Una semana. Ni siquiera necesitaron más.
La famosa unidad de Morena en Querétaro salió muy bonita en la fotografía. Todos juntitos, todos sonrientes, todos convencidos de que Santiago Nieto había ganado y que ahora sí comenzaba la reconciliación.
Pues no. Resultó escenografía.
Gilberto Herrera fue el primero que olió algo raro. No levantó la mano, no corrió a reconocer a Santiago como su nuevo jefe y mucho menos se formó para recibir premio de consolación. Le dijeron ardido, resentido, mal perdedor. Puede ser. Sigue allá en la sierra, lamiéndose las heridas y sin reconocerlo.
Pero ocho días después empieza a aparecer una posibilidad bastante incómoda: a lo mejor Gilberto sabía perfectamente por qué no debía entregar la plaza tan rápido.
Porque Santiago ganó y tenía una tarea relativamente sencilla: recoger los pedazos. Hablar con Gilberto. Tenderle un puente a Ricardo Astudillo. Cuidar a quienes lo ayudaron. Dejar respirar a Luis Humberto Fernández y empezar a comportarse como el jefe de una coalición, no como vencedor de una guerra tribal.
Y entonces habló Bety Robles.
Qué necesidad.
El Verde decía que faltaba una medición. Todavía podían discutirla, negarla, negociar otra cosa, inventarse una salida elegante y terminar todos abrazados en cualquier restaurante de postín.
Pero a Bety le urgió el aplauso.
Abrió la boca, repartió lugares, empequeñeció a Astudillo y prácticamente explicó que volverlo a medir era perder el tiempo porque Santiago le ganaría otra vez.
Hay gente a la que sus enemigos le construyen problemas. A otros les basta su propia gente.
Lo que Bety pretendió como demostración de lealtad terminó cayéndole a Astudillo como anillo al dedo. Si quería una puerta para largarse de la negociación, se la abrieron. Si necesitaba un agravio, se lo envolvieron. Querían humillarlo y terminaron dándole libertad.
Y luego vino San Juan del Río. Ahí aparece el primer sacrificado.
Edgar “El Güero” Inzunza se aventó la campaña de Santiago como paje fiel. Caminó, organizó, puso gente, hizo eventos, defendió al jefe, cargó con lo que había que cargar y hasta las chelas le abrió.
No le duró ni ocho días la luna de miel.
Alfonso Ramírez Cuéllar apareció en un video con Rosy Sinecio, la puso bajo el reflector, habló de ganar San Juan y dejó el mensaje escrito donde tenía que quedar: “acompañamos a nuestros compañeros, Santiago Nieto y Rosy Sinecio”.
Dos nombres. Ninguno era el del hombre que caminó ese municipio.
Y ni siquiera fue a espaldas del jefe. El jefe estaba sentado en esa mesa.
Y si finalmente el género termina definiendo esa candidatura, se acabó la discusión: al Güero le habrán vuelto a aplicar la misma.
Gracias por participar.
Y a ver ahora cómo lo procesa Alex Pérez.
Porque Alex también puso la cara, salió a pelear, agredió periodistas en redes, se metió en broncas judiciales y terminó haciendo buena parte del trabajo incómodo que otros necesitaban. El problema de convertirse demasiado rápido en soldado de alguien es descubrir después que uno estaba peleando una guerra en cuya mesa de reparto nunca tuvo silla.
El Güero puso territorio.
Alex puso el pecho.
Y las candidaturas las pueden terminar poniendo otros.
Mientras tanto, Luis Humberto observa. Y quizá ésa sea la jugada más inteligente de todas. No meterse a la pecera de pirañas, no pelear gratuitamente, no quemar puentes y conservar interlocución cuando todos los demás parecen empeñados en volarlos.
Por eso, después de esta primera semana, uno vuelve inevitablemente a Gilberto.
Quizá se equivocaron el Güero, Alex Pérez y todos los que corrieron demasiado rápido a ponerse del lado del vencedor.
Quizá el viejo gruñón que no quiso darle la mano fue el único que entendió antes cómo venía el reparto.
Qué bonita había quedado aquella fotografía.
Todos abrazados. Todos contentos. Todos sonriendo.
Ahora Astudillo está agraviado, Gilberto sigue afuera, al Güero ya le mueven la silla, Alex Pérez tendrá que revisar de qué lado quedó parado y Bety convirtió una negociación en campo minado.
Entonces uno mira otra vez la foto y finalmente entiende el truco.
La unidad era pintada.
Y, por lo visto, la sonrisa también.
Lo único que sí parece auténtico es lo que empezó después: la feria de las traiciones.
Colofón
Y ya que andamos leyendo fotografías, hay que leer también los pies de foto.
En esa misma postal de San Juan del Río, entre el reparto de sillas, Alfonso Ramírez Cuéllar dejó escrito el guion de Morena rumbo a 2027: “un estado con agua, seguridad, inversión y empleo”.
Ahí enseñaron los dientes. Y de los cuatro, tres se les caen solos.
Con seguridad no van a ningún lado: a Santiago ya le rebotó ese discurso cuando salió a hablar de cárteles, DEA, mentiras y Harfuch le contestó desde la mañanera que no tenía conocimiento de ese cártel en el estado. Con inversión, menos. Y el empleo se les revierte solo, porque el problema queretano no es que falte trabajo, es que llega más gente de la que alcanza a acomodarse.
Queda el agua. Ahí sí van a pegar, y duro.
Que quede escrito desde hoy: la próxima campaña de Morena en Querétaro se va a hacer con una cubeta en la mano. Tandeos, pipas, pozos, recibos. Ahí van a poner el dinero, los videos y las brigadas.
Enseñaron los dientes antes de tiempo. Y en la misma foto donde se les cayó la unidad, se les cayó el guion.
De nada, asesores.
A chambear.






