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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
25 septiembre, 2026
en Editoriales
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Bajo la bóveda tenebrosa de aquel recién saqueado claustro capuchino —donde las rosadas canteras sudan de continuo el agua del gran canal que abastece a la ciudad—, se hallaba el capitán Sóstenes Antípides, preso de un estupor tan horrendo como el encierro mismo.

Pretendía el militar ser dueño de sus acciones y servidor del supremo gobierno juarista; mas ¡oh, cuán amarga es la verdad cuando descorre el velo y nos muestra la vileza de las humanas tramas!

Rodeábanlo en aquella húmeda estancia la Madre Abadesa, mujer de arrestos desmedidos y rigor inflexible, y el joven Felipe Olguín, célebre dulcero de la comarca. La reverenda, sin empacho de su hábito ni miramiento a las sagradas leyes de la caridad, encañonaba al prisionero con un fusil
Springfield, dispuesta a romper la chispa al menor ademán de desobediencia.

—Sepa usted, señor capitán —le espetaron para su mayor asombro—, que en esta ciudad no imperan las leyes republicanas ni sus reformas anticlericales. Cinco familias de opulentos comerciantes, afincadas en la capital del país, pero adueñadas de estos verdes valles de violáceos atardeceres, son las únicas que tejen y destejen el destino de esta tierra, asignando a los gobernantes a su entero antojo, que en veces atinan y en otras ¡Aprenden!

El capitán, apurando a bocanadas un cigarrillo que el dulcero le había facilitado por fingida cortesía, intentaba asimilar tan escandalosa revelación:

—¡Por cuerno de satanás! —exclamó con amargura—. ¿De modo que el propio presidente Juárez me ha mantenido en el engaño? ¿Es que la afamada denominación de Puerta de Tierra Adentro no es más que un oropel para desorientar a los simples? ¿Desde cuándo impera semejante tiranía?

El joven Olguín, adiestrado desde la cuna en la más fina y sinuosa política jacobina, le contestó con desenfado:

—No se devane los sesos, mi capitán. Desde los tiempos del virreinato se sabe que aquí se fraguan las grandes panaceas del reino. Los mismos insignes insurgentes pretendieron afianzar su empresa en estos lares, sabedores de que todo ejército, por dicha o por desgracia, ha de pagar peaje y cruzar por nuestras garitas. Aquí, don Sóstenes, no hay transeúntes inocentes: aquí se labra el porvenir de la nación.

—Si tal es la trama —replicó Antípides, buscando desesperadamente un asidero a su honor militar—, ¿cuál ha de ser mi cometido de hoy en adelante?

—El mismo de siempre, señor mío: custodiar —dijo el dulcero, haciendo señas a la monja para que amainara el rigor de las armas.

—Mas no ignore usted que la traición se paga en este suelo con la última pena. ¿O acaso piensa que el acribillamiento de sus soldados en la plaza fue obra de la casualidad? Conocíamos sus nombres, sus rostros y sus puestos; en estas tierras nada se deja al azar—.

Al escuchar tan crueles razones, una sangrienta luz ilumina de golpe las tinieblas del entendimiento del capitán. ¡Aquel era el origen de sus continuos desvelos! Todo cobraba sentido: el extraño encargo de custodiar los caudales de oro hacia las sierras; las emboscadas de los ricos comerciantes, pertrechados con mejor armamento que la mismísima tropa; la sorda complicidad con los conservadores y la facción francesa… Y, ¡ah, dolor supremo!, el golpe más ruin a su pundonor: su propio matrimonio con la hija del acaudalado dulcero.

Recordó de pronto aquellas noches heladas, exentas de la menor llama de pasión, donde cada aproximación a la esposa no le devengaba más que insufribles dolores de cabeza y una bruma de soslayos sospechosos. Herido en lo más sagrado que posee un hombre de bien, encaró a Olguín con furor contenido:

—¡Exijo que me hables sin embozo! —gritó encendido en ira—. ¿Acaso mi enlace con tu hermana no fue sino un vil ardid? ¿Forma parte ese matrimonio de su nefasta conspiración?

Cruzáronse la abadesa y el joven una mirada socarrona, y con aquella desenvoltura propia de quien ha perdido el empacho ante las virtudes, respondióle el cuñado:

—Pero ¡por María Santísima, capitán! ¿Qué de extraño tiene que hayamos dispuesto su unión para apaciguar su carácter? Siendo usted hombre de genio tan recio y mostrando inclinación por la moza, pensamos que nada se perdía. ¡Unos cariños por aquí, unos respingos por allá, y el león quedaba manso!

—¡¿Luego todo ha sido una farsa abominable?! —bramó Antípides, sintiendo que el honor se le desmoronaba en el pecho —¡Calma y compostura, capitán! —interrumpió la religiosa, terciando el fusil con mano firme—. ¡Que para amansar soberbias no me tiembla el pulso ni me falta la devoción!

