¡Válgame la providencia, amables lectores y compatriotas míos! ¡En qué tiempos tan turbios y aciagos nos ha tocado vivir! Si el mundo no fuera un continuo teatro de discordias; más el deber de la pluma es denunciar la mengua de las virtudes y el desorden de los hombres en esta patria nuestra, tan atribulada por propios.
Acomódese el discreto lector, que habré de referirle lo acaecido en aquel funesto 26 de febrero de 1863, en la capital de México.
La nación entera se hallaba con el agua al cuello, pues las águilas del ejército francés avanzaban a pasos agigantados, tragándose la mitad de la tierra nahua. El erario, ¡ay!, no era más que un saco roto, incapaz de costear la defensa de la patria contra las bayonetas galas. Viéndose acorralado y precisado de dineros, una vez más, Don Benito Juárez asestó el golpe definitivo a la iglesia, de dónde surgió él, decretando la Extinción de las Comunidades Religiosas.
En Palacio Nacional no había sosiego. Se fijó el perentorio término de ocho días para poner en marcha la ley, temiendo a cada minuto que los apasionados del partido contrario alzaran el pendón de la revuelta. En estas cavilaciones se hallaba el ilustrado Don Juan Antonio de la Fuente, hombre bien acicalado en barba y bigote a la usanza de los sabios de la época, quien, alarmado, decía al presidente: —Señor, las órdenes han sido despachadas por doquier. De los frailes y religiosos nos hemos deshecho sin gran desorden, pero despojar y desalojar a las monjas… ¡eso sí que pondrá los ánimos en un hervidero!— A lo que respondió Juárez con adusto semblante:
—Entiéndalo, licenciado: si no fuera por la extrema necesidad del tesoro público para la guerra, jamás apelaría a tal arbitrio. Más fijad la mirada en Querétaro; allí, en el convento de las clarisas, residen las hijas de las familias más opulentas del conservadurismo. Esos mismos caballeros son los que financian la rebelión en nuestras espaldas. Si no cortamos el mal de raíz y nos apoderamos de sus riquezas, la marea francesa se tragará la república entera.
Decía De la Fuente que los franceses ignoraban la inmensidad del territorio, pero Juárez, levantándose de la silla, tomó su catalejo y escudriñó el horizonte en dirección a los volcanes de Puebla, murmurando con la mente acongojada: —¿Acaso resistirá Puebla un segundo embate?—
25 de marzo de 1863 en la muy noble ciudad de Querétaro.
Tras los tumultos y el alboroto de la víspera, entre el gobernador y los acaudalados de la ciudad, la tranquilidad se negaba a sentar plaza. Tropas provenientes de Celaya y San Juan del Río entraban a trompicones a la mitad de la noche. Un silencio sepulcral reinaba en las calles, de esos que presagian el caos.
Con las primeras luces del alba, el engrudo fresco cubría los muros de cantera rosa. Los panfletos que antes acusaban a los liberales de la invasión, aparecían ahora tapados por el tremendo Decreto: Extinción de las Comunidades Religiosas.
Más como el vulgo en este país padece de la triste enfermedad de no saber leer ni la “o” por redonda, la multitud agolpada comenzaba a murmullar sin entender la causa de las nuevas leyes. Entretanto, el portero del claustro de las clarisas corrió despavorido hacia la pesada puerta de hierro de la Segunda Orden Franciscana del Real Monasterio de la Purísima Concepción de Santa Clara. Con las manos temblorosas y la voz entrecortada, gritaba al tiempo que sacudía las aldabas: —¡Abrid, hermanas! ¡Abrid por amor de Dios, que nos alcanza la desgracia! — Salió a recibirlo con enfado la Abadesa, Sor María de Jesús Escalante, reprochando con rigor el desatino:
—¿Qué imprudencia es esta, hombre insensato? —mientras abre la elegante reja de curvilíneos hierros forjados— ¿A qué viene tanto alboroto a horas tan devotas? — Más el mozo, lejos de responder con palabras, le puso en las manos una de las hojas impresas arrancadas del muro. Apenas los ojos de la Mente Santa recorrieron aquellos renglones, las rodillas se le doblaron, el aliento se le fue al foso y, tras un suspiro agónico, ordenó tocar a misa de arrebato.
¡Y válgame Dios! No bien comenzaron a doblar broncíneas las campanas, la ciudad entera se puso en pie, presagiando el trágico destino que la codicia, las guerras de partido y la ambición de los hombres habían traído sobre esta desgraciada tierra.
Tres batallones de liberales se abalanzaron rodeando la gran muralla del claustro. ¡Y qué espanto!, pues un horrendo cañonazo derribó el muro septentrional. El estruendo de las piedras y las astillas penetró con violencia en los delicados oídos de aquellas hermosas religiosas, mujeres de piel tersa como la porcelana y rolliza faz, a quienes la pesadumbre sorprendió cuando apenas se disponían a las fervorosas matinatas, vestidas tan solo con las blancas e inocentes prendas del descanso.
Al frente venía el temible capitán Sóstenes Antípides, hombre de harto agrio genio, quien con voz de trueno mandó a sus huestes: —¡Ah por los tesoros! ¡A la caza de toda damisela! ¡Sin clemencia! Nada de tomarlas por botín personal: serán separadas y contadas una a una. ¡Ponedlas en hilera! — La soldadesca, torpe y destituida de toda finura o educación, comenzó a empujar sin miramiento alguno lo mismo a venerables ancianas que a candorosas mozuelas, arrojándolas al patio principal que mira al frontispicio de la nave mayor.
