Mtra. Regina Gómez Chico Emmelhainz
Directora Académica de Formación Integral
Universidad Anáhuac Querétaro
Acompañar a jóvenes universitarios me ha enseñado que una mirada auténtica y una presencia plena pueden cambiarle el rumbo a alguien. Lo he visto suceder muchas veces: un joven llega cansado, callado, casi ausente, y algo empieza a despertar en él simplemente porque alguien lo miró de verdad, sin prisa por resolver nada. Este año, cuando la Universidad Anáhuac de Querétaro cumple veinte años, pienso que si algo hemos querido sostener durante dos décadas es justamente esto: que acompañar sea nuestra forma de formar personas, no solo profesionistas. Pero esa mirada suele toparse con algo que no se nota a simple vista: una soledad profunda, la de vivir rodeado de gente, un campus lleno, la pantalla que nunca se apaga, planes de fines de semana y sentir, por dentro, que nadie sabe cómo estás realmente. Jóvenes llenos de una vida social que parece completa, cargando en silencio un vacío que jamás le han contado a nadie, porque no encuentran el momento, ni la confianza, ni alguien que se los pregunte.
Ese vacío casi nunca se llama por su nombre. Se disfraza de cansancio, de “estoy bien” repetido con demasiada frecuencia como para ser del todo cierto. Pero debajo hay, muchas veces, dolor real: la sensación de no encajar, el miedo a decepcionar, la pregunta que no se atreven a hacer en voz alta sobre si su vida tiene algún sentido más allá de cumplir con lo que se espera de ellos. Es un sinsentido silencioso, que no grita, pero que pesa.
Esa mirada no es atención superficial, sino la que se detiene, escucha sin apuro y sin juzgar, y le hace saber a alguien: veo tu cansancio, veo tu duda, y sigues importándome igual. Sonia González Iglesias, en su libro Acompañar y ser acompañado, lo nombra el poder transfigurador de la mirada: la forma en que un adulto mira a un joven no es neutra; puede confirmarlo en la imagen más pequeña de sí mismo o ayudarlo a intuir una versión más plena de quién es. Cuando un joven experimenta eso, quizá por primera vez, algo se mueve por dentro. La soledad no desaparece de golpe, pero dejar de sentirse invisible ya es el inicio de la esperanza.
Y la esperanza, cuando aparece, cambia todo. Benedicto XVI escribió en su encíclica Spe Salvi que quien tiene esperanza vive de otra manera. No la esperanza ingenua de que todo saldrá bien sin esfuerzo, sino la esperanza concreta de que la historia de alguien todavía se está escribiendo, de que el dolor de hoy no tiene la última palabra sobre el mañana y de que un error, o una caída, puede abrir una puerta a un nuevo comienzo. Acompañar es sostener la esperanza mientras el otro todavía no puede sostenerla solo, para que encuentre dentro de sí la respuesta que él solo puede encontrar.
Acompañar no es quitar el dolor ni imponerles un sentido ya hecho. Es una tarea más difícil: quedarnos cerca, mirar de verdad y confiar en que, dentro de cada joven, ya está germinando algo digno de esperanza.
Ese es el verdadero acompañamiento: sembrar esperanza justo donde alguien decide detenerse a mirar.






