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¿Cómo se despide a alguien que ya es eterno?

Juego Profundo

por Salvador González
4 septiembre, 2026
en Editoriales
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Era 1993, yo tenía 12 años. México jugaba por primera vez en Sudamérica. Sorprendente y contundentemente llegó a la final, la perdió, contra Argentina. Y desde ahí, la albiceleste se le aparece a México en los partidos que duelen, la semifinal de la Confederaciones 2005, los octavos de Alemania 2006 y Sudáfrica 2010, la semifinal de la Copa América 2007 y, muchos años después, Qatar 2022. Cambian los jugadores, los técnicos, los uniformes y hasta nuestra manera de mirar el futbol, pero siempre termina igual, Argentina sigue y México se queda. Algunas veces estuvimos cerca, noches donde por fin la historia podía escribirse distinto; otras, ni siquiera alcanzó para imaginarlo. Por este y otros motivos, no le tenía cariño a esta selección.

Nunca le fui a Argentina. De hecho, durante muchos años quise que perdiera. Nunca tuve una razón para querer que Argentina ganara, hasta que apareciste tú y, sin darme cuenta, comencé a sufrir partidos que antes me habrían dado lo mismo.

No me hice argentino ni sentí esa camiseta como mía. Simplemente quería que ganaras, y con los años empecé a querer especialmente que fueras campeón del mundo. Quizá porque después de verte hacer tantas cosas con una pelota parecía injusto que tu historia pudiera terminar con ese espacio vacío, con esa deuda que algunos insistían en cobrarte como si todo lo demás no hubiera sucedido.

Cuando finalmente levantaste la Copa sentí una alegría difícil de explicar. Me conmoví, de verdad. Era una alegría prestada, porque Argentina seguía sin ser mi selección, pero también era profundamente mía porque llevaba muchos años esperando verte en ese momento. Supongo que se parecía a la felicidad que sentimos cuando a alguien que queremos le sucede por fin aquello que llevaba demasiado tiempo buscando.

Ahora que te despides de Argentina descubro algo todavía más extraño, no me duele en absoluto que te despidas de tu selección, me pesa saber que ya no podrás ganar más cosas con esa camiseta. Pero también sé que pedirte algo más sería un exceso.

Ganaste el Mundial, la Copa América, Champions, Ligas, Balones de Oro y tantos partidos que nuestra memoria ya no sabe cómo ordenarlos. Hiciste goles de los que no solamente recordamos la jugada, sino también dónde estábamos, con quién vimos el partido o a quién buscamos después para preguntarle si había entendido lo que acabábamos de ver. Ganaste prácticamente todo lo que un futbolista puede ganar y, sin embargo, una parte de nosotros todavía quisiera dejarte alguna copa pendiente, alguna final por jugar, cualquier pretexto que nos garantizara un poco más de Messi. Quizá ahí está la tristeza de esta despedida, no en lo que faltó, sino en saber que ya no falta nada. Que ironía.

Durante muchos años siempre hubo algo esperándote más adelante: cuando no era una Champions, era una Copa América; cuando no, aquel Mundial que parecía empeñado en no llegar. Siempre había un mañana para Messi, y esta tristeza, en el fondo, nunca fue solo de futbol: era del tiempo, sobre todo del nuestro. Mientras tú crecías, nosotros también lo hacíamos: algunos te conocimos siendo jóvenes y ahora tenemos hijos que te vieron campeón del mundo. Cambiamos de trabajos, de casas, de sueños; llegaron personas, se fueron otras, vivimos domingos buenos y malos, y durante todos esos años tú seguías apareciendo en alguna cancha, con la pelota cerca del pie, dándonos la absurda tranquilidad de pensar que ciertas cosas podían durar para siempre.

Por eso se nos está acabando Messi y cuesta aceptarlo. Cada vez quedan menos partidos, menos goles y menos ocasiones de mirar una alineación buscando tu nombre. Algún día llegará ese domingo extraño en el que haya futbol en Barcelona, Buenos Aires, Miami y cualquier otro lugar del mundo, pero tú ya no estés jugando en ninguna parte. Seguramente el balón seguirá rodando y aparecerán nuevos jugadores extraordinarios, porque el fútbol siempre encuentra la manera de continuar, aunque nosotros sepamos que no será exactamente lo mismo.

Argentina también seguirá. Tendrá otro diez, otros capitanes y algún niño que dentro de unos años haga levantarse a un país entero de sus asientos. Pero qué dichosa fue esa selección y este país por haberte tenido, por verte llegar casi siendo un niño y acompañarte mientras aprendías a cargar con derrotas que parecían únicamente tuyas, mientras te repetían que no sentías la camiseta, que no eras Maradona, que te faltaba carácter. Te fuiste una vez, regresaste y seguiste intentándolo hasta terminar abrazado a la misma Copa que durante tantos años utilizaron para explicar lo que supuestamente te faltaba.

Y quizá por eso yo, que nunca le fui a Argentina, terminé queriendo que ganara por ti. No sé si existe una medida para algo así, pero conseguir que alguien quiera la victoria de una camiseta que nunca sintió suya también debería contar entre tus conquistas.

Ahora podría darte las gracias por los goles, por las noches imposibles o por todas aquellas veces que me hiciste buscar a mi mejor amigo después de un partido solamente para decirle: “¿Viste lo que hizo Messi?”. Porque sin saberlo fuiste acompañando una parte de nuestras vidas. Nosotros creíamos que solamente te estábamos viendo jugar al futbol y resulta que también estábamos guardando recuerdos. Por eso un gol tuyo puede devolvernos de pronto a una casa en la que ya no vivimos, a un amigo que hace años no vemos o incluso a alguien que ya no está, como mi papá o a los años que viví en Madrid y te vi hacer del Bernabéu tu patio de juegos. Tal vez ésa sea una de las formas más extrañas y lindas de la eternidad, permanecer en la memoria de personas cuya vida nunca conociste.

Los futbolistas se retiran y nosotros envejecemos, pero algunas noches quedan guardadas en un lugar donde se siguen jugando en presente. Tú estás en muchas de las mías y seguramente en las de millones que algún día podremos decir que tuvimos la fortuna de habitar el mundo mientras Messi jugaba. Tan es así, que una noche tuya forma parte de mis mejores noches en Madrid en el 2011.

Por eso quizá estamos formulando mal la pregunta cuando pensamos en tu despedida. ¿Cómo se despide uno de Messi?

Como todas las cosas en la vida, las vivimos sin saber que es la última vez, como tu último gol con tu Selección ante Egipto en los octavos de final del Mundial 2026. Afortunadamente seguirás jugando un ratito más en Miami, hare el esfuerzo por ver la mayor cantidad de juegos que pueda, ojalá tu último partido tarde, tarde mucho; porque no sé si se pueda despedir a alguien que ya pertenece a nuestros recuerdos, porque el último partido, cuando llegue, podrá ponerle fecha al final de tu carrera, pero no a todo lo que dejaste antes de irte.

Quizá por eso algunos futbolistas se retiran, mientras otros, simplemente, se vuelven eternos. A Messi podremos dejar de verlo jugar, pero nunca podremos dejar de haberlo visto.

Etiquetas: ArgentinachampionsMessiMUNDIAL

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