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La bruja que dormía con la muerte

Los muertos de Frida Kahlo

por Contacto
3 noviembre, 2026
en aQROpolis, Destacados
Frida también tenía muertos ajenos. Muertos que ella vio morir. Leon Trotsky, su amante. Asesinado el 20 de agosto de 1940 a diez cuadras de su casa, en Coyoacán, con un piolet de alpinista clavado en la cabeza por Ramón Mercader.

Frida también tenía muertos ajenos. Muertos que ella vio morir. Leon Trotsky, su amante. Asesinado el 20 de agosto de 1940 a diez cuadras de su casa, en Coyoacán, con un piolet de alpinista clavado en la cabeza por Ramón Mercader.

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Roberto Antonio Velázquez Nieto y Gabriela Cabrera Herbert

Hay dos Fridas. La de las playeras y la real. La real no celebraba el Día de Muertos. Lo practicaba como una bruja mexica.

En la casa azul de Coyoacán, el 2 de noviembre no había papel picado. Había sangre, formol y una Catrina sentada en la sala tomando tequila.

EL CEMENTERIO DE FRASCOS

Frida no pudo ser madre. Tres abortos: el primero en Detroit, en 1932, en el Henry Ford Hospital, la dejó desangrándose sola, en una cama del hospital gringo, mientras Diego pintaba murales para Ford.

Ese feto no lo enterró. Lo guardo. Lo metió en un frasco de vidrio con formol, lo etiquetó con su letra temblorosa: “Niño de Frida –4 meses”. Y lo guardó en su estudio, entre sus pinceles, sus corsés de yeso con sangre seca y su perfume Shalimar.

No fue uno. Fueron tres.

Cuando Diego murió en 1957, dejó una orden escrita: “Tapiar el cuarto de baño de Frida y no abrirlo hasta quince años después de mi muerte”. No se abrió a los quince años. Se abrió a los 47, en 2004.

Adentro, la fotógrafa japonesa Ishiuchi Miyako encontró lo que nadie esperaba: el olor a Frida todavía impregnado, 12 corses oxidados por su sudor, sus faldas de tehuana, sus prótesis y en una repisa tres frascos médicos con tejido fetal.

El biógrafo Hayden Herrera lo confirmó: “Frida convivía con sus hijos muertos”.

Por eso su cuadro, “Hospital Henry Ford”. No es tristeza. Es un ritual. Frida se pinta desnuda, sangrando sobre su cama, agarrada a seis cordones umbilicales que flotan como venas; un feto, un caracol, una pelvis, una máquina. Fue la primera mujer en la historia del arte universal que se pintó abortando. Y lo hizo sin perdón.

Cada 2 de noviembre, Frida no les ponía dulces. Les ponía su propia sangre menstrual en un vasito de cristal. Decía que era la única sangre viva que podía darles.

LOS MUERTOS QUE MATARON

Frida también tenía muertos ajenos. Muertos que ella vio morir.

León Trotsky, su amante. Asesinado el 20 de agosto de 1940 a diez cuadras de su casa, en Coyoacán, con un piolet de alpinista clavado en la cabeza por Ramón Mercader. Frida llegó antes que la policía. Vio la sangre en el sueldo de su estudio. No grito. Tomó un poco de esa sangre, la mezcló con pintura roja y se pintó una hoz y martillo en el vientre. Decía: “Que la sangre de un muerto asesinado protege de la muerte”.

Su madre, Matilde Calderón, muerta en 1932. Frida no fue al entierro. Se pintó naciendo muerta en el cuadro “Mi nacimiento”, una mujer pariendo a una Frida muerta con la sábana ensangrentada.

LA MUERTE SENTADA EN SU SALA

En 1953 Frida ya no tiene la pierna. Le amputaron la derecha por gangrena. Ya no puede caminar.

Sabe que se va a morir.

Entonces manda traer a la muerte literal.

Era una catrina monumental de José Guadalupe Posada, de 1.70 metros, de papel maché, con sombrero de plumas. La sentó en su sala, frente a su cama. La vestía con su ropa, le ponía su perfume Shalimar, le servía tequila y le hablaba. “Es mi Nahual”, le decía a Diego. “Ya vino por mí, pero la tengo, borracha, para que se tarde en llevarme”.

En su mesa de noche, en lugar de un crucifijo, tenía un espejo de obsidiana negra, el tezcatl que los brujos mexicas usaban para hablar con el Mictlán. Y un feto de venado disecado, que es el animal psico pompo, el que guía a los muertos.

El 5 de julio de 1954, ocho días antes de morir, Frida hace su último hechizo. En la última página de su diario, con tinta negra espesa, dibuja una calavera enorme, sin ojos, y escribe la frase que hoy es su epitafio: “Espero alegre la salida y espero no volver jamás. -Frida”. Abajo dibuja un sapo.

El sapo es clave. En el códice prehispánico, el sapo es el cargador de almas. El que lleva a los muertos en su lomo al Mictlán.

Diego entendió. Cuando Frida murió el 13 de julio, a los 47 años, no la enterró como católica; la incineró, contra toda la familia, y metió sus cenizas en una urna prehispánica en forma de sapo. Esa urna sigue hoy en su cuarto azul, en Coyoacán, sobre una repisa, mirando fijamente a su cama vacía.

En Coyoacán, los veladores de la Casa Azul juran que cada 2 de noviembre, exactamente a las 3:07 de la mañana, hora en que murió Frida, se escucha llorar un bebé adentro del cuarto tapiado y que la urna de sapo amanece movida. No es un fantasma. Son los muertos de Frida, los que nunca se fueron porque ella nunca los dejó ir.

Ella no celebraba el Día de Muertos.

Ella era el Día de Muertos.

Frida hizo lo que ningún artista europeo. Se atrevió a convertir su muerte en obra de arte.

En Europa la muerte se esconde. En México se sienta a la mesa. Frida entendió eso desde niña, con la polio, con el tranvía que le atravesó la pelvis. Supo que iba a vivir muerta. Entonces hizo del culto a la muerte su marca.

La admiran en el mundo. Porque mientras los surrealistas de París jugaban a pintar calaveras. Frida dormía con una Catrina de 1.70 metros en su sala. Mientras Bretón teorizaba la muerte, ella guardaba a sus hijos muertos en frascos en su estudio.

Su frase. “Espero alegre la salida y espero no volver jamás. “Es la misma filosofía del Mictlán prehispánico. No hay cielo ni infierno, sólo un viaje. Eso en Japón lo entienden perfecto. Por eso Amano y Madonna la idolatran.

Por eso en el Harry Ramson Center de la Universidad de Texas en Austin, en el MoMA de Nueva York, en el Louvre de París, no la estudian como pintora, la estudian como sacerdotisa de la muerte.

No hay una Frida mexicana y otra universal. Hay una sola que hizo de su velorio una fiesta, de su aborto un altar y de su urna un sapo que la lleva, todavía hoy, cargando sus muertos por todo el mundo.

Etiquetas: casa azulCoyoacánculturaFrida KahloTrotsky

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