15 de agosto de 1863
Cosa poco vista en los fastos de esta muy noble y leal ciudad, antes celebrada por sus verdes frescores, es la prontitud con que ha mudado la fortuna de sus habitantes. Ello se debe, sin duda, a la providencial llegada de las huestes conservadoras y de su flamante prefecto, el señor don José Tomás Mejía, varón expeditivo que con presteza militar ha puesto el orden debido, apostando a su gente en las encrucijadas y principales caminos que tributan a la ciudad.
Entró el dicho militar con aparato magnánimo y no pocas prevenciones, pues trajo consigo abundancia de víveres, granos y ganados para socorrer la miseria en que nos dejaron los señores liberales. Estos, al verse estrechados por los ejércitos de los franceses, no hallaron mejor arbitrio que poner pies en polvorosa, dejando desiertos e indefensos los mandos públicos, en patente muestra de su flaqueza.
No ha mucho tiempo que esta infeliz ciudad se vio afligida por la soldadesca de la reforma, cuyos individuos, trocando la disciplina por el desorden, se transformaron en salteadores de caminos y gavillas de cuatreros que asolaban a los caminantes. Mas, ¡milagro de la virgencita del Carmen!, al asomar las banderas de la conservación, desvaneciéronse aquellas plagas como el humo.
Ha renacido la quietud en los ánimos, es verdad; pero el curso de los sucesos nos obliga a detener la pluma para interrogarte, amado lector mío: ¿En qué paraje de estas tierras de violáceos atardeceres habrá quedado el pícaro de Sóstenes Antípides? No dudo que su astucia lo tenga a buen recaudo.
Trasladémonos ahora, si os place, a la morada de los señores Olguín, al declinar de la tarde.
Es esta una suntuosa y vasta casona, cuyos pesados portones exhiben aldabones de bronce con las facciones de los antiguos conquistadores de la tierra cuyo nombre no quiero acordarme. Da paso el zaguán a un soberbio arco que sirve de tránsito a caballos y carretas cargadas con sabrosas colaciones, cajetas y confites destinados a los mercados del Potosí.
En el obrador se trabaja a destajo; los peones bien saben que el comercio no admite demoras y que, no obstante, la prolongada ausencia del joven don Felipe Olguín, el negocio familiar exige constancia y sudor.
En los aposentos de la planta alta, las señoritas de la casa guardan con esmero una habitación bien dispuesta: sábanas de albo lino, canastos limpios de polvo y el agua de la tina templada con puntualidad. Allí se duele uno de los yernos de la familia, que busca reponerse de las pasadas borrascas.
Herido gravemente en un muslo, no cesa de manar sangre profusa; el dolor físico le ha trastornado el juicio y, aunque se le administran elíxires y específicos de la botica para adormecerlo, deshonra el silencio con desatinados gritos y quejas de difícil comprensión.
—¡Traedme una silla, andad, zopencas e indolentes! —clamaba con destemplada voz aquel infeliz—, que es menester ponerme a cubierto de los invasores.
Era el herido un capitán de la facción liberal, a quien la fortuna desamparó al defender el cuartel contra los conservadores. Viéndose perdido al caer la plaza, no halló más astuto recurso que mudar de ropaje, disimular sus galones y hacerse pasar por un pacífico vecino de esta ciudad, logrando el amparo de la familia gracias a la elocuencia de su consorte, la virtuosa doña Consuelo Olguín.
Cuando la patrulla del ejército triunfante inquirió a los moradores sobre la identidad del doliente, la familia, movida a por conveniencia, aseguró conocerle de antiguo, con lo cual los soldados se retiraron dejándolo en paz.
Mas apenas se vieron solos, cruzáronse las miradas de angustia, y una de las hermanas exclamó con amargura —¿Y ahora, por el manto de la Virgen de la Merced, qué providencia tomaremos con este desventurado cuñado?
–Mucho me temo, que los señores conservadores querrán echarle el guante a este infeliz capitán para pasarlo por las armas, acusándolo del horrendo crimen de alta traición. Mas antes de que tal desgracia suceda, es de primera necesidad que averigüemos cuáles fueron las instrucciones y órdenes que le dejaron; pues aunque las tropas invasoras han tomado el cuartel principal, por ningún lugar aparecen los partes de guerra ni los itinerarios que señalen hacia dónde marchó el grueso del ejército de la reforma.
—Vamos, hermano de mi vida —insistía con dulce empeño la elocuente Consuelo, al tiempo que le acercaba una jícara con una aromática infusión de canelas y flor de jamaica—, sosiega ese ánimo y no te dejes consumir por las congojas. Ese desdichado tiene el alma hecha pedazos por la culpa y el dolor; ni pizca de aliento le queda para hacerse de valor e intentar la fuga. Nos hallamos, por tanto, en la coyuntura más propicia para ganarnos su voluntad:
Hagámosle creer que se halla en su propia casa y, una vez cobrada su confianza, será cosita llana sacarle toda la información que guarda en el pecho. Sabrás que los facinerosos que te tuvieron secuestrado apenas si pudieron articular palabra sobre el paradero de aquellas codiciadas monedas de oro que se enviaban al general Tomás Mejía. Al presente, ignoramos si la rapiña de los caminos se ejecutó por mandamiento expreso del señor don Benito Juárez, o si aquellos perversos lo hicieron a motu proprio para llenar sus faltriqueras.
