Marx Arriaga, funcionario menor en la Secretaría de Educación Pública, pero con una relevancia superior al cargo al haber sido la cabeza visible de los controvertidos nuevos Libros de Texto Gratuitos, sigue en rebeldía, negándose a aceptar que lo cesaron de manera sumaria y pensando que todo se trata de una conspiración del neoliberalismo injertado en la cuatroté para dar reversa a su proyecto doctrinario. Le ofrecieron ser embajador en Cuba o Venezuela, pero rechazó la propuesta. Arriaga no entiende lo que sucedió porque vive en un mundo endogámico.
No lo estaban exiliando, sino ofreciéndole un puente de plata como reconocimiento a sus aportaciones, muy útiles para el relato del obradorismo, aunque criticadas severamente por la pobreza pedagógica. No era castigo, sino una beca para que siguiera viviendo en su cosmogonía. Su salida no tiene que ver con la contaminación tóxica que ve en el movimiento, sino porque era una pieza desechable en una coyuntura delicada que requería decisiones para evitar que ese movimiento empiece a colapsarse en las elecciones intermedias del próximo año.
Sin saberlo, se convirtió en objeto de trueque por la evolución de una actitud irracional, iniciar una insurrección dentro de la SEP, acusando de traidor al secretario Mario Delgado, por querer modificar los Nuevos Libros de Texto, imputación que, por inercia, se ampliaba a todo el gobierno federal. Delgado confirmó que su salida era por el rechazo a cualquier modificación, que es una narrativa que fácilmente se entiende afuera de los pasillos palaciegos, pero que esconde el fondo del movimiento.
La rebelión de Arriaga iba creciendo, pero en Palacio Nacional lo toleraron. No importaba mucho el desgaste de Delgado frente a un funcionario que desde que inició el proceso revisionista de los Nuevos Libros de Texto, que pomposamente llamaron “la Nueva Escuela Mexicana”, contó con el respaldo incondicional de Beatriz Gutiérrez Müller, que fue esposa del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Su salida no rectificará lo que hicieron, como ya confirmó la presidenta Claudia Sheinbaum, porque los Libros no eran la razón de la decisión, sino un quid pro quo estratégico, donde Arriaga fue la ficha de cambio. Lo que se modificó en el periodo en que inició la disrupción interna y este fin de semana, fue la realidad política.
En los últimos días, con los datos electorales en la mano, se tomó una decisión que no se socializará públicamente, pero operará de facto. Delgado se convertirá en el presidente de Morena, sin cartera ni anuncios, para poder reorganizar la estrategia electoral y evitar que, como en este momento apuntan los análisis electorales del régimen, se pierda la mayoría calificada en las elecciones legislativas del próximo año, y caigan varias gubernaturas. La petición que hizo Delgado para aceptar esa tarea, fue que le autorizaran cesar a Arriaga. No hubo duda ni problema.
La rebelión de Arriaga no había sido un mero arrebato personal ni un exabrupto burocrático. Era la expresión más acabada de una disputa ideológica que el lopezobradorismo dejó sembrada en la SEP: la educación como campo de batalla cultural. No era algo menor. Es el corazón del proyecto. Arriaga, arquitecto de los Nuevos Libros de Texto, compartía la convicción que el poder no sólo se ejerce desde el presupuesto o la política social, sino desde el relato. Y los libros, más allá de sus omisiones, reinterpretaciones históricas y pedagogía militante, fueron el vehículo. No era para mejorar el aprendizaje, donde México sigue rezagado, sino para moldear conciencias.
Las mañaneras fueron la primera fórmula, pero los Libros se quedarían para cosechar lo sembrado. No era la primera vez que la educación mexicana se convertía en un laboratorio político, aunque pocas veces se había hecho con tanta franqueza doctrinaria. La paradoja de ello era cruel: en nombre de la emancipación crítica, se limitaba el pensamiento crítico; en nombre del pueblo, se homogeneizaba la pluralidad. Arriaga no era el problema de fondo. Era el síntoma.
La verdadera discusión era -y sigue siendo- si el Estado debe formar ciudadanos autónomos o militantes agradecidos, como está construyendo el obradorismo el nuevo orden social en México. Al mismo tiempo, el valor que aportaba Arriaga a la cuatroté se convirtió en un problema en la recalibración de la estrategia electoral. Su protagonismo insurrecto estaba exhibiendo otra tensión, la distancia entre el discurso transformador y la gobernabilidad real que parecían no ver en el régimen.
Esta alteración había pasado relativamente desapercibida porque en la cuatroté abundan los personajes que pelean más hacia el interior que con sus opositores políticos e ideológicos. Por ello, pese a estar a la vista de todos, los lances de Arriaga no causaban mayor preocupación interna, ni tampoco fueron el foco de los ajustes que están planeando con el desplazamiento del exfuncionario rebelde, que se convirtió en un obstáculo cuando la distancia entre el discurso transformador y la gobernabilidad real fue vista a través de las encuestas, que al reflejar el declive de la popularidad presidencial y de Morena, obligó al reacomodo de las piezas.
Los liderazgos de Morena no han funcionado para evitar una posible derrota el próximo año. A la presidenta de Morena, Luisa María Alcalde, le han llamado la atención varias veces en Palacio Nacional desde hace meses, por desatención en sus labores con distracciones personales, y el trabajo deficiente en el control y organización de la militancia, mientras que el secretario de Organización, Andrés Manuel López Beltrán, que se convirtió en un lastre para la imagen pública de la cuatroté por sus abusos empresariales y su poca discreción en sus viajes de lujo, está prácticamente en la clandestinidad, en algunos momentos por decisión personal, y en otros por recomendación presidencial, como lo fue su inasistencia al reciente Consejo Consultivo de Morena hace unos 10 días. La secretaria general, Carolina Rangel, que salió de la Ayudantía de López Obrador, es una figura ausente ante la opinión pública, y por lo que se sabe, de nula eficacia interna.
La llegada de facto de Delgado al partido parece una solución de emergencia en busca de cohesión y acción política-electoral. La salida de Arriaga era necesaria para acudir a quien mejor tenían a la mano, por lo que su actuar contra el elegido lo convirtió, quizás involuntariamente, en la mejor cortina de humo para este ajuste estratégico.
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