Hay derrotas que se pueden maquillar con discursos. Otras aparecen escritas con números y resultan mucho más difíciles de esconder. Los resultados de PISA 2025, publicados esta semana por la OCDE, colocaron nuevamente frente al espejo al sistema educativo mexicano. Y la imagen que devuelve no es agradable: México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias, por debajo del promedio de la OCDE en las tres áreas. Apenas 30% de nuestros estudiantes alcanza el nivel mínimo de competencia matemática; en lectura y ciencias solamente lo consigue la mitad.
Dicho sin anestesia: siete de cada diez adolescentes mexicanos evaluados no alcanzan siquiera el nivel básico en matemáticas. En la OCDE, lo consigue 65%. No estamos ante una mala calificación escolar. Estamos contemplando el naufragio silencioso de una generación. Porque un país puede recuperarse de una recesión, reconstruir una carretera o corregir un déficit presupuestal. Lo que difícilmente puede recuperar son los años en que millones de niños debieron aprender a leer, escribir, calcular y razonar y no lo hicieron suficientemente.
Desde 2018, los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación emprendieron una transformación radical del sistema educativo. Se canceló la reforma anterior, se modificaron mecanismos de evaluación y se construyó la Nueva Escuela Mexicana, cuyo Plan de Estudios 2022 reorganizó el currículo alrededor de campos formativos, proyectos y comunidad. La SEP la presenta como una educación humanista, científica, inclusiva y contextualizada. El propósito puede sonar impecable. El problema aparece cuando confrontamos la retórica con los resultados.
PISA funciona entonces como ese incómodo termómetro que el enfermo quisiera romper porque no le gusta la temperatura. Matemáticas dejó de presentarse como asignatura independiente para integrarse en el campo de “Saberes y Pensamiento Científico”. El modelo privilegia transversalidad, comunidad y proyectos. Nada de ello es intrínsecamente negativo. Pero ninguna innovación pedagógica puede construirse debilitando los cimientos: primero hay que saber leer para interpretar el mundo; primero hay que dominar las matemáticas para transformarlo.
Una escuela que pretende formar conciencia antes de consolidar conocimiento corre el peligro de producir opinión sin argumentos. Y cuando los contenidos educativos comienzan a confundirse con las narrativas políticas del gobierno en turno, la educación deja de ser una ventana y corre el riesgo de convertirse en espejo: en lugar de permitir al estudiante mirar libremente el mundo, le devuelve solamente la imagen que el poder quiere proyectar. Ahí está la frontera entre educación y adoctrinamiento.
El artículo tercero constitucional no ordena formar simpatizantes de ningún proyecto político. Ordena impartir educación con base en el progreso científico, luchar contra la ignorancia y buscar la excelencia mediante el máximo logro de aprendizaje. La Constitución habla expresamente de matemáticas, lectoescritura, ciencia, tecnología e innovación. Y los números dicen que algo estamos haciendo profundamente mal.
Desde 2015, la proporción de estudiantes mexicanos por debajo del nivel mínimo aumentó trece puntos porcentuales en matemáticas y ocho en lectura. Casi no tenemos alumnos en los niveles superiores de desempeño matemático, mientras países como Singapur, Corea, Japón y varias economías asiáticas concentran porcentajes importantes de estudiantes capaces de resolver problemas complejos. Mientras ellos construyen laboratorios, nosotros discutimos narrativas. Mientras preparan ingenieros, científicos y programadores, nosotros parecemos conformarnos con administrar el rezago.
Es cierto que la crisis educativa no nació en 2018. También es cierto que PISA registra un deterioro internacional y que la OCDE advierte que parte del comportamiento mexicano está relacionado con la incorporación al sistema educativo de estudiantes provenientes de sectores históricamente marginados. Pero después de ocho años en el poder, Morena ya no puede seguir culpando eternamente al pasado. Gobernar significa hacerse responsable del presente. Existe además un nuevo depredador de la atención: la pantalla.
La OCDE advierte que el uso excesivo de dispositivos digitales está relacionado con peores resultados educativos. El teléfono celular se ha convertido en un intruso sentado permanentemente en el pupitre. A ello se suma la inteligencia artificial: 47% de los estudiantes mexicanos declara utilizarla para aprender al menos semanalmente; muchos recurren a ella para resumir textos o elaborar borradores. La IA puede ser una extraordinaria bicicleta intelectual, pero primero debemos enseñar a nuestros niños a caminar. Utilizada para evitar leer, escribir o pensar, deja de ser herramienta y se convierte en prótesis de una capacidad que nunca terminamos de desarrollar.
Por eso México necesita algo más que otra reforma educativa con nombre sexenal. Necesitamos recuperar la lectura, las matemáticas, la ciencia, la disciplina intelectual, la evaluación, el esfuerzo y el mérito. Necesitamos maestros mejor capacitados y respaldados, escuelas dignas, bibliotecas, laboratorios y políticas públicas medibles. Y necesitamos enseñar a utilizar la tecnología sin permitir que la tecnología termine utilizando a nuestros niños.
La desigualdad más peligrosa del siglo XXI no será solamente entre quienes tengan dinero y quienes no. Será entre quienes sepan pensar y quienes dependan de otros —o de una máquina— para hacerlo. PISA acaba de encender una luz roja en el tablero nacional. El gobierno puede discutir la metodología, cuestionar las comparaciones o buscar explicaciones. Pero apagar la alarma no apaga el incendio. México no está simplemente reprobando una prueba internacional. México está reprobando a sus niños.







