30 de mayo de 1863, callejuelas de Querétaro.
¡Oh, amables lectores! A la medianoche de la fecha mentada, un mancebo despavorido huía por lo más hondo de los callejones que arman la ciudad de violáceos atardeceres, corriendo con tal ligereza que parecía traer pegados en los calcañales a todos los diablos del infierno.
En su afán por voltear el rostro para atisbar si el enemigo le pisaba los talones, tropezaba a cada instante con las piedras mal fajadas del empedrado, pues unas bailaban flojas y otras se alzaban altaneras; y es que, válgame Dios, la obscuridad de la noche nunca es buena consejera para los pies atolondrados con horror.
Al fin, merced a la Virgen del barrio de La Merced, llegó cerca de la calle del Biombo —llamada así con mucha propiedad por su trazo serpenteante y caprichoso—. Casi enfrente de aquel sitio donde en añejos tiempos virreinales se celebró con regocijo la llegada del agua a la ciudad, uno de los enormes portones de una casona respetable se abrió de par en par, cual si la misma caridad lo convidase, para darle seguro cobijo.
El muchacho, jadeante y con el corazón en la boca, se metió raudo hasta el rincón más obscuro, mientras la joven dama de la casa, que portaba un candelabro en la diestra, le hacía señas colocándose su índice en la boca para que guardara riguroso silencio. No bien se hubo encorajinado tras la puerta, cuando pasó resonando por la banqueta el maldito perseguidor. Entre denuestos, gritos y abominables maldiciones, lo perdió de vista, vociferando con furia:
—¡Ah, bellaco infeliz! ¡Que la garganta del mismo infierno te trague, pero juro por mi honor que te habré de encontrar y me pagarás muy caro tu felonía! — El joven, medio difunto del susto y con las palmas de las manos hincadas sobre las rodillas para no venirse al suelo, trataba de pescar un poco de aire en aquel fresco zaguán y exclamó con voz trémula:
—¡Mil gracias, señorita! Si no es por vuestra generosa ayuda, ¡ese maldito prestamista usurero da conmigo y me despelleja vivo! ¡Estoy infinitamente agradecido a vuestra merced! — La dueña de la casa, mirándolo con mezcla de compasión y extrañeza, le replicó con severidad:
—Dígame vos, mancebo atolondrado: ¿qué hace un muchacho de su edad vagando a estas altas horas de la noche por la ciudad? ¿Acaso ignora que estamos en tiempos aciagos y que rige un estricto toque de queda impuesto por las fuerzas liberales? Ya llevan muchos días los chinacos y soldados regresando por la sierra desde Puebla, empeñados en conservar la plaza. Los franceses han derrotado a nuestros ejércitos en Puebla, y es cosa segura que la invasión llegará hasta la Ciudad de México más temprano que tarde; ¡es cuestión de simples días!
Diciendo esto, la señorita lo convidó a pasar a una sala vasta y suntuosa, decorada con finísimos muebles que denotaban antigua alcurnia.
El joven, por su parte, no cabía en sí de asombro. ¿Cómo era posible que a tales horas la casa contara con servicio activo? Allá se divisaban una mucama diligente, un mayordomo circunspecto y lo que parecía ser una experimentada ama de llaves.
La gran sala brillaba con la luz de elegantes candelabros de múltiples cristales que desparramaban destellos multicolores. En la chimenea ardía una alegre leña de cedro, cuyas brazas crujían despidiendo un olor embriagador. Grandes óleos de manufactura barroca manierista mostraban los rostros severos y espectrales de los antepasados de la dueña. ¡El infeliz no se había percatado de que, huyendo del diablo, había caído en manos del luzbel, ingresando sin saberlo a una de las casonas de mayor valía en toda la ciudad!
Y es que, ¡cosa curiosa!, la maliciosa voz del vulgo aseguraba por las calles que dicha casona se hallaba abandonada y en ruinas; empero, para sorpresa del mancebo, todo relucía en perfecto orden y concierto.
Poco después se apareció de nuevo la elegante señorita, portando ahora una charola de plata con filigrana que sostenía una humeante taza de infusión y unas galletas finas —Tome, buen mozo, beba esto para que temple sus nervios —le dijo amablemente—. Y dígame sin temor: ¿A cuánto asciende el principal de ese infame préstamo que le ha costado semejante carrera por las calles?
El joven, sorbiendo con recato la infusión, respondió:
—Pues verá usted, respetable señorita: le solicité a ese sangrador dos monedas de ocho reales en oro para invertir en la compra de unas vacas. Gracias a Dios y a mi trabajo, el negocio me salió redondo y próspero; mas el usurero bribón, insaciable como una sanguijuela, me exigió que le entregara una tajada leonina de las ganancias, ¡cuando yo ya le había pagado el capital con creces y altos réditos! De ahí nació su enojo. Y ahora caigo en la cuenta de sus malas artes: ¡me acusa dizque de querer robarle en su propia casa, arguyendo que soy yo quien lo persigue alevosamente! ¡Mentira cochina, válgame el cielo, si yo solo huía para salvar el pellejo!
Mientras el mancebo deshilvanaba su triste historia de deudas y atropellos, un criado se acercó respetuosamente para entregarle a la dama una esquela en una bandeja. Ella la leyó con prisa y, mudando de semblante, le advirtió con tono perentorio:
—Joven: la noche se ha vuelto ya de una lobreguez impenetrable, y las velas de los faroles del sereno han sido apagadas por el viento. Dígame: ¿me permite tener el gusto de invitarle a pernoctar bajo este techo?
La proposición dejó al muchacho más atónito que antes:
—¡Valóreme usted, mi estimada señora! No es bien visto que un mozo ande a altas horas de la noche en los aposentos de una dama de su distinción y alcurnia. Perdóneme la franqueza, pero creo que no me es tan difícil llegar hasta mi jacal; ¡me sé las calles de esta ciudad de memoria y solo es cuestión de echar un ojo para que no me sorprenda la ronda!
