No dejaré de decir algo este 8 de marzo porque nos falta mucho para poder celebrar lo que no se ha podido conseguir en casi cien años de la postura libertaria por los derechos de las mujeres. Porque lo digo cada año: no celebro nada, no me feliciten que no tiene gracia ser mujer en un mundo donde lo que menos se valora es la vida nuestra; la evidencia son los miles de asesinatos y desapariciones de mujeres sin parar desde el siglo pasado.
El primer ataque a Irán me dice mucho de esa misoginia que priva en el mundo real, 85 niñas masacradas por una bomba lanzada por orden del pederasta y depredador que tiene en jaque al mundo.
¿Y entonces qué? Año tras año estamos igual o peor que antes. Me molestan las felicitaciones que abundan este día en que no puede haber felicidad cuando se sigue pisoteando al género femenino. Se felicita porque no hay ninguna conciencia sobre el estado real de muchas mujeres que viven al lado nuestro; mientras haya una mujer violentada no puedo ser completamente feliz. Y aquí abordaré varias cosas que me interesan sobre las mujeres, porque soy una de muchas, tengo una hija y varias hermanas, me parió una mujer muy bella de la época en que las mujeres no necesitaban cirugías ni ácido hialurónico para detener el tiempo, para complacer el deseo del macho que quiere dormir con Miss Universo; déjense de tonterías y consérvense auténticas, eso hace muy atractiva a una mujer y probablemente es verdad, según ¿quién? No lo sé. Hoy sabemos mucho sobre lo que se oculta tras una cirugía estética o un cuerpo perfecto, y que nuestro patrón estético nos lo heredó la cultura helénica en hibridación con los códigos de belleza que cruzaron el Mediterráneo desde tierras del norte de África.
El problema de lograr detener el inexorable efecto del tiempo sobre nuestros cuerpos ha rebasado toda lógica médica y se conocen bien los múltiples casos de mujeres que han ido a la muerte temprana por someterse al dominio de la charlatanería y el embuste de pseudocirujanos plásticos y otros tantos tratamientos que han dejado secuelas en el cuerpo y rostro irreconocibles.
El asunto se ha vuelto preocupante para la salud pública y afecta sobre todo a las mujeres quienes al paso del tiempo y en estos de las redes sociales las presiones emocionales les afectan tanto a feministas como a las que no lo son. Sobre las mujeres ha pesado desde hace siglos la lápida de la belleza con parámetros de exigencias imposibles de cumplirse siempre.
Toda esta argumentación sobre la belleza y el cuerpo me remite a pensar en la belleza y el cuerpo de las luminarias de la llamada Época de Oro del cine nacional entre las que se cuenta a Silvia Pinal, María Félix, Miroslava, Estela Inda, Yolanda Varela y muchas más, y entre las que destacó Ana Luisa Peluffo por ser orgullosamente la primera “encueratriz” del cine nacional. Todas naturalmente bellísimas, sin cirugías plásticas o arreglos de otra índole que se han vuelto el pan cotidiano de miles de mujeres y hombres obsesionados, por encima de todo, por la eterna juventud y luego todo lo que se le ha adherido como secuelas: la belleza, la inconformidad con el cuerpo, en mi concepto, la más hermosa y completa creación de la naturaleza y por último, la salud.
Ana Luisa Peluffo (1929-2026) a quien quiero homenajear por mujer audaz, queretana de nacimiento por azares del destino, hermosa como la que más, aunó a ello la elegancia y la distinción al más puro estilo occidental. Mantuvo siempre una forma de ser distante y discreta, aunque su paso por la pantalla grande haya quedado como una impronta indeleble por su audacia en un desnudo en La fuerza del deseo (1955) que significó tanto para la sociedad mexicana de mediados de los 50. Aquel desnudo estático de apenas unos segundos coadyuvó al desmoronamiento de los prejuicios morales de la sociedad más conservadora de aquel tiempo. En múltiples ocasiones se le preguntó y cuestionó sobre aquel rol y con gran sencillez su respuesta fue que, al aceptar aquel papel no había dimensionado lo que implicaba y llegado el momento no hizo más que lo que estaba escrito en el guion. Luego de la toma, los compañeros y técnicos cubrieron su torso que era todo lo que aparecía al descubierto.
Al año siguiente la sensualidad francesa hecha mujer en Brigitte Bardot cimbró las salas de cine a las que asistía mi padre quien me contó los suspiros que arrancó con su sinuosidad de una sombra chinesca detrás de una sábana que se volvió, desde entonces en un sex-symbol en Et Dieu crea la femme (Vadim, 1956). Retomo la figura de la Peluffo como un paradigma de lo que puede hacer una mujer en un segundo si se decide a ser lo que es y Ana Luisa era una actriz consumada y como actores y actoras de la vida si toca, toca.
En el cine europeo un desnudo integral de Hedy Lamarr había quedado en una placa de 1933 sin embargo, en el contexto de una sociedad católica el desnudo era impensable en el México de los 50 años -tan lejanos de las esculturas desnudas del Renacimiento- y en que temas como la pobreza y la indigencia habían sido una afrenta para la liga de la decencia cuando se estrenó Los Olvidados (1950) de Luis Buñuel.
Nos ha tocado a las mujeres vivir un siglo que parece caminar hacia atrás porque lo que planteó el feminismo en el siglo pasado hace apenas 50 años se ha desdibujado en medio de lo que llamaría una turbulencia, la más violenta que hayamos conocido.
Sin esas mujeres que fueron etiquetadas como lo peor, y que han sido olvidadas por el feminismo tampoco habríamos avanzado a lo que somos hoy: una sociedad con menos prejuicios genéricos. Sin Sor Juana, sin Frida, sin Evangelina Corona y el sindicato de las costureras 19 de septiembre, sin Julieta Fierro, sin Nahui Ollin, sin Antonieta Rivas Mercado y Rosario Castellanos y las madres buscadoras, y todas las que fueron el domingo a la marcha del 8M, no estaríamos aquí.






