Roberto Antonio Velázquez Nieto y Gabriela Cabrera Herbert
Por muchos años, la salud del Papa fue un secreto de Estado. Se sabía que estaba enfermo cuando ya no podía ocultarlo. Cuando no podía caminar, cuando no podía hablar, cuando era demasiado tarde para fingir que todo estaba bien.
Esa regla no escrita se rompió, en parte, en León.
La madrugada del 25 de marzo del 2012, Benedicto XVI se hospedaba en el Colegio Miraflores, en León Guanajuato, durante su única visita a México.
Se levantó al baño a oscuras, no encontró el interruptor de la luz, tropezó y se golpeó la cabeza con el lavabo. A la mañana siguiente,su pañuelo amaneció empapado de sangre.
Nadie lo supo. Siguió su agenda como si nada. Celebró la misa en el Parque Bicentenario, saludó a miles de personas, sonrió para las fotos. La herida fue leve, su médico, Patricio Polisca, la curó para que no se notara y la delegación vaticana decidió no decir nada.
Estuve en León cubrí la visita de Benedicto XVI. Y lo recuerdo bien: había un hermetismo que no era normal. Las versiones oficiales no cerraban, las preguntas se respondían con evasivas, y la comitiva parecía más preocupada porque no se notara que por explicar algo.
Un año después, se desveló el misterio, cuando Benedicto anunció su renuncia el 11 de febrero del 2013, el mundo se enteró de aquella caída. El periódico italiano La Stampa reveló el incidente y el Vaticano, a regañadientes, lo confirmó. El portavoz, el jesuita Federico Lombardi, dijo que el accidente “en ningún momento influyó” en la decisión.
Pero el propio Benedicto XVI, en el libro “Entrevista Últimas Conversaciones con Peter Seewald”, su biógrafo, contó otra versión más honesta, más humana. Dijo que “el viaje a México y Cuba lo había cansado muchísimo, que su “arquiatra”, su médico, le había advertido que ya no podría volver a cruzar el Atlántico y que después de ese viaje la decisión de renunciar maduró lentamente”. No renunció por la caída, renunció porque la caída le demostró que su cuerpo ya no aguantaba el ritmo de ser Papa.
Años después, en una carta a Seewald en octubre de 2022, reveló el motivo más íntimo:
“Un insomnio crónico desde 2005 que ya no respondía a los medicamentos”. La caída en León fue la causa; fue la confirmación.
Catorce años después, la historia se repite al revés.
El domingo 11 de octubre del 2026, el Papa León XIV, de 71 años, se asomó a la ventana del Palacio Apostólico para rezar el Ángelus y anunció él mismo que le tenían que operar un nódulo en el pulmón derecho. Sin rodeos, sin eufemismos, sin esperar a que se filtrara.
Dos días después, el martes 13, ingresó al Hospital Gemelli de Roma. La cirugía duró unos 90 minutos. Los médicos le extirparon el lóbulo inferior del pulmón derecho. El diagnóstico fue adenocarcinoma pulmonar, el tipo más frecuente de cáncer de pulmón.
A diferencia del 2012, esta vez supimos todo en tiempo real. Supimos los nombres de los médicos, Luigi Carbone, y Stefano
Margaritora, supimos que pasó la noche tranquilo, que desayunó que celebró misa en la décima planta del Gemelli, esa planta que desde el atentado a Juan Pablo II en 1981 se convirtió en la suite papal del hospital.
Y este sábado 17 de octubre, apenas cuatro días después de la operación León XIV, salió caminando del Gemelli. “Estoy mejor, gracias”, dijo a los periodistas de la Sala Stampa de la Santa Sede. Este domingo rezará el Ángelus desde el Vaticano.
¿Qué cambió entre la caída oculta en León y la cirugía anunciada en Roma?
Cambió la Iglesia, cambió el Vaticano y cambió la relación entre el Papa agustino y el pueblo de Dios.
Juan Pablo II vivió la era del secreto, su párkinson se minimizó durante años. Su idea era que el Papa muere en el cargo, no renuncia. Su sufrimiento se volvió parte de su testimonio, pero también generó una imagen de un pontificado que se sostenía a costa del cuerpo del pontífice.
Benedicto XVI vivió la era de la prevención y de la renuncia; rompió el tabú. Dijo que si el Papa ya no tenía fuerzas físicas y mentales, tiene el deber de dejar el cargo. Su caída en León, que en otro tiempo se habría ocultado para siempre, terminó siendo la metáfora de su pontificado: un hombre lúcido que entendió que ya no podía seguir.
Francisco vivió la era de la transparencia. Publicó boletines médicos detallados cuando lo operaron del colon en 2021, cuando estuvo en silla de ruedas por la rodilla, cuando tuvo neumonía en el 2025. Normalizó que el Papa se enferme en público, que use bastón, que se canse. Su enfermero personal, Massimiliano Strappetti, se convirtió en una figura conocida, casi familiar para los católicos.
León XIV está inaugurando la era de la trasparencia total. No solo informa, se adelanta. Anuncia su propio diagnóstico antes de que se especule. Se opera y sale a los cuatro días. No esconde el cáncer, lo nombra.
Esa diferencia no es menor en León, en 2012, todavía la Iglesia pensaba que mostrar la fragilidad del Papa debilitaba a la Iglesia. En Roma, en 2026, la Iglesia parece haber entendido lo contrario: ocultar la enfermedad genera rumores, especulación y desconfianza. Mostrarla genera cercanía y oración.
Hay, además, un detalle profundamente simbólico para nosotros, los leonenses y los mexicanos. La historia de la salud papal moderna empezó a cambiar en nuestra ciudad en una habitación del Colegio Miraflores, con un Papa que se cayó en la oscuridad, y se curó en silencio. Hoy, esa historia continúa con otro Papa que se opera a plena luz y sale caminando a decir que está mejor.
El dilema no es médico, es pastoral. Qué tipo de Iglesia queremos, la que oculta la herida que parece fuerte, o la que muestra la cicatriz que parece humana.
Benedicto eligió la segunda cuando renunció. León XIV eligiendo ahora cuando se deja ver enfermo y en recuperación.
Y quizás, en ese gesto tan simple de salir del hospital y decir “estoy mejor”, la lección más importante la fortaleza de un Papa ya no se mide por cuánto aguanta en silencio, sino por cuánta verdad es capaz de compartir con el pueblo de Dios. ¿Usted qué opina, amable lector?





