La estancia es amplia y bien iluminada. La amueblan tres fúnebres sillones de cuero, un escritorio colmado de papeles y una infinidad de libros que, incómodos en la estantería, reposan plácidamente aquí y allá. No hay un rincón para sentarse ni siquiera para respirar. Espero empavorecido la presencia de quien, por lo que sé, habla poco, más bien inquiere lacónicamente y, dueño de afiladísima espada, decapita a la mayoría de sus visitantes. Pero quien aparece es una mujer madura, esbelta y de cabellos blancos y ojos radiantes, que me trata con desusada familiaridad.
Y antes de conocer a Carlos Monsiváis, conocí, por así decirlo a Esther, su madre. Y fue gracias a su impuntualidad, a la manía de esos seres que, como él, desdeñan los límites del tiempo y el espacio. Si mucho he de agradecerle a Monsiváis los regalos de su inteligencia y su coraje, a esa ironía que lo salva del colapso moral, no menos haberme permitido esos fugaces momentos con Esther y el gozo que me dio el vuelo de su grandeza -genética revelación de un ingeniero- que él interrumpía de tal modo que las perlas del collar que engarzaba aquella excepcional mujer rondaban por el suelo. Un día le pregunté qué esperaba de su hijo. “Que sea un buen escritor” , me respondió. ¿Era poco o mucho pedir? Tal vez poco, pues un buen escritor no es sino un artesano que ejerce dominio sobre su oficio, a no ser que creamos en “la singularidad mítica de su condición”, como diría Barthes.
Carlos Monsiváis ha llegado a ser algo más que un escritor, pues sus preocupaciones están allende la escritura. Evitando el lugar común no quisiera definirlo. Me quedo con el misterio que encierra el corazón de ese combatiente infatigable. A fin de cuentas, lo que ha sido y es, en toda su complejidad, está en aquel autorretrato que leyó en el “confesionario” del Palacio de Bellas Artes en 1965, el texto, recogido más tarde por Motriz en un volumen que lleva por título Los narradores ante el público, contiene deudas, admiraciones, críticas, autocríticas y, al final, un programa de vida, tan sencillo como difícil, al cual ha sido fiel, con la disciplina y el rigor moral con que creció. Su divisa: “crear y fortalecer el sentido crítico y el sentido del humor”.
Pero ¿quién con seriedad habla hoy de crítica cuando esa palabra se ha vuelto tan banal? Pues bien, él la redime desde una perspectiva minoritaria, lanzando sus disparos desde su poderosa nave de pirata que no cree en la sensiblería patriótica, desde la izquierda cuyas debilidades no deja de poner en relevancia, desde la otra orilla donde no caben la fe católica y el púlpito, la estrechez moral y la intolerancia, desde una inconformidad romántica indomable ante la insensatez. Así veo la crítica de este asceta que viste con desenfado, mal come, duerme poco, como si el cuerpo estorbara a sus intransigentes sueños de vivir con los ojos siempre abiertos.
Frecuencia la ironía y el humor como estrategia de combate; le vienen como anillo al dedo, por ser ágil y conciencia extrema. Si hemos de creerle a Jankelevich, la ironía es “jovialidad desesperada”: quien la cultiva la desespera con humor y bromea amargamente. Monsiváis se burla de los poderosos, de su hipocresía, de su satisfacción de cerdos bien alimentados, de su irremediable estulticia; pero le duele México. Detrás de su carcajada o confundiéndose con ella, ronronea, como uno de sus gatos, una lamentación erasmiana profundamente humanista. Por eso huye de la ironía cuando ésta muerde la frontera de la indiferencia y amenaza con devorar el compromiso, entendido no como atadura sino como determinación para actuar. No habita en él un ironista cabal, que bajo el manto del humor esconde su alma neutra. Pues ¿qué ironista se ensucia el calzado, ora en la humedad de la selva aportando su grano de esperanza a la causa indígena, ora en el polvo de los escombros para dar testimonio de los vestigios solidarios en mitad de la urbe trágica?
Una conciencia irónica suele ser el parapeto de la indiferencia. “Deténgase aquí” , le pide Carlos a mi chofer. Carlos se apea y cruza la calle para depositar unas monedas en la mano de una anciana minusválida. Detrás de ese hombre implacable se oculta un niño compasivo, coleccionista de piezas raras y soledades.
