4 de noviembre de 1862, Casona de la familia Olguín.
El capitán Sóstenes Antípides es un liberal de pura cepa, de esos que por desgracia abundan en nuestros azarosos días: hombres arrastrados por una ciega muina contra la Iglesia católica, como si el albergar tan ponzoñoso rencor en el pecho sirviera para otra cosa que para amargar la propia alma.
Sóstenes, desde los aciagos tiempos de la invasión norteamericana, consagró su ímpetu desde niño a la carrera de las armas. Quiso el destino que templara su acero en el asalto al Castillo de Chapultepec, batiéndose con denuedo al lado de sus malaventurados camaradas, niños apenas, cuya única instrucción militar era tan tierna como sus pocos años.
A diferencia de sus condiscípulos en aquel trágico año de 1847, Sóstenes no compartía la flaqueza de andar suspirando por las doncellas de alcurnia y copete que cada domingo engalanaban el castillo con sus risas, buscando granjearse el afecto de algún gallardo cadete.
No sé si lo ignoras, amable lector, pero aquellos muchachos de Chapultepec, que aún conservaban en sus rostros la candidez de la infancia, al egresar de aquel Colegio Militar obtenían el grado de subteniente, ya en el ramo de geógrafos, de armas, o en el de Estado Mayor; gracia que a muchos encandilaba el juicio antes de tiempo.
Más nuestro Sóstenes, cómo toro de miura, descolló sobre la medianía. Fue un mozo favorecido con el despacho de Subteniente Interino cuando apenas cursaba el segundo año de instrucción; distinción que le vino dada, a no dudarlo, tanto por la urgencia de oficiales que defendieran la patria frente a la rapiña extranjera, como por su propio talento para la guerra ¡Frío y calculador!
Tan prematuro laurel, regado con la sangre de la patria, le granjeó el respeto de sus pares y la ciega devoción de sus soldados en las sangrientas refriegas que más tarde asolarían la nación durante la Guerra de Reforma.
¡Ay de la condición humana, mudable por naturaleza! Los rigores del tiempo y el hollín de las batallas lo han transformado en un verdadero buitre de la cañada. Su mirada, antes limpia, es hoy una espada de dorados filos; sus ojos purpúreos delatan una pasión reconcentrada; su hablar es recio, tonante y despótico. Su diestro manejo de las armas y la inflexible presteza con que ejecuta las órdenes más despiadadas le han valido ser el brazo derecho y el hombre de confianza del mismísimo general José María Arteaga.
De aquel infante de mirada ingenua y febril patriotismo, la guerra no ha dejado sino un truhan implacable, cuyo pecho arde en un odio liberal contra la Iglesia y contra todo aquello que huela a incienso y sacristía.
¡Y con qué letal y espantosa efectividad se erigió en el más cruel ejecutor de las leyes de exclaustración! No hubo convento que su mano no profanara ni llanto de fraile que conmoviera su empedernido corazón.
No buscó Sóstenes el santo yugo del matrimonio con doncella alguna, no creía en él; el torbellino de la guerra, el estrépito del cañón y el constante trajinar al mando de las más aguerridas bayonetas del Ejército del Centro no le concedieron tregua ni sosiego para las dulzuras del hogar.
Poco o nada añoraba las glorias de la paternidad, pues habiendo tenido un progenitor violento y desalmado, no conocía más ley que la fuerza. ¡Y qué decir de los funestos ejemplos que contempló en sus superiores! Generales que, olvidados de la moral y las buenas costumbres, solo se ufanaban de ir sembrando bastardos y dejando hijos desamparados por dondequiera que marchaban sus banderas.
Pero las humanas necesidades, ¡oh lector amigo!, tuercen los caminos de los hombres, alterando sus costumbres sembrando de dolorosas zozobras y noches de vigilia los corazones más reacios.
Mientras estos profanadores reformadores cavilan entre sombras el modo más eficaz de ultrajar a la Iglesia católica —ya sea derribando con saña los muros conventuales, entregando a las llamas sus sagrados retablos, despojando los altares de sus ricos cálices y copones, o profanando con osadía lo más sagrado de la fe—, en los rincones más oscuros de la noche, bajo el pálido y cómplice reflejo de la luna, el remordimiento o el tedio los asalta.
Es entonces cuando, para acallar la voz de la conciencia, vuelven los ojos y remozan aquellas lecturas de la literatura francesa, colmadas de máximas libertinas que han trastornado tantas cabezas en nuestro siglo.
Mas, ¡mirad qué extraña contradicción!, aun en esos pechos de roca se abre paso el anhelo natural de hallar la paz en el seno de una familia, suspirando en secreto por un tálamo febril que, lejos de la santa y cristiana tradición de nuestros mayores, no busca sino el desahogo de caricias impropias, hijas del capricho y de una libertad mal entendida.
