Desde las laderas del volcán de Tequila hasta los bordes de la barranca del río Santiago, el agave azul dibuja un horizonte que parece construido a pinceladas. Son casi 34 mil hectáreas de cultivos que, vistas desde la distancia, forman una sucesión de líneas verde azuladas que trazan figuras geométricas sobre el contraste de la tierra rojiza, capaces de explicar siglos de historia agrícola, tecnológica y cultural.
Ahí conviven antiguas haciendas, destilerías, caminos que siguen las rutas abiertas desde el Virreinato, vestigios arqueológicos de la tradición Teuchitlán y un paisaje modelado por generaciones que encontraron en el agave una forma de habitar el occidente de México.
Esa es la imagen que el Comité del Patrimonio Mundial de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) decidió proteger el 12 de julio de 2006, cuando, reunido en Vilna, Lituania, aprobó por unanimidad la inscripción del Paisaje Agavero y las Antiguas Instalaciones Industriales de Tequila en la Lista del Patrimonio Mundial.
A 20 años de aquella decisión, el sitio enfrenta amenazas que entonces no se vislumbraban: el crecimiento desmedido del turismo, la falta de un presupuesto permanente, nuevas presiones sobre el territorio, el aumento de la inseguridad y la necesidad de fortalecer la gestión institucional para evitar reconstruir, una y otra vez, los acuerdos cada vez que cambian las administraciones. Todo ello obliga a replantear la forma en que se protege uno de los paisajes culturales más representativos de México.
Mucho más que campos de agave
La idea de la candidatura surgió a finales de la década de 1990, cuando la UNESCO comenzó a impulsar la figura del paisaje cultural, destinada a reconocer territorios moldeados por la interacción entre las personas y la naturaleza, relata Ignacio Gómez Arriola, perito del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) e integrante del equipo que elaboró el expediente.
“La declaratoria del Paisaje Agavero tiene sus antecedentes a finales del siglo pasado, cuando comenzó a reconocerse la figura del paisaje cultural. En la revisión que hizo la UNESCO alrededor del año 2000 encontró que esta categoría no estaba suficientemente representada. Ahí vimos un nicho de oportunidad”, recuerda Gómez Arriola.
Tras revisar distintos sitios, el equipo identificó que el paisaje de Tequila cumplía con los criterios internacionales y, durante casi cinco años, elaboró un expediente para demostrar el valor universal excepcional del territorio.
La inscripción no se limitó al cultivo del agave. La UNESCO reconoció un sistema donde conviven plantaciones históricas, antiguas fábricas y poblaciones como Tequila, Amatitán, El Arenal y Magdalena, así como los vestigios de la tradición Teuchitlán presentes en la zona arqueológica de Los Guachimontones. El valor del sitio radica en la continuidad de una tradición agrícola e industrial con más de dos mil años de historia.
La candidatura también marcó un precedente al incorporar desde el inicio un Plan de Manejo para garantizar la conservación del paisaje. Sin embargo, ese documento tardó casi dos décadas en adquirir fuerza jurídica. Fue hasta 2024 cuando se publicó en el Periódico Oficial del Estado con lineamientos para regular el crecimiento urbano, proteger el patrimonio arqueológico e industrial y coordinar acciones entre municipios, dependencias estatales y federales, así como organismos involucrados.
Para Violeta Ponce, jefa de Conservación y Restauración de la Dirección de Patrimonio Cultural de la Secretaría de Cultura de Jalisco (SCJ), la declaratoria no concluyó con la inscripción.
“El Plan de Manejo visibiliza el patrimonio cultural que existe en el territorio y plantea una serie de estrategias para consolidarlo. Después de la declaratoria se instaló la Comisión para la Conservación, Protección, Revalorización, Rehabilitación y Difusión del Paisaje Agavero, que es el órgano encargado de la salvaguarda del sitio”, explica Ponce.
