saber, pues no se tiene certeza de qué ocurre, pero desde hace ya algunos años ¡ninguna de las mujeres ha podido esposarse! Y pretendientes no han faltado, pues a ciencia cierta son de «buenos veres» y educadas formas; el problema casi siempre ha sido «los modos chuecos con los que se cargan», según dicen algunos pretensos.

María Cristina Olguín es la mayor de todos ellos —Felipe es el cuarto—; es una refinada mujer que a sus simples treinta y tantos opaca su juventud con canas y algunos modos severos. Es quien lleva las cuentas y se encarga de pagar a todos los trabajadores, excepto a las hermanas: —«Es su obligación ayudar en la casa, ¿por qué pagarles si todo sale del obrador? Tienen casa, comida y sustento; nada les falta»—. Es ella quien guarda los dineros y los administra; sobra decir que es la mejor en ello y se ha inventado un sistema donde asegura que «todos salimos ganando». Los trabajadores de todo el obrador, de la tienda frente a los franciscanos, cocheros, almacenistas, tenedores y personal eventual tienen su paga cada semana; pero esto solo si están confesados y comulgaron el domingo. Para asegurarse de ello les inquiere: —¿Qué dijo el padrecito? —. Si le contestan bien, les paga; si no lo hacen, ¡hasta la semana que entra! No les deja de pagar, pero se los acumula. Cada trabajador tiene una caja de ahorro —«Es para que no se gasten el dinero»— y cada fin de año se los regresa; si es mucho, siempre les alecciona: —No te lo gastes en burradas, Nabor; vete a casa y cómprale algo caro a tu señora—. Toda la ganancia del negocio se resguarda en los baúles de la gran casona; ahí no hay modo de que alguien robe. Grandes aldabones y candados hacen imposible penetrar; tan solo los muros, anchos como el largo de un brazo, la hacen el lugar ideal.

María Beatriz es la segunda de las hermanas, también ya pintando canas; ella decidió ser maestra de escuela, pero, por supuesto, al regresar de sus labores debe también ayudar en el obrador. Es la encargada de que todos los utensilios de madera estén en buen estado: grandes cucharas, pinolillos, palas, cernidores, abraza manos, yuntas para levantar los cazos de cobre hirviendo; en fin, que todo el material de carpintería esté en condiciones correctas. Se dice en la casa que el carpintero Juan la está pretendiendo, ¡mas no se ha comprobado nada!

Ana del Carmen es la tercera hermana y la encargada de que el azúcar y todos los frutos lleguen en la temporada precisa; nadie puede meter mano en ello. Como ella de niña se golpeó la cabeza al jugar con sus hermanas, no puede mover bien su mano izquierda; pero es lista y sabe cuándo los frutos están en su punto para comenzar el dulce. Nadie, sino ella, lleva el control de todo el obraje para vigilar las fechas de producción, una vez que su hermano Felipe le entrega la lista de los pedidos. Siendo siempre la prioridad la Ciudad de México y el Potosí, como dice la familia.

A pesar de que todo el día se trabaja en el obrador hasta que el sol se pone, solo se convive en la cena. En la casa se estila que, al despertar, todos desayunen un vaso de leche bronca y una «concha» —desde que lo probé por primera vez solo prefiero este pan—exclama la menor de todas; rápido esta familia obtuvo la receta y la reprodujo para el desayuno. Para el almuerzo, a media mañana, se comen frijoles con telera y salsa roja molcajeteada. Para la comida, a las cuatro de la tarde, entran todos con los obradores a los comedores y se sirve arroz, carne de cerdo en salsa roja o verde, según el día, frijoles y postre, ¡claro está!: dulce de leche y piñón. Para las seis de la tarde se sirve una cena, cuando ya los trabajadores partieron a sus hogares; se sirve carne de res con frijoles y papas comúnmente. Aquí es donde Mamá, Papá con su bastón y las diecisiete hermanas conviven; Felipe es quien mayormente impone el orden.

—Lucha, por favor, tráenos el pan y las servilletas. —Ahí va, ahí va… —El servicio con la merienda llega por raciones ya servidas: ¡en una montaña de comida por plato! No hay servidumbre; con tantas personas, ¡todos ayudan! Excepto Felipe y Papá; ellos no se molestan, pues las hermanas les sirven.

—Dinos, Chata —soltó Felipe, señalándola con el índice mientras el viejo Don Felipe asentía a ciegas—, ¿es cierto que te vieron de la mano con el carpintero? — Don Felipe es un bonachón de primera; aunque no ve, su humor no se ha vencido. Gruesos bigotes canos muestran lo amarillento de su gusto por el tabaco. —Déjala, no la molestes; tú ya deberías buscarte una novia, andas muy ajetreado y una buena mujer te bajaría esos malos modos. —¡No necesito naguas para que me anden siguiendo por toda la casa! Así estoy bien—.