¡Pero la tragedia no paró ahí, pues continuaron los cañonazos! Despertaba la ciudad con el sobrecogimiento de saber que, simultáneamente, se embestía el convento de las Capuchinas —aquellas santas mujeres que la piedad del Marqués de la Villa del Villar del Águila favoreció para traer el agua a estas tierras por el grandioso canal de arcadas rosas—.
Hacia allá marchaba el batallón de Celaya, a las órdenes del capitán José Eduviges Degollado, con la misma nefanda consigna de saquear y extraer a cuanta mujer hallasen. Un grave y retumbante cañonazo abrió una brecha en el muro de aquella fortaleza franciscana, más al irrumpir los soldados, ¡oh sorpresa!, no hallaron alma viviente. Encendido en ira, gritaba el capitán: —¡Buscad por todos los rincones, so pena de quedar por jumentos! ¿Cómo que no hay una sola moza? ¡Escudriñad hasta el último recoveco!—
Al ver semejante atropello en la ciudad de los violáceos atardeceres, los varones de las familias conservadoras, acostumbrados ya a las escaramuzas con los liberales, empuñaron las armas y salieron a hacer frente a los batallones, topándose con la mala suerte de que los soldados les superaban por cientos.
Apostados en los balcones, los vecinos comenzaron a disparar contra la tropa, la cual buscó parapeto en el propio convento, dejando a las pobres religiosas y sirvientas atrapadas en medio del mortífero fuego cruzado.
La angustiada Abadesa, intentando apaciguar los ánimos, hacía desesperadas señas hacia los balcones: —¡Parad, por piedad! ¡Parad! —, más la desgracia quiso que un disparo impío le atravesara la corva de la rodilla izquierda.

Como era de esperarse en un pueblo donde la pasión ciega al juicio, la ciudad entera se volvió un caos infernal. Mientras las familias pugnaban por rescatar a las mujeres y ponerlas a salvo en los zaguanes, los soldados alimentaban las cazoletas con apremio y reabastecían sus rifles, en la refriega de la lluvia de plomo.
Entre el estruendo que retumbaba por todos los barrios, el militar Sóstenes Antípides no salía de su asombro: a medida que sacaban mujeres de Santa Clara y Capuchinas, aparecían más y más celdas ocultas. —¡Esto es más que una fortaleza!—, exclamaba contrariado, justo cuando un valiente pelotón de treinta conservadores, acaudillado por los nobles señores de las familias Septién y González, irrumpía con las armas en la mano dispuesto a defender el santuario hasta el último aliento.
Los valientes, penetraron hasta el mismísimo cuerpo del templo principal. ¡Válgame la providencia, convertirse la casa del Creador en parapeto de milicia! Desde aquel sagrado reculadero, bien apostados en la altura, comenzaron a descargar una furiosa granizada de plomo sobre la tropa de los liberales.
Al sentir el rigor del fuego y ver cómo la gente del pueblo, llena de indignación y piedad, empuñaba las armas para defender a las santas vírgenes de Cristo, cundió el espanto entre la soldadesca. Despavoridos y sudando frío, acudían a sus cabos pidiendo cuenta del avance: —¡Mi capitán! ¡Que la población entera se ha levantado en armas! ¿Qué hacemos?
A lo que el capitán, cobrando un brinco de coraje y sin atender a la piedad, les gritó con
desatino: —¡Cobardes! La orden del mando es sacar a las mujeres y la cumpliremos, aunque se hunda el mundo. ¡Atended a mi voz! Al corte de tiros contáis hasta dos y saltamos al patio para ganar la huerta y los jardines… ¡Uno… dos… ahora! —.
¡Oh, desdichados! No bien hubieron dado tres pasos fuera de los pilares cuando les cayó encima una verdadera lluvia de balas, certera y vengativa. Cayeron unos rodando por los enlosados, echando la sangre por la boca; otros daban alaridos invocando a sus madres, mientras los matorrales del jardín, que antes solo conocieron el perfume de las flores y el murmullo de las oraciones, se teñían con la púrpura de la guerra liberal.
Sóstenes Antípides picó espuelas a su cabalgadura y voló a escape hacia la ciudad conventual de Capuchinas, Al llegar a aquel recinto, halló a la tropa atónita, pasmada e inmóvil, contemplando las celdas vacías como quien ve visiones. Era del todo imposible que las piadosas mujeres rezanderas hubiesen recibido aviso de escape. ¡Allí había gato encerrado, y de los gordos!
Deslizándose con sigilo de ladrón nocturno, se adentró en el último y más recóndito rincón de aquellos sagrados aposentos. Apagó el resuello, aguzó el oído hasta el paroxismo y creyó percibir un tenue y constante murmullo acuoso que corría por las entrañas del piso. Cavilaba el militar sobre la lógica de la antigua acequia que le comentaba su esposa Consuelo Olguín, aquel canal subterráneo que socorría de agua a la ciudad mucho antes de que la piedad del Marqués levantara la soberbia arcada que hoy admiramos.
¡De pronto un cañón de rifle se posó en su nuca! Sintió el helado del hierro. Continuará…

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