El balón es caprichoso y suele botar donde se siente abrazado. Quizá por eso terminó a los pies del Ángel de la Independencia, un monumento construido para recordar una guerra que, muchos años después, se convirtió en el lugar donde México celebra el futbol.
Porfirio Díaz lo inauguró el 16 de septiembre de 1910, cuando se cumplieron cien años del inicio de la Independencia. Todo en el monumento fue pensado para ser solemne: el mármol, el bronce, los héroes alrededor de la columna y aquella figura dorada levantándose sobre el Paseo de la Reforma. Nació para recordar el Grito de Dolores, el llamado de Miguel Hidalgo y el comienzo de una lucha armada. Durante sesenta años cumplió con esa tarea. Hasta que llegó el futbol.
El 7 de junio de 1970, México derrotó 4-0 a El Salvador en el primer Mundial organizado en nuestro país. Al terminar el partido, algunos aficionados comenzaron a caminar hacia el Ángel. No hubo convocatoria ni alguien que señalara el lugar. Tampoco existían redes sociales o mensajes que pudieran reunir a miles de personas en unos minutos. Unos comenzaron a caminar y otros los siguieron. Así empezó todo. Qué simple y qué lindo.
Llegaron con banderas, camisetas y cláxones. Rodearon la columna, ocuparon la glorieta y continuaron ahí la celebración. El monumento construido para recordar el Grito de Independencia escuchó otro: “¡Viva México!”
Uno había convocado a las armas. El otro celebraba cuatro goles. El metal dorado no distinguió entre las dos causas y desde aquella tarde, el Ángel dejó de ser solamente un monumento. Se convirtió también en un punto de llegada. Cuando México consigue una victoria importante, el festejo parece dirigirse hacia él.
El Ángel es hijo del Grito, pero el futbol lo adoptó.
Lo curioso es que nadie decretó esa adopción. No fue una decisión del gobierno ni una campaña de la Federación. La gente escogió el sitio y lo convirtió en tradición.
A partir de entonces, el Ángel tuvo dos historias. Una aparece en los libros: la de Porfirio Díaz, el centenario de la Independencia y los héroes nacionales. La otra se cuenta a través de fotografías, partidos y recuerdos familiares: la de los aficionados subidos en la glorieta, las banderas ondeando sobre Reforma y los padres cargando a sus hijos para que alcancen a mirar.
La Independencia y el futbol no tienen la misma importancia. Una fue una guerra que cambió el destino del país; el otro es un juego. Pero los dos, sin pedirse permiso, sacaron a la gente de sus casas y la reunieron frente a la misma estatua dorada.
Ahí sigue el Ángel, con las alas abiertas sobre Reforma. Nació de un grito de guerra y el futbol le enseñó a celebrar los goles.
¡Viva México!





