Roberto Antonio Velázquez Nieto y Gabriela Cabrera Herbert
El 23 de octubre de 2011. En la Casona de los cinco patios en el centro histórico. El gobernador del Estado, José Calzada Rovirosa y su esposa Sandra Albarrán de Calzada ofrecieron una cena a más de 600 participantes en la IX Cumbre de Negocios en el Centro de Congresos. El lema oficial fue “Prioridades para una nueva era”.
El invitado de honor era: Luis Ignacio Lula da Silva. Obrero, de izquierda, gran amigo del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, fundador de la izquierda moderna en México. Ya no era presidente. Había entregado la banda a Dilma el 1 de enero de ese año. Venía como expresidente, como la Estrella de la Cumbre. A cuatro días de cumplir 66 años. Se le festejó con un pastel en esta majestuosa casona en donde se hospedó Maximiliano de Habsburgo, emperador de México en sus visitas a nuestra entidad.
Compartí la mesa con distinguidos empresarios como Frank J. Devlyn, expresidente de Rotary International a nivel mundial, José Represas, fundador de Nestlé en América Latina y México, y Bombardier. A mi lado, Ernesto Alvarado de la Barrera, empresario del acero, influencer en su ramo en América del Norte, la Unión Europea y México. Juan Emilio Torres Landa Urquiza, de Provincia Juriquilla, y la élite del empresariado en nuestro país.
Llegó, roncó. Con la voz cansada, rota. Parecía cansancio de ocho años de presidencia y de sacar a 29 millones de la pobreza.
Al día siguiente, lunes 24 de octubre, sería su exposición en el Centro de Congresos.
Había mucha expectación por escuchar a Lula, de obrero metalúrgico a presidente. En los 70 luchó contra la dictadura militar, fundador del PT en 1980, partido de los trabajadores. Su base es obrera, su programa es redistributivo, su enemigo es la desigualdad.
Brasil en 2010 había crecido 7.5%, había sacado a 29 millones de la pobreza, había pagado la deuda con el FMI, había creado el Bolsa Familia, que hoy es el programa social más copiado del planeta y todo sin pelearse con los bancos. Itau, Bradesco y Banco do Brasil ganaron más dinero con Lula que con Fernando Cardoso, el sociólogo liberal.
Lula llegó a Querétaro con esa carta:
Lula señaló: “Yo me reunía todas las semanas con los empresarios, con los trabajadores, con los banqueros, la sociedad civil. Todos en el Palacio de Planalto. Todos juntos. ¿Saben por qué? Porque un país no se hace solo con empresarios ni solo con trabajadores”.
En 2011 en México, eso era impensable. La clase política no sentaba con nadie que no fuera de su partido.
En 2026, sigue siendo impensable. El gobierno de Sheinbaum anuncia 8.4 billones de pesos en infraestructura, trenes de Querétaro a San Luis, de Irapuato a Guadalajara, 794 mil millones para el sistema eléctrico, etc. Y en cada anuncio, la pregunta es la misma: el privado participa y el Estado de derecho.
Lula ya contestó en Querétaro en el 2011: el privado participa si le das reglas claras y si lo sientas a la mesa desde el día uno. No después. No para la foto. Desde el día uno.
Brasil es la prueba de que eso funciona y de que también se puede romper. Con Bolsonaro, la mesa se rompió. Se acabó la concertación. Se acabó la conversación. El resultado fue una pandemia mal manejada, 700 mil muertos, deforestación récord. Y un intento de golpe de Estado el 8 de enero de 2023. Lula ganó en 2022 y volvió a poner la mesa. Y ganó en 2026 porque la gente extrañaba la mesa.
México, hoy está discutiendo si pone la mesa o no. La Cumbre de Negocios 2024 y 2025 ya no es la de Miguel Alemán, es la de Altagracia Gómez y Marcelo Ebrard. Pero la pregunta sigue siendo la misma de 2011: ¿prosperidad compartida es un eslogan o es una mesa de verdad?
Le preguntaron a Lula en Querétaro.
México lleva 15 años sin poder hacer una reforma fiscal, energética. Brasil, ¿sí pudo que nos recomiende? Todos esperaban que dijera privaticen Petrobas o flexibilicen la ley laboral. Lula dijo otra cosa:
“Cada país hace las reformas según su realidad. No, según la del vecino. Yo ya me ocupo bien de mi pequeño pedazo de tierra y estoy muy feliz. El presidente de México y el pueblo mexicano saben cuándo hacer las cosas”.
Esa frase es lulismo puro. No es ideología, es pragmatismo territorial. Lula nunca exportó un modelo. Exportó un método: primero come la gente; después hablamos de lo demás.
En 2026, México por fin está haciendo lo que Lula dijo: su propia reforma. No la de Estados Unidos, la de Brasil. La Ley de Economía Digital, el pacto nacional que homologa 300 trámites estatales,etc. Es la versión mexicana de lo que Lula hizo en el 2003. El Estado conduce, el privado invierte, el trabajador gana.
La izquierda brasileña celebra. Y la derecha mexicana que hoy se pregunta porque no puede ganar. Lula ganó porque el PT, el PSOL, el PSB, se tragaron sus diferencias y fueron juntos. Flávio Bolsorano perdió porque su coalición, bolsonaristas puros, de ola vistas a militares, se peleo por ver quien era más radical. Ese hombre que en Querétaro, parecía acabarse, con cáncer en la faringe, después en la cárcel, a los 80 años saltó con lentes en forma de Estrella roja en Sao Paulo gritando “virada” remontada.
¿Está vigente la participación de Lula en Querétaro en 2011? No solo está vigente el manual.
Vigente porque hoy México tiene el mismo dilema desde entonces: cómo crecer sin romper, cómo invertir sin entregar, cómo incluir sin asustar.
Porque México está en el mismo patio. Tenemos la casa con cinco patios: el patio de la inversión, el patio de la salud, el patio de la seguridad, el patio de la delincuencia organizada, el patio de la democracia, el patio de la pobreza y seguimos discutiendo en qué patio comer. Parafraseando a Lula, se come todos juntos en la Casa de los Cinco Patios, que si no la casa se cae. Usted que opina amable lector?