¡Válgame Dios, y qué lastimoso espectáculo ofrece a nuestra consideración la depravada conducta de los liberales militares sin freno ni temor del fuego del infierno!
Ved aquí cómo se ha cansado al fin el capitán Sóstenes Antípides de aquellas noches de oprobio en las que, abusando de su despótico mando y de la fuerza de sus brazos, pretendía arrancar por el rigor y la violencia el fingido afecto de alguna infeliz moza. ¡Insensato!, como si el verdadero amor pudiera florecer entre las cadenas del miedo.
Se entregaba este desalmado a la vil tarea de robar besos ultrajantes y propinar caricias que no hacían sino lastimar y ultrajar la honestidad de la moza de azabaches cabellos, en una incesante y desesperada lucha de la infeliz criatura por defender su pudor y no dejarse mancillar por tan hediondo ser.
¡Una soberbia bofetada, propinada por la mano del capitán estalla en el rostro de la joven de acanelados matices! haciéndole brotar copiosa sangre de las narices. Para aquel infame, la idea de ser romántico no era convertir el agravio en los dulces versos del poeta Fernando Calderón, sino transformar su intelecto en un arma de seducción que quema como fuego lento y devorador, la marrón piel de la desdichada, que se ve irremisiblemente violentada.
¡Y así, para eterna afrenta de nuestra desdichada vida, se repetía la misma trágica escena cada noche bajo el cielo del cuartel liberal queretano! Los hombres que tienen la obligación de salvar la patria, mancillan a sus mujeres, seno de héroes.
—¡Capitán…! ¡Mi capitán! —resonaba con imprudente sorpresa la áspera voz del sargento al otro lado del portón, interrumpiendo el silencio del aposento donde el capitán Sóstenes Antípides daba rienda suelta a sus pasiones.
Sacudido por la importuna llamada, el militar apartó de sí con brusco desdén a la infeliz moza, que aún sollozaba en un rincón cubriéndose el rostro con sus manos temblorosas —¿Qué carajos quieres? —bramó Sóstenes, destilando veneno por la boca—. ¡Os tengo dicho mil veces que no oséis perturbarme cuando me hallo en mi hora de descanso! —Disculpe, mi señor —repuso el sargento con tono sumiso y temeroso de desatar la cólera de su superior—, pero traemos ya a los prisioneros que nos previno conducir ante su presencia…
—¿Los de la boda? ¿A todos habéis aprehendido? —inquirió el capitán, cuyos ojos purpúreos brillaron con una luz maliciosa —Sí, mi capitán, tal y como lo dispuso vuestra merced. ¡No ha quedado alma libre de cuantas participaron en ese rito clandestino!
—¡Excelente! —exclamó el infame con una sonrisa de triunfo—. ¡Llevadlos al punto a las mazmorras y aseguradlos bien! Bajaré a tomarles cuentas en un momento—.
La mazmorra de aquella suntuosa casona, que la turbulencia de la guerra había convertido en cuartel militar, no era en verdad ningún calabozo improvisado. Un vasto y lúgubre aposento que en mejores tiempos sirvió de caballeriza a los señores, llevaba ya luengos años haciendo las veces de tétrico encierro para los infelices que caían en desgracia.
Allí, ¡oh benévolo lector!, la higiene jamás osó presentarse como invitada; antes bien, los rastros de sangre de antiguas víctimas aún manchaban las paredes y el suelo, despidiendo una peste insoportable y mortecina.
Seis estrechos separos, formados por gordos y toscos barrotes de hierro forjado a golpe de martillo, componían aquella improvisada, pero eficacísima penitenciaría de la ciudad.
Por tan abominable recinto, en las atribuladas maniobras de la exclaustración y persecución de los religiosos, habían desfilado amontonados y sin distinción de clases lo mismo facinerosos de la peor ralea, asesinos sin entrañas, que respetables frailes, curas doctrineros y humildes legos cuyo único delito era vestir el santo hábito.
Y junto a ellos, para mayor escarnio, padecían también los infaltables borrachines de plazuela y esos raterillos de tintero que, por desgracia y moda del día, infestaban las calles de la ciudad sembrando el desorden.
No bien hubieron asegurado a los desdichados cautivos, el capitán Sóstenes Antípides, luciendo un uniforme de capitán tan lustroso que parecía insultar la condición del lugar, se dignó bajar a las profundidades de aquel separo.
Comenzó a pasearse con lento y amenazador paso por detrás, allí se encontraban, de hinojos sobre el inmundo suelo, la desolada novia, doña María Luisa Olguín, y su esposo, el joven Septién; los atribulados padres de entrambos; las seis tiernas hermanas que habían logrado aprehender en la confusión, y los hermanos varones del novio, el joven Manuel.
Al lado de tan patético grupo, manteníase enhiesto el sargento, con el fusil al hombro y el ceño fruncido. Aquella luctuosa escena, ¡oh doloroso cuadro!, semejaba más bien el paso previo y necesario al cadalso que una reunión de prisioneros.
