viernes, octubre 23, 2026
Sin resultados
Ver todos los resultados
Plaza de Armas | Querétaro
  • Andadores
  • aQROpolis
  • Editoriales
  • Efectivo
  • En tiempo real
  • Local
  • México
  • Planeta
  • Ráfagas
  • Roja
  • Andadores
  • aQROpolis
  • Editoriales
  • Efectivo
  • En tiempo real
  • Local
  • México
  • Planeta
  • Ráfagas
  • Roja
Sin resultados
Ver todos los resultados
Plaza de Armas | Querétaro
Sin resultados
Ver todos los resultados

¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
23 octubre, 2026
en Editoriales
0
VISTAS


Caminos que serpentean el Camino Real, julio del año de Nuestra Reparación de 1863.

Aquella muy leal y noble ciudad que con tanto orgullo se escuda tras su acueducto de rosadas canteras —otrora signo elocuente de abundancia y riqueza— ve hoy trocada su antigua traza por obra de la discordia, convirtiéndose, por desdicha de los buenos liberales, en el más confuso nido de bandidos, facinerosos y forajidos de la peor ralea.

No bien se supo de la lamentable caída de la capital de la República y de la intempestiva fuga del ciudadano presidente don Benito Juárez, cuando las armas del Imperio Francés tomaron plaza. Este suceso, que a no pocos ha parecido el eclipse de nuestras libertades, ha levantado hasta las nubes la moral de los señores conservadores, quienes ya cantan victoria y dan paladas de aplausos a los invasores ultramarinos; mientras tanto, los infelices liberales, viéndose del todo desamparados y desprovistos de humano arropo, se han echado a discurrir por los caminos vecinales, guareciéndose en miserables campamentos o, en el más vergonzoso de los casos, viendo a sus jefes y mandos —de capitanes para arriba— andar de gorriones y arrimados, lisonjeando a los influyentes y aristócratas de los pueblos para asegurar la pelleja.

Pero la tropa… ¡ay, la infeliz!, como siempre sucede en estas danzas, es la que legítimamente padece el rigor de la desgracia. Para ella ya no hay paga que alivie el cansancio, ni rancho que llene la andorga, siendo estas las primeras obligaciones que un gobierno debe a sus milicias.

Al rendir las armas los mandos medios ante el empuje del extranjero, los pobres soldados se han visto dispersos, obligados a mendigar un cobijo que nadie, por temor o por vileza, les quiere franquear. Y es que, con la mudanza del viento político, los antiguos defensores del orden constitucional y de la patria son tildados de inmediato como prófugos delincuentes y enemigos públicos, mediando ya severas órdenes de que, a cualquiera que se le aviste con el infame uniforme, se le apree en el acto sin más trámite.

¡Miren qué cabriolas da la fortuna! El poder que ayer se ostentaba legítimo, hoy es proscrito, y el gobernante de la víspera es el enemigo del día.

En medio de este torbellino, los briosos bridones son la única hacienda de provecho, bien entendido que esto corre por cuenta de los de caballería; pues los infelices de la infantería se han quedado con la pura ropa de encima —la cual procuran esconder de las miradas indiscretas—, su fusil maltratado, las correas viejas y unos cuantos cartuchos que, de un tiempo a esta parte, ¡valen más que si fuesen doblones de oro de a ocho! Con estas municiones se hace hoy el comercio y el trueque en los hostales de mala muerte, en las posadas del camino y con las vianderas que expenden mantenimientos a la vera de las rutas.

Los más de estos infantes caminan en compañía de uno que otro jinete; mas como las piernas humanas no pueden igualar el trote del caballo, los primeros acaban siempre rezagados, abandonados a su triste y desventurado destino.

Es escuela de la experiencia que, en épocas de tanta turbación, la miseria no se presenta desnuda, sino armada y con tiros en la recámara; y lo que es peor, armada de las más perversas mañas para granjearse el sustento de la forma más inicua: robando a los pasajeros, secuestrando a los infelices hacendados, intimidando a los pacíficos labradores e, incluso, embaucando a los incautos con la falsa promesa de que un respetable ejército «iliberal» viene pisándoles los talones y que necesita, por vía de contribución forzosa, de bestias y bastimentos.

¡Válgame la Virgen del Carmen, cuánta picardía! El que hoy detenta el bastón de mando ignora que la rueda de la fortuna gira sin cesar, y que mañana mismo puede ser la víctima desdichada de sus propias miserias o de los auxilios que hoy niega.