—Tienes razón—repuso Felipe— que gozamos de ciertas ventajas con la mudanza de gobierno y la llegada de las fuerzas conservadoras; mas no por ello me trago el cuento de que han de reabrirse los templos ni restituirse las órdenes monásticas a sus antiguos conventos.
Bien sabemos que muchos de los reverendos frailes sufrieron estrecha prisión en las mazmorras de San Juan de Ulúa y, según se columbra, jamás volverán a pisar estas tierras; otros aseguran que marcharon al destierro, pero yo tengo para mí que fueron pasados por las armas sin remisión. En estos tiempos de turbación no rige la ley, sino la sospecha; y podéis apostar a que nadie regresará a la quietud de los claustros.
Hallábase en estos discursos cuando uno de los jornaleros del obrador entró de tropel, con el rostro desencajado, dando este alarmante aviso:
—¡Joven Felipe! ¡Una escaramuza de la facción liberal ha irrumpido en la ciudad por el rumbo de la gran laguna de los carrizales! Han enfilado a paso de carga hacia el convento de los padres agustinos; vienen bien pertrechados de fusiles y traen consigo varias monturas sin jinetes… ¡Por el amor de Dios, corra usted, joven!
Se lo mandaron decir dos veces al joven Felipe. Voló con presteza hacia las caballerizas, reunió a los oficiales y peones más resueltos que se hallaban a la mano y les gritó con imperio:
—¡Vamos, señores, a caballo! A fe mía que esos infelices buscan el sitio donde enterraron el oro que robaron en los caminos. Corre tú, muchacho, y da la alarma a los vecinos; menester es que nos juntemos hombres de valor y buenas municiones… ¡Ea, apresurad el paso!
Partieron aquellos bravos jinetes espoleando sus cabalgaduras hacia la monumental fachada de rosas canteras que distingue al sagrado edificio. Los brutos marchaban despavoridos, venteando ya el hedor de la sangre y la pólvora a que los ha acostumbrado esta infesta guerra civil; y al pasar frente a las casonas vecinas, daban voces de alerta a los moradores sobre la refriega que se avecinaba —¡Mire usted, señor! —exclamó uno de sus hombres, señalando al frente—. ¡Ahí viene otra columna de los constitucionales!
Hizo el ademán de apartarse para evitar el encuentro, cuando de improviso una formidable explosión de artillería rompió por la mitad la fila de los liberales, levantando una densa polvareda.
—¡Por Dios, que es la artillería de los conservadores! —gritó Felipe—. ¡Marchad, infelices, hacia el convento! Los contrarios han sido diezmados y de aquí en adelante andarán con pies de plomo. En esto, una veintena de soldados conservadores acudieron en su auxilio, y el que los guiaba dijo a Felipe: —Decidnos, caballero, qué providencia tomamos. Somos unos veinte hombres de fusil y otros tantos vienen marchando en retaguardia. Es patente que esos liberales pretenden extraer algún tesoro del edificio, mas ignoramos de qué se trata. Dadnos vuestras luces.
Felipe, con la concisión que el lance requería, les instruyó en el negocio: A la llegada de las tropas de don Tomás Mejía, todos huyeron desordenadamente, pero es de suponer que no pudieron cargar con el botín de los caminos. Estoy cierto de que han vuelto con la temeraria intención de recobrarlo.
No hay otra salida, señores —añadió con firmeza—. Tomó en sus manos su rifle de chispa sistema Springfield, metió la carga por el cañón, contó los cartuchos que le quedaban en el cinturón y dictó la orden de ataque: —¡Es ahora o nunca! ¡Iremos de frente! Soltaremos primero a los caballos para que el enemigo crea que los embestimos a ruda carga, y detrás de la tropelía nos apoderaremos de la entrada.
Dicho y hecho. Apenas se ejecutó la estratagema, los liberales que custodiaban el ingreso se vieron sorprendidos y fueron acribillados sin misericordia, dejando la posición expedita. Mas al penetrar los asaltantes por las escaleras principales, una lluvia de balas disparada desde el segundo nivel dio en tierra con varios soldados conservadores; sin embargo, los sobrevivientes no perdieron el brío y lograron avanzar.
Hiciéronse Felipe y sus parciales de las galerías altas, pero se topaban con la dificultad de no saber por dónde se les escapaban los rebeldes, quienes se ocultaban con maligna astucia entre las celdas abandonadas de los monjes. Aquello parecía un combate contra fantasmas o visiones del purgatorio —Escuchadme bien —les dijo Felipe en voz baja, reuniendo a los suyos—: todos nosotros conocemos palmo a palmo este santo edificio; de mancebos solíamos burlar la vigilancia de los frailes para hacerles travesuras o para hurtar las frutas de los huertos. Esos hombres no tienen más escape que los patios interiores o la antigua acequia que surte de agua al convento. Marchad vosotros por aquel flanco y nosotros los aguardaremos en este pasillo. Al primer tiro que escuchéis, no tengáis compasión de ninguno; y si las circunstancias lo piden, ¡volad el aposento con dinamita! A las monedas de oro nada les pasará con el estallido, ¿está claro?
Todos, unánimes, tomaron sus respectivos puestos con el arma amartillada. Hallábase Felipe en el rincón más obscuro, a punto de encender la mecha que serviría de señal para la detonación, cuando sus ojos divisaron entre las sombras una figura cuya estampa le era de todo punto familiar… ¡Válgame la virgen de Santa Ana! ¡Era el mismísimo general don Mariano Escobedo en persona!
Continuará…