Con una parsimonia que helaba la sangre, tomó el capitán una silla de paja, la colocó justo delante del infeliz dulcero, don Felipe Olguín, y se sentó a su ancho, clavando sus purpúreos ojos en aquel desdichado, que se hallaba tuerto y cojo a resultas de las bárbaras torturas que los esbirros de Sóstenes le habían infligido en tiempos pasados, con el fin de arrancarle la confesión de sus alianzas con los frailes de la ciudad antes de la exclaustración.
Sacó entonces el capitán un cigarro de fuerte y penetrante aroma; lo encendió con uno de esos fósforos que parece se destrozan en los dedos, con fingida benevolencia lo colocó entre los trémulos labios del dulcero Olguín.
El cuitado lo aceptó con indecible pavor, pues bien recordaba su atormentada memoria que con tales muestras de aparente cortesía solían dar principio sus más crueles martirios. Acto seguido, encendió Sóstenes otro cigarro para sí, se acomodó de nuevo en el asiento, dio una larga y profunda bocanada, saboreando con deleite los fuertes tonos del tabaco veracruzano que le inundaba los pulmones, exhaló una espesa y azulada nube que flotó.
Miró luego de soslayo al sargento, quien, entendiendo la muda señal con diabólica presteza, se colocó detrás de la cabeza de don Felipe y colocó su arma.
—¿Conque no aprendiste la lección, cojo infame? —bramó Sóstenes, rompiendo el lúgubre silencio con su ronca voz—. ¿No te bastó, infeliz, el escarmiento que te dimos cuando nos visitaste la última vez? Decidme, mi señor don Almíbares, ¿es que no tuviste suficiente con ocultarnos si eras o no el conducto de los frailes para remitir sus caudales y sagrados metales hacia el puerto de Tampico?
Y volviéndose hacia su sargento con una mueca que pretendía ser burlesca, añadió: —Decidme, sargento, ¿no es este el mismísimo infeliz que, mientras el acero al rojo vivo le achicharraba el pie, nos juraba y perjuraba por todos los santos del cielo que jamás había prestado auxilio a los religiosos? — ¡Sí, mi capitán! —respondió al punto el sargento, cuadrándose con rigor—. Es el mismísimo —Y decidme también, mi sargento —prosiguió el tirano con fría crueldad—, ¿no es este pobre perro el que, cuando la bayoneta le atravesó la cara despojándolo de un ojo, negaba todavía con todas sus fuerzas haber auxiliado a esos encapuchados? —.
Por toda respuesta, el bárbaro sargento asió con violencia los pocos cabellos del dulcero, obligándole a echar la cabeza hacia atrás para que el capitán contemplara a su placer el rostro desfigurado de su víctima, mientras asentía de nuevo con un ademán tan mudo como despiadado.
—Así que ahora —prosiguió el capitán, alzando el tono con cínica gravedad—, con la plena certeza de que os hallabais celebrando una boda clandestina, en absoluto desprecio y omisión del juez del estado civil… que, por cierto, sargento —añadió mudando el semblante a una familiaridad chocante—, hace ya algunas lunas que no diviso a ninguno de esos leguleyos por estos contornos; más, en fin, esa es harina de otro costal y no hace al caso ahora…
Volviendo al punto de su airada increpación, continuó—: ¡además de cometer la osadía de consumar un rito proscrito por las leyes de la mismísima República, cuya transgresión se castiga con la pena sumaria del paredón de fusilamiento, sin necesidad de previo juicio, vais y lo ejecutáis en las mismísimas barbas de esta legítima autoridad! ¡Válgame Dios, don Felipe, qué soberbio cuajo e inaudito atrevimiento el de vuestra merced! Vaya pantalones—.
Dicho esto, extrajo con pausado cinismo otro cigarro de su chaqueta, disponiéndose a saborearlo —Esa falta de vuestra parte —tronó de improviso, alzando la voz con el fin de sembrar el espanto en aquellos atribulados corazones— no puede conducir sino al cadalso para todos y cada uno de los aquí presentes… — todos los hincados se miraban entre ellos con temor— …a menos, claro está, que el amable don Felipe Olguín tuviera a bien proponer un trato de mutuo provecho. Un trueque, digo, en el que… según miro por mis propios ojos…— En ese instante, desvió su lasciva mirada hacia una de las tiernas hijas del dulcero, que se hallaba hincada en el suelo deshecha en lágrimas, y con una mueca de la más infame villanía concluyó:
—…logremos hacer un tanto más relevante mi estancia en esta espaciosa tierra, la cual desde hoy ya la considero como mi propia casa, situada en esta que personas como vos insisten en llamar la muy noble y leal ciudad de Querétaro— Mientras al levantarse de la ajetreada silla, se acercó y pasó sus dedos por los caireles de una de las mozas hermanas de la novia.
Continuará…

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