—Insisto, necio muchacho —replicó la dueña con firmeza y una sonrisa en los labios—. Existe gran probabilidad de que ese maldito prestamista lo esté aguardando apostado en la esquina… Vamos, no sea terco. Ponga fin a su miedo, pase aquí lo que resta de la noche y, al despuntar el alba y con la luz del día, podrá retirarse con bien. Es cosa sencilla. A cambio de su compañía, le prometo un rato de apacible conversación y un inolvidable regocijo para el alma.
El mozo adueñado de su propia libertad y diciendo entre sí con no poca fatuidad: –¿Acaso un soltero debe dar cuentas de sus pasos a alma viviente?–, se entregó de buen grado al destino. Fue conducido a una recámara de tal magnificencia que bien los antaños corregidores debieron de haber disfrutado.
Reclinábase allí una cama cuyos pilares, labrados en fina y noble caoba, parecían salidos de las manos de un artífice excelso. Adornaban el lecho almohadones ricos en encajes y primorosos deshilados, y no faltaba en el suelo una jofaina con aguas e infusiones calientes, dispuestas para el regalo y descanso de los pies del viajero. En la base del tálamo, un soberbio baúl custodiaba gruesos cobijones de lana de Bernal, remedio santo para los rigores del invierno; y a pocos pasos, sobre una vistosa alfombra de hilos multicolores, lucía una tina de porcelana con delicados dibujos que convidaba al aseo.
—Pasad, buen mozo, y acomodaos —le dijo la dueña del lugar con voz presurosa—. La noche corre fría y en un santiamén nos hallaremos en la mañana; mas antes, decidme, ¿cuál es vuestro nombre?
—Fermín, señorita; Fermín Olguín, para serviros —respondió el interfecto, rascándose la coronilla—. Soy primo del afamado dulcero Felipe, aunque yo apenas levanto cabeza vendiéndole la leche que necesita para sus previsiones.
—Andad pues, buen Fermín, acostaos y disfrutad de la velada —remató la dama, retirándose no sin antes clavarle una mirada tan coqueta y maliciosa que dejó al pobre muchacho del todo desconcertado y fuera de su centro.
¡Oh, la noche queretana, mis vates de la musa! Tiene un no sé qué de misterio y poesía. La luna derramaba entonces sus destellos plateados, teñidos de un azul de Prusia tan vivo que parecía morder la piel; y el firmamento se enjoyaba con verdaderas parvadas de estrellas multicolores que, al buen ojo, competían en brillos y magestades. El gélido viento soplaba con tal fuerza que hacía cantar las maderas de las ventanas, imitando los ecos fúnebres de un órgano de iglesia.
Apenas empezaba el cándido Fermín a gozar del reparador calor de las sábanas de manta, cuando la puerta, envuelta en albos destellos, se abrió sin el menor ruido. Era la misma joven que lo había recibido, la cual se deslizó en el aposento luciendo un leve camisón que no bastaba para cubrir sus rubores y picardías. Acercóse al lecho con paso sigiloso y, creyéndolo dormido, pasó su mano suavemente por el rostro del mozo, quien disimulaba el palpitar del pecho.
Mas la astuta, despojándose de toda vestidura con más prontitud que la decencia aconseja, levantó las sábanas y unió su piel a la del muchacho. Fermín abrió los ojos de par en par, compungido; pero antes de que pudiera invocar a su santo de devoción, ella le plantó un beso en los labios. ¡Ay, flaqueza de la carne! Pasada la primera sorpresa, el mozo respondió al fuego con más braza, y un remolino de pasiones insospechadas se apoderó de aquel tálamo, quedando la impasible noche como única y muda testigo de los excesos que allí se consumaron.
31 de mayo, al otro día.
Las gavillas de los conservadores hacían de las suyas con frecuentes escaramuzas en los contornos, amagando con entrar a saco en aquella ciudad de verdes frescores. Para colmo de males, los defensores liberales escaseaban de forma lastimosa: apenas si se contaban unos veinte milicianos en todo el recinto, y para mayor desdicha, su jefe, el capitán Sóstenes Antípides, habíase entregado a la más completa y furiosa demencia.
Quiso la fortuna que el mayor alboroto se suscitase en la célebre casona del Biombo. Hacia aquel sitio corrieron en tropel los ociosos y metiches queretanos, arrastrando en su curiosidad a un par de aquellos pocos soldados liberales. Al llegar, ¡oh pasmo!, hallaron los portones abiertos de par en par, milagro patente si se considera que dicha casona permanecía clausurada con pesadas cadenas desde hacía ya luengos años.
Apenas cruzando el zaguán, hacia la mano derecha, la multitud se topó con un aposento reducido a cenizas, y en medio de él, un espectáculo capaz de helar la sangre al más valiente: un cuerpo humano enteramente calcinado. La gente no daba crédito a sus ojos, y entre sollozos y murmullos corrió la funesta nueva: ¡Era Fermín, el desventurado primo del joven dulcero Felipe Olguín! Quedaba allí reducido a un tétrico esqueleto de brasas, le reconocieron por su pulsera de hierros que siempre portaba.
Sin embargo, lo que más suspendió el ánimo de los presentes fue que, en el puño de su mano derecha, el cadáver custodiaba celosamente dos monedas de oro de a ocho reales; y junto a los restos, pendiendo milagrosamente de una arrugada hoja que la voracidad del fuego apenas si había respetado, se leía una sentencia escrita de su propio puño y letra, que bien parece un epitafio dictado por la misma culpa: “Las deudas se pagan, aun en el más allá”
Continuará…