Cierto es que, tras las sangrientas batallas empeñadas contra las huestes francesas, se guardaron al principio ciertas formas de caballerosidad militar que hacían honor a la hidalguía, trocando prisioneros de uno y otro bando, y dejando en libertad a los heridos y amputados para que fuesen a convalecer a sus hogares.

Pero la cruda realidad vino muy pronto a romper los estrechos moldes de los decretos, tanto los del presidente Juárez —quien hoy anda errante e itinerante, desconocido y proscrito por los corifeos del partido conservador— como las proclamas del general Forey.

Los más de setenta mil soldados del ejército liberal se vieron de la noche a la mañana despojados del amparo de una República que, por andar de tonta queriendo imitar las leyes de los norteamericanos, se desentendió de sus verdaderos deberes y descuidó los serios compromisos contraídos con las potencias de Europa.

Habiéndose quedado sin bandera y sin sustento, estos antiguos defensores de la reforma se han congregado en verdaderas gavillas de cuatreros y salteadores de caminos, ganando en pocos meses una bien merecida fama por la crueldad y el encarnizamiento de sus fechorías. Y siendo esta provincia de Querétaro la encrucijada y centro de todos los caminos reales, sus elegantes casonas y los recios muros de sus conventos e iglesias se han convertido, de la noche a la mañana y con el mayor sigilo, en verdaderas cuevas de ladrones.

¡El Cristo de la Santa Cruz nos ampare, cómo resonaban aquellos furiosos golpes en los portones de la respetable familia Olguín!

—¡Ya van, ya van! —gritaba el mozo de la casa, aprontándose a limpiar de sus manos las mieles del obrador donde trabajaba—. Esperen un poco, que ya quito el cerrojo… – Mantuvo el criado la calma mientras zafaba el recio polín de madera que aseguraba las hojas de la puerta, viejo pero seguro arbitrio contra las maledicencias de la noche.

—¡Válgame Santa Ana, que parece que es el mismo demonio el que está tocando a la puerta con semejante furia!– Apenas entreabrió una de las hojas, se topó de manos a boca con tres cañones de fusil que le apuntaban derecho al pecho, cuyas bayonetas relumbraban al sol del mediodía con un fulgor que helaba la sangre —¿Está aquí el patrón? —preguntó una voz imperiosa y destemplada.

Al infeliz mozo le sobrevino al punto un sudor frío y un torzón de estómago tan recio que le impidió el habla.

—¡Te estamos preguntando si está el amo, bribón! ¡Responde si no quieres que te callemos para siempre! —No… no está, sus mercedes… —balbuceó el cuitado, temblando como azogado.

Sin mediar más razones ni cortesías, los asaltantes lo empujaron con violencia, introduciéndose de tropel unos diez hombres armados que de inmediato se dispusieron a tomar posesión de la casa. Unos se dieron a la tarea de registrar los salones y las alcobas de aquella magnífica casona; por más que buscaron, ¡a nadie hallaron! Encontraron, sí, los ricos muebles de caoba, los finos lienzos, las cómodas y cuantas alhajas pudieron, pero de los moradores no había la menor huella.

Otros tantos bajaron con furia al obrador, allí solo toparan a los pobres operarios que, asustados, ni las manos metían —Voy a insistir por última vez —dijo el jefe de los malandrines, asiendo groseramente de los cabellos al mozo, quien ya se hallaba de rodillas en el suelo—. Insisto, pícaro embustero, que si no me revelas al punto dónde se esconde toda la familia, te juro por esta cruz que no verás la puesta del sol de esta tarde. ¿Dónde están?

El infeliz mozo no atinaba a responder; sus dientes rechinaban del puro horror y el frío de la muerte ya le cercaba el corazón.

—¡Si con tanto empeño buscas a mi familia, infame bandolero, aquí me tienes!– No terminó de pronunciar estas palabras cuando un espantoso zumbido conmovió el ámbito del patio. Una bala certera, disparada desde lo alto, le partió la cabeza en dos al atrevido invasor, saltando tanta sangre y sesos por el piso que los demás secuaces, demudados por la sorpresa, pretendieron en el acto repeler la agresión. Los restantes operarios y mozos se agazaparon como pudieron en los rincones, mientras de diversas partes de la casa comenzaba a granizar el plomo… ¡Sucumbieron!