Durante los primeros años posteriores a la inscripción, el Gobierno de Jalisco impulsó un proyecto estratégico que permitió ejecutar buena parte de las acciones previstas.
Con una inversión de 110 millones de pesos, se restauraron tres antiguas casonas para convertirlas en Centros de Interpretación en El Arenal, Amatitán y Magdalena; se construyeron tres miradores para apreciar el paisaje; se emprendieron acciones de mejoramiento de la imagen urbana y se elaboraron instrumentos de planeación para distintos municipios, además de programas de capacitación para impulsar estrategias de turismo sostenible y convertir a la región en un destino cultural.
Cuando el turismo dejó de mirar al paisaje
Hace 20 años, Tequila todavía no era el destino turístico que hoy recibe a miles de visitantes. Cuando se elaboró el expediente, el paisaje era, sobre todo, un territorio agrícola e industrial.
Sin embargo, la declaratoria modificó esa realidad y el reconocimiento internacional impulsó un proceso que transformó al municipio de Tequila en el segundo destino turístico más importante de Jalisco.
A principios de la década de 2000, la localidad recibía alrededor de 18 mil visitantes al año. Para 2019, la cifra había alcanzado el medio millón de turistas y, actualmente, el promedio anual ronda los 1.2 millones de personas, de acuerdo con datos de la Ruta del Tequila y estudios sobre el desarrollo turístico del municipio.
Ese crecimiento convirtió al patrimonio en un motor económico y turístico, pero también generó tensiones que no estaban previstas cuando se presentó la candidatura.
“Una de las cosas positivas de la declaratoria fue que generó un polo de atracción turística para el estado, pero tras la pandemia eso empezó a generar tensiones permanentes”, señala Ignacio Gómez Arriola.
La idea original consistía en distribuir el turismo a lo largo de toda la región mediante rutas culturales que conectaran Tequila con Amatitán, El Arenal, Magdalena, Teuchitlán y otros municipios, aprovechando los centros de interpretación, los vestigios arqueológicos, las antiguas haciendas y el paisaje agrícola.
Sin embargo, la realidad tomó otro rumbo y la pandemia modificó la dinámica. Durante los meses en que disminuyó la presencia institucional y se relajaron distintos mecanismos de vigilancia, comenzaron a consolidarse nuevas formas de ocupación del espacio público.
“El turismo que habíamos planteado como un turismo cultural terminó convirtiéndose, después de la pandemia, en un turismo etílico, corriente, hay que decirlo así: naco; el objetivo era que quien visitara el sitio se llevara conocimiento, historia y cultura, no una resaca”, abunda el experto en patrimonio.
Para Violeta Ponce, la respuesta no pasa por restringir el turismo, sino por ampliar las razones para visitar el territorio.
“La cultura puede equilibrar ese fenómeno. Si una persona llega al Paisaje Agavero y además conoce la zona arqueológica de Los Guachimontones, la historia de las antiguas destilerías, los centros interpretativos o el patrimonio de los municipios, entonces su experiencia cambia.
“Hay que fortalecer esos espacios y generar proyectos conjuntos para reactivar los centros interpretativos, de modo que el visitante encuentre mucho más que una experiencia asociada al **consumo de bebidas alcohólicas”, reconoce Ponce.
Presiones sobre el territorio
El turismo no es la única presión que enfrenta el Paisaje Agavero. En los últimos años aparecieron cultivos de invernadero dentro de algunas zonas protegidas, un fenómeno que encendió las alertas, según Ignacio Gómez Arriola y Violeta Ponce.
Aunque la superficie ocupada representa poco más de tres hectáreas dentro de una zona núcleo de casi 34 mil, el problema radica en el tipo de explotación agrícola que implica.
“Los invernaderos generan una explotación intensiva del agua y el uso de fertilizantes que terminan dejando inútil la tierra. No estamos hablando de una gran extensión, pero sí de un impacto importante”, explica Gómez Arriola.