Mamá es Doña Concepción, una queretana de cepa, celosa con su único hijo y exigente a más no poder con los pretensos de sus hijas. ¡No hay en toda la comarca varón digno para ellas! Experta en ahuyentar a los galanes con la idea de: «¿Quién nos cuidará cuando viejos?», dejaba marchar al mejor. La cena fluye entre risas de pequeños chistes y el de tratar de esconder comida para después de la merienda por la noche seguir comiendo —Busquen un esposo responsable —sentenció Doña Conchita, mientras servía la sopa con una precisión que parecía castigo—, pero que esté guapo, alto y de ojos claros. Siquiera para que valga la pena el disgusto. —Pero Mamá, de esos nunca los vamos a encontrar aquí; y luego, rodeadas de puros trabajadores de Papá y Felipe… Esperamos con ansia que pase por aquí algún ejército y nos traigan capitanes de otro lugar, ¡siquiera para conocer! No salimos de la misa pa´ la casa, ni de la casa pa´ la misa… Ya parecemos monjas— Todas soltaron la risa ante las ocurrencias de María Luisa, quien es de las jovencitas y no pasa de los trece años.

La cena corría en la gran mesa con sillas donde nadie se sienta como debería ser, pero así se acostumbra, cuando sólidos toquidos del aldabón con rostro de caballero águila se dejaron oír… —Anda, Felipe, ve a ver quién molesta a estas horas y con tales golpes — Se dirigió al portón y, antes de abrir la pequeña puerta de acceso, abrió la ventanilla de aviso: —¿Quién es? —¡Felipe, abre! —el grito de Manuel cortó la risa de María Luisa—. Están sacando a los padres. Es un desorden. ¡Muévete!» — Abrió el acceso y lo invitó al comedor donde ya todos estaban recogiendo. Saludó Manuel a Don Felipe y a Doña Conchita: —Buenas noches—. Se dirigió luego a todas las hermanas, provocando un codeo entre ellas, risas pícaras y burlas a las menores, como sugiriendo que a alguna le agradaba el joven Manuel. —Señor Don Felipe, me manda mi papá para ver si ya se dio cuenta de lo que pasa en la ciudad. Es todo un desorden; están sacando a los padrecitos y a los seminaristas de sus conventos. ¡Son militares de los liberales! No están respetando a nadie; les pegan y los avientan a la calle. A las clarisas las están sacando con sus cosas y catres; les quitan las joyas y las monedas que traen. Vimos cómo les pegan muy feo y algunos soldados les faltan al respeto tocándolas y abrazándolas…

—¡Dios mío! —exclamaron todas. El asombro de Don Felipe hizo que se pusiera en pie. —Vamos, Felipe, anda; llévame con el capitán de la guardia, que es mi amigo, acaso podamos hacer algo por ellos. ¡Qué desgracia! — Asió su bastón y caminó de memoria los pasos de su gran casona. Abrieron el portón y sacaron una de las carretas del obrador, dirigida por Felipe; al lado su gran amigo Manuel y Don Felipe donde se colocan las cajas. Enfilaron hacia la calle de los Cinco Señores, frente a la entrada de la gran muralla franciscana… ¡Todo era un caos! Soldados tomaban de sus hábitos a los religiosos y los arrojaban a la calle; los pateaban y comenzaban a encender antorchas para quemar todo lo almacenado en el gran patio. Mientras tanto, observan que desde adentro hay explosiones y también queman grandes tapetes, lienzos y parte de lo poco que quedó de arte barroco dentro de los templos. Personas liberales, como la familia Arteaga, saquean las capillas de Nuestra Señora de la Virgen de Loreto, la más ataviada y enjoyada de los templos.

Sacaron a unos noventa frailes franciscanos de la gran ciudadela; en sus hábitos les escupían y pateaban, mientras ellos solo se abrazaban entre sí. Les permitieron apenas un pequeño morral con un poco de carne seca y sus libros de oración. Cuando tomaron al hermano fraile mayor de todos ellos, un hombre cano de barbas prolijas, lo golpearon hasta que vomitó sangre; un ojo severamente lastimado sale de su cuenca mientras él intenta rezar: —…toma mi sufrimiento, mi Dios; tómalo por estas personas, te lo ofrezco…—

Continuará…

Etiquetas: marquezMejiaMiramónqueretaro

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