Al aproximarse con el fin de registrar los despojos de aquellos desdichados que yacían en el suelo ¡otra gavilla de soldados liberales! de aquellos que, despojados de todo honor militar, se han atrevido a infestar las calles de Querétaro para asaltar a las pocas familias de bien que aún quedan en la ciudad; es decir, todavía mantienen sus comercios de pie, produciendo poco, es verdad, pero sosteniéndose con dignidad frente a la miseria pública.

El joven Olguín, contemplando el cadáver del cabecilla que aún humeaba, guardó su arma y, dirigiéndose a su padre, cuyas torpes ancianidades apenas le permitían sostenerse, le dijo con semblante compungido:

—Esto, ya me preocupa de más. Es esta la tercera gavilla que se atreve a cercarse a nuestra casa con tan aviesas intenciones. De seguir las cosas por este rumbo, ya no solo tendremos que cuidarnos de las chifladuras de Sóstenes Antípides, y de su necio entretenimiento de resguardar esta posición militar a costa de la tranquilidad pública; ahora también habremos de defendernos de estos infelices desertores que, agazapados malignamente en las ruinas de los conventos, se han convertido en el más insufrible dolor de cabeza.

Tan pronto como la noche tendió su oscuro manto sobre la ciudad, el joven dulcero, encendido en justo celo por la seguridad de los suyos, dispuso las monturas y tomó el camino. Guiando a un puñado de sus mejores y más fieles hombres, se dirigió resueltamente hacia lo que el fuego y la guerra dejaron del convento de los reverendos padres carmelitas, sitio en el cual, según le habían soplado sus más fieles confidentes, un par de soldados liberales habían tomado el recinto, prestos a cometer tropelías por los caminos reales.

Mas quiso la astucia del demonio, que nunca duerme que apenas hubiesen avanzado unas cuantas cuadras por la misma calle, divisaran que del portón entreabierto de una casona abandonada salía un resplandor de dorados y vivísimos tonos. Extrañado en extremo por aquella luz en paraje tan desierto, el joven Olguín mandó hacer alto, bajó de la monta con presteza y, empuñando con mano firme su revólver, se acercó sigilosamente para asomarse al interior de la ruina.

Observaba con fijeza que el misterioso destello provenía de una fuente de canteras grises, situada apenas a unos cuantos pasos del patio principal de aquella vivienda deshabitada. Hizo por la puerta con tiento, alargó la mano y tomó la perilla para abrirla del todo; un maldito rechinido de las maderas alertó su propia tenuidad y rompió el silencio de la noche.

Con el corazón palpitante se aproximó al centro del patio y, al clavar la vista en la fuente, ¡santo Dios, qué asombro!, observó una olla de barro repleta hasta el borde de relucientes monedas de oro.

Admirado por el toque que a los más pintados rinde, metió la mano en la vasija y tomó varias piezas; las hizo tintinear entre sus dedos, gozando por un instante del dulce sonido de la riqueza… cuando de improviso, ¡un terrible y seco golpe en las costillas le privó del aliento, haciéndole perder el sentido y desplomarse cuan largo era sobre las rojizas losas del suelo!

Continuará…

Etiquetas: HISTORIALA APUESTA DE ECALA

RelacionadoNoticias

Va por Alberto, va por Andrés

Kuri y Harfuch lideran encuesta

22 octubre, 2026
Raymundo Riva Palacio

El contagio francés

22 octubre, 2026
Los electores también son responsables

Traiciones y chivos expiatorios

22 octubre, 2026
José Fonseca

El presupuesto no se puede estirar

22 octubre, 2026

 

 

 

Categorías

  • Andadores
  • aQROpolis
  • Cartón
  • Editoriales
  • Efectivo
  • En tiempo real
  • Fuego amigo
  • Fuente de El Marqués
  • Local
  • México
  • Planeta
  • Portada
  • Ráfagas
  • Roja

Enlaces Internos

  • Aviso de Privacidad
  • Aviso Legal
  • Contacto
  • Aviso de Privacidad
  • Aviso Legal
  • Contacto

© 2020 MEDIOS AQRÓPOLIS S.A. DE C.V. Todos los derechos reservados.

Sin resultados
Ver todos los resultados
  • Andadores
  • aQROpolis
  • Editoriales
  • Efectivo
  • En tiempo real
  • Local
  • México
  • Planeta
  • Ráfagas
  • Roja

© 2020 MEDIOS AQRÓPOLIS S.A. DE C.V. Todos los derechos reservados.

Este sitio web utiliza cookies. Al continuar utilizando este sitio web, usted está dando su consentimiento para el uso de cookies. Visite nuestra Política de privacidad y cookies.