Carlos ha sabido compartir los pequeños grandes sueños de los mexicanos: el sindicalismo independiente, las utopías estudiantiles, las reivindicaciones de la mujer, las batallas de las minorías sexuales; en fin, la democracia como posibilidad de una convivencia más alta. No sin advertir, en abierta querella, los entusiasmos fáciles y los peligros fanáticos. Permanece alerta al diario suceder. Su obra escrita es reflejo de la prisa y la impaciencia de quien se niega a admitir el hundimiento del barco: hormiguea en las páginas de periódicos y revistas, muchas de ellas provincianas a las cuales concede rara dedicación. De estos afanes de ubicuidad lleva tristes marcas en su cuerpo: mitad de la vista perdida en uno de tantos viajes.
¿Qué importa la Obra a la luz de estas ocupaciones? Un día le pedí que reuniéramos todos sus escritos sobre arte. Sería un libro magnífico. Pero Carlos, aquejado por la fiebre del presente, nunca da marcha hacia atrás. Sólo apetece la aventura de hoy, la de mañana, prodigándose siempre a su modo, poniendo el brazo de palo para evitar el roce físico en correspondencia a la cordialidad de los demás, como eludiendo el desgaste del espíritu. No es efusivo, pero sí generoso, sobre todo para escuchar.
Las mejores recompensas a sus fatigas políticas y culturales son, acaso, el autógrafo que una jovencita le solicita en un restaurante, o el odio de un alto burócrata cuyas necedades ha deslumbrado, o la invitación a estar allí donde las nuevas generaciones piden su palabra y su aliento; pero no son jamás la mediocre satisfacción de ver su nombre impreso en una hermosa portada.
Pero injusto sería afirmar que el personaje público eclipsa al escritor, a ese buen escritor que habita en él. Aquel es accesible, ágil, relampagueante; éste, difícil, laberíntico, río de afirmaciones sentenciosas. Trenzándose ambos hilos forman una personalidad única. Es simplemente Carlos Monsiváis.
A pesar de su desdén por el libro, por ese fetiche consagratorio, también se da tiempo para escribir textos de largo aliento. Su último libro, Salvador Novo lo marginal en el centro, es espejo y lección. Nadie como él ha estudiado tan certera y profundamente ese personaje único de la cultura mexicana, alma y escritura que, en efecto, florecen en la marginalidad para, después, ubicarse como una gran burla en el centro. Pues Novo, que “no se deja”, que se defiende con fiereza, lucha por sobrevivir él y, sin quererlo —ya que es rabiosamente individualista— porque los que comparten su condición de excluidos también sobrevivan. Sus recursos son variados y todos poderosos: “El sarcasmo, la sátira, la desolación lírica, el ingenio, son formas o métodos que les dan voz a quienes nadie considera dignos del uso de la palabra. Es una voz autodenigratoria, pero es con todo preferible al silencio”.
En el libro de Monsiváis, recreación de ensayos meditados una y otra vez a lo largo de muchos años se entreveran el retrato, la historia de la hipocresía social, esa tensión dramática entre el poder represivo y las pulsiones libertarias, entre las prohibiciones y el acicate de un yo que se afirma en la transgresión y, al propio tiempo se autoaniquila. Pues con máscara de “perra” , jugando a ser malvado sin serlo. Novo, como Pasolini, se resiste a la indulgencia, rechaza la compasión, la fementida tolerancia y prefiere la crueldad de los otros, a la que responde con insultos temerarios, adentrándose en el campo enemigo: un paria que “se afilia al culto por el éxito, para no prolongar con su vida la sordidez a quien quiere sometérsele”.
Si Monsiváis se empeña, complacido, que no complaciente, en ofrecernos las diversas máscaras de Novo o, mejor, esa proliferación de voces surgidas de alguien que fascina justamente por su complejidad, por no pertenecer al mundo de las identidades fijas, es porque él mismo —Carlos, digo— se inscribe en ese universo humano donde se enseñorean la inteligencia, la pasión libertaria, la conciencia de ser distinto y un cierto escepticismo, por demás necesario para aguzar la mirada clínica.
Me he detenido en un solo libro, porque en él Monsiváis ha puesto a prueba, como en ningún otro, sus capacidades: la de observar, la de admirar sin conceder, la de distanciarse finalmente de un espacio ético, político y psíquico irrepetible, así como de un tiempo que, no obstante análogo en relación con el suyo, exige otras soluciones individuales y colectivas, a pesar de que persista la misma convicción de que todo progreso moral, aunque sea mínimo, impide hacer las paces con el monstruo, es decir, con un cuerpo social complaciente con sus propios defectos, con esos límites que destruyen todos los sueños.