Y no bien terminó de apercibirlo la religiosa, cuando el dulcero, juzgando peligrosa tanta vehemencia, descargó con alevosía y sin más miramientos la pesada cacha de su revólver sobre la cabeza del desdichado. Ennegreciósele el mundo al capitán Sóstenes Antípides, y cayó de bruces, cuan largo era, sobre el frío y abrillantado piso de rosadas canteras.

Apenas alboreaba el día y las brumas de la mañana comenzaban a disiparse, cuando hizo su lamentable aparición a las puertas del cuartel el infeliz capitán, ofreciendo un espectáculo capaz de mover a piedad al corazón más empedernido. Venía el desdichado despidiendo de su persona un tufo insufrible de ron ruin y peleón, con el uniforme vuelto un despojo de harapos, manchado de inmundicias y ostentando por todo el pellejo tan soberbia paliza que no parecía hombre, sino un Santo Cristo de la Cañada.

Divisólo el cabo de guardia, y cobrando un susto no pequeño, dio voces a la tropa: —¡Socorro, muchachos! ¡Acudid con presteza, que el señor capitán viene herido de muerte!—.

Apretáronse los soldados a prestarle auxilio; mas ¡oh, torpeza de la tropa ruda!, pues con el afán de levantarlo entre brinco y manoseo, más era lo que torturaban las carnes molidas del oficial que el bien que le hacían. Lleváronlo a la raya hasta sus aposentos, sitio muy cerca de la fuente del cuartel, de donde sacaron a toda prisa unos baldes de agua fría con que intentaban hacerle volver en razón. Entre tanto, uno de los soldados, harto comedido, echó a correr como una exhalación rumbo a la casa de la consorte para darle el amargo recado.

Noticiada de la desgracia doña Consuelo Olguín, salió de su morada hecha un mar de aflicciones y con el rostro desencajado por el pavor. Mas no olvidadiza de sus artes, avituallóse a toda prisa con cuanto menjurje halló a la mano: yerbas de la botica, pomadas de ungüentos para los tolondrones y un frasco de aquel licor fino de confección europea que por costumbre solía conservar.

Eran pocas las cuadras que la separaban del cuartel, de suerte que al llegar halló a los asistentes habiendo desembarazado al capitán de la mugre y velando su sueño en el lecho. Con aquel tono imperioso que suelen gastar las mujeres de su alcurnia, les ordenó:

—Dejadme a solas con mi bienamado. Ninguna medicina ha de ser más eficaz que la mano amorosa y delicada de su legítima esposa —.

Casi al tocar a su fin la jornada, abrió el capitán los ojos.  Una tenue y vacilante luz de quinqué alumbraba la estancia, dejándolo suspenso sin acertar la hora ni el sitio en que yacía. Vio entonces la silueta de doña Consuelo que se le aproximaba con farsa compasiva:

—¿Os halláis con bien, esposo mío? ¡Válgame Dios, pero qué bárbara paliza os han acometido! Aseguran tus hombres que al extraer a las clarisas habréis alcanzado la peor parte, producto de algún cañonazo que derrumbó los muros en la ciudadela clarisa.

Intentó incorporar la figura el cuitado, mas un vivo y punzante dolor en el bajo vientre se lo impidió al punto. ¡Le pareció que le atravesaban con una daga! Llevóse la mano con premura al sitio del tormento, mientras la mujer continuaba con su meloso sonsinete:

—Sosegaos, señor mío, sosegaos. Bebed este tecito, que con la gracia de Dios os ha de reanimar. Dicen los muchachos que traéis las carnes molidas, mataduras por el cuerpo y un soberbio chinchón. Este último es, sin duda, el de mayor cuidado… Dejad que os aplique el remedio…

No bien estiró la mano, cuando el capitán —sacando fuerzas de flaqueza y como si hubiese visto al mismísimo demonio— le propinó un manotazo tan grosero como violento, despojándose de ella con horror. Haciendo de tripas corazón, logró sostenerse en pie y echó a andar precipitadamente hacia la puerta, huyendo de su cónyuge:

—¡Cabo!… ¡Cabo de guardia! —gritaba fuera de sí. Acudió el subordinado al instante, cuadrándose con respeto: —¡Ordene usted, mi capitán!

—¡Sacad de aquí a esta mujer sin dilación! ¡Sacadla, que me quiere envenenar! ¡Me quiere matar!— El cabo, con los ojos vueltos como platos y la boca abierta de par en par, no lograba atar ni desatar ante tamaña escena: —Pero, capitán… sí es doña Consuelo, su digna esposa… ¿Cómo pretendéis que ejecute semejante orden? —¡Saca a esa bruja de mi presencia al momento! —bramó el capitán echando chispas por los ojos—. ¡Es una orden, bribón, y ay de ti si no la cumples!—.

Continuará…

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Etiquetas: HISTORIALA APUESTA DE ECALAnarración

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