El especialista aclara que el riesgo no pone en peligro la permanencia del sitio en la Lista del Patrimonio Mundial, pero sí representa una alteración incompatible con el carácter agroecológico del paisaje.
Para Ponce, la respuesta ha comenzado a construirse mediante la coordinación institucional.
“El Plan de Manejo regula precisamente las plantaciones dentro del territorio. Se detectó este foco rojo y tanto la Secretaría de Medio Ambiente como la Cámara Nacional de la Industria Tequilera comenzaron a trabajar en su ordenamiento”, recuerda.
El caso ilustra uno de los principales retos de un paisaje cultural: su conservación depende de decisiones cotidianas relacionadas con el uso del suelo, la agricultura, el desarrollo urbano y el medio ambiente.
“Es importante seguir trabajando con los municipios porque las administraciones cambian constantemente. La legislación existe y el desconocimiento no exime de la responsabilidad”, remarca Ponce.
Inseguridad: Asedio constante
Hay otra preocupación que no aparece en los mapas del patrimonio, pero que hoy forma parte de la conversación: la inseguridad.
Para Ignacio Gómez Arriola, los sitios inscritos por la UNESCO tienen una vocación que trasciende la conservación material.
“Todos los sitios del Patrimonio Mundial son espacios para la paz. Así está concebida la UNESCO: la cultura, la educación y la ciencia son herramientas para construir paz. Nos preocupa que aparezcan elementos que perturben esa condición”, advierte.
La violencia que afecta distintas regiones del país también alcanzó al Paisaje Agavero.
Uno de los episodios más visibles ocurrió con el Museo Nacional del Tequila, un edificio del siglo XIX que forma parte del patrimonio histórico y que permaneció cerrado casi un año después de haber sido ocupado por el entonces presidente municipal, Diego Rivera Navarro, quien impulsó obras de adecuación en el inmueble sin autorización del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
El inmueble fue recuperado tras una denuncia presentada por el INAH ante la Fiscalía General de la República. El proceso concluyó con el aseguramiento del edificio y su restitución para fines culturales; finalmente, reabrió sus puertas el pasado 5 de junio.
Sin embargo, el especialista advierte que la cultura, por sí sola, no puede resolver un problema estructural.
“La cultura puede aportar una parte de la solución, pero hay otras dependencias que necesariamente tienen que actuar con mayor fuerza. Si quieres un destino turístico, la seguridad es un requisito elemental”.
Patrimonio sin presupuesto
Si existe un tema que ambos especialistas consideran determinante para el futuro del Paisaje Agavero, ese es el financiamiento.
La paradoja resulta evidente. El reconocimiento de la UNESCO colocó a la región entre los sitios patrimoniales más importantes del mundo, pero ello no significó la creación de un presupuesto permanente para su conservación.
Durante los primeros años posteriores a la declaratoria, el Gobierno de Jalisco destinó alrededor de 110 millones de pesos para ejecutar el proyecto estratégico derivado del Plan de Manejo. Después llegaron algunos apoyos menores, pero esa partida desapareció del Presupuesto de Egresos hace casi 15 años.
“No basta con recibir el reconocimiento internacional. El verdadero reto comienza al día siguiente: ¿cómo garantizas que ese patrimonio llegue en buenas condiciones a las siguientes generaciones si no existe un presupuesto permanente?”, cuestiona Gómez Arriola.
El siguiente paso, considera el perito del INAH, debería ser la creación de una unidad de gestión operativa con un equipo permanente encargado de obtener recursos, dar seguimiento al Plan de Manejo y garantizar la continuidad de las acciones.
“Porque cada tres años cambian los gobiernos y hay que volver a explicar toda la historia desde el principio”.
A pesar de las tensiones y los desafíos, ambos especialistas coinciden en que el balance de estas dos décadas es positivo.
“Ya sabemos cuáles son nuestras fortalezas y también cuáles son nuestras debilidades. La siguiente tarea consiste en perfeccionar esos instrumentos para administrar mejor el territorio”, concluye Ponce.






