La semana pasada escribí sobre Peña Colorada y cerré con una idea que quiero retomar hoy. Cuando urbanizan un bosque no construyen casas, destruyen agua. Esa frase no es una metáfora. Es la descripción exacta de lo que le está pasando al subsuelo de este estado.
Querétaro se abastece sobre todo de agua subterránea, y esa agua se está acabando. Los acuíferos del Valle de Querétaro, de Amazcala y de Buenavista, que sostienen a la mayor parte de quienes vivimos aquí, ya no tienen volumen disponible para otorgar una sola concesión más. Están en déficit. Y déficit, en lenguaje llano, significa que cada año sacamos más agua de la que la naturaleza alcanza a reponer.
No estamos gastando el agua de hoy. Estamos gastando la de mañana. Extraemos de una reserva que tardó siglos en formarse y que no se rehace en una generación. El Valle de Querétaro, donde se concentra la mayoría de la población del estado, arrastra el déficit más grave. Sumados, los acuíferos queretanos deben ya más de doscientos cuarenta millones de metros cúbicos al año. Esa deuda no se paga con dinero. Se paga con pozos cada vez más profundos y con un futuro más incierto para nuestros hijos.
¿Y de dónde se recarga esa reserva? De los suelos permeables y de los cerros con vegetación que dejan que la lluvia se filtre en lugar de correr hacia el drenaje. De lugares como Peña Colorada. Por eso proteger un área natural no es un lujo ambientalista, es una decisión de supervivencia hídrica. Cada hectárea que se pavimenta deja de recargar el acuífero del que bebemos.
Aquí está el fondo que seguimos evadiendo. Discutimos el agua como si fuera un asunto de tandeos y pipas, cuando la verdadera conversación es otra. Estamos consumiendo un patrimonio que no se renueva al ritmo al que lo tomamos. Ninguna presa nueva nos salva si destruimos las zonas de recarga de lo que ya tenemos.
A las autoridades les toca ordenar el crecimiento en función del agua disponible, no al revés. Y a nosotros nos toca dejar de tratar el agua como un recurso infinito que sale mágicamente de la llave.
Querétaro creció de espaldas a su agua. Corregir ese rumbo es la tarea más importante que tenemos enfrente, y ya vamos tarde.







