Hay escritores que hablan de sus novelas como si hubieran aparecido por casualidad. La mexicalense Elma Correa no. Habla de ellas como quien ha vivido demasiado tiempo con un secreto. Como el secreto que guardan los dos personajes principales de su obra literaria más fresca.
Antes de sentarse frente a la computadora, ya diseñó cientos de veces la historia en la cabeza. La pensó mientras lavaba los trastes, mientras limpiaba la caja de arena de sus gatos, mientras manejaba de un trabajo al otro. Porque escribir, en su caso, no sucede únicamente cuando las manos tocan el teclado. Sucede casi todo el tiempo, en su mente.
La mañana del 25 de junio de 2026 llega a Querétaro para presentar “Donde termina el verano”, la novela con la que obtuvo el Premio Biblioteca Breve 2026 y que acaba de publicar la editorial Seix Barral. La historia sigue a Elisa y Aimé, dos amigas que crecen en un barrio popular de Mexicali y cuyo vínculo queda marcado por un hecho trágico que las perseguirá durante décadas. En sus páginas se relata la violencia de la frontera, los silencios familiares y las culpas que nunca terminan de desaparecer, pero sobre todo aparece una pregunta que parece obsesionar a su autora: ¿qué significa sostener otra vida con la amistad?
“Me obsesiona la amistad entre morras”, dice a Plaza de Armas sin rodeos. “Me obsesiona cómo las mujeres nos vinculamos entre nosotras, cómo tejemos redes y cómo enfrentamos juntas el mundo. Siento que el mundo a veces nos odia mucho, que parece que no nos quiere en él y que esa hostilidad no la vamos a sobrevivir solas”.
La amistad y la culpa, ejes de su nueva novela
Habla con la naturalidad de quien lleva mucho tiempo pensando exactamente las mismas preguntas. Incluso bromea con que es “casi monotemática”. La amistad aparece una y otra vez en su literatura. Esta vez decidió cruzarla con otro territorio igual de complejo: la culpa.
En la novela, la culpa no funciona igual para todas. Elisa la carga como un peso que frustra el futuro prometedor que imaginó para sí misma. Aimé, en cambio, consigue convertirla en combustible.
“No escribo autobiográfico”, aclara entre risas. “Yo soy mentirosa profesional”.
Toda la historia es ficción, manifiesta. Sin embargo, admite que hay un elemento imposible de inventar: el lugar.
El barrio donde ocurre la novela existe. Es la colonia Alamitos, en Mexicali, donde la autora vivió su infancia. Aunque el nombre nunca aparece en el libro, ahí siguen las calles que conoce de memoria. Ahí estuvo el baldío con dunas donde jugaban los niños de la colonia antes de convertirse en un estacionamiento para las fábricas. Ahí sigue viviendo su madre.
Es precisamente ella quien dejó una huella silenciosa dentro del libro.
En los agradecimientos aparece mencionada como enfermera visitante. Durante años recorrió colonias todavía más pobres que la suya para atender, casa por casa, a personas que no tenían acceso a servicios médicos o que, por distintos motivos, nunca acudían a ellos. Muchas de las historias que escuchó terminaron llegando a la novela.
“Mi mamá me contó varias de las historias que aparecen en el libro”, cuenta.
Correa escribe desde un territorio fronterizo donde la violencia convive con la rutina. Pero se resiste a convertir su literatura en un sermón.
“Yo no tengo calidad moral para decirle a la gente ni qué hacer ni qué pensar. No vine aquí a dar consejos”.
Hace una pausa.
“Yo escribo de lo que me importa. Soy mujer en un país feminicida y creo que no podría dormir en la noche si no hablara de ciertas cosas.”
Un método riguroso para escribir entre tres trabajos
A diferencia de otros autores que confían en la intuición, ella necesita el control absoluto.
“Soy muy neurótica”.
Dice que su vida cotidiana puede ser un desastre, pero la escritura no. Durante años fue depurando un método que hoy funciona casi como un plano arquitectónico. Antes de comenzar una novela conoce el destino de todos sus personajes, los giros de la historia y la estructura completa. “Donde termina el verano” le tomó alrededor de dos años de escritura, pero llevaba mucho más tiempo construyéndose.
“Cuando me senté a escribir ya sabía absolutamente todo. Solo tenía que seguir mis propias instrucciones”.
Ese método también responde a una realidad poco romántica: vivir de la literatura sigue siendo un privilegio.
“No tengo el privilegio de dedicarme cien por ciento a escribir. Tengo tres trabajos para llegar a fin de mes”.
Entonces escribe cuando puede.
O piensa mientras trabaja.
O mientras conduce.
O mientras limpia.
O mientras alimenta a sus gatos.
Quizá por eso nunca deja de tener proyectos.
Mientras terminaba esta novela escribió otra en paralelo. También concluyó un nuevo libro de cuentos y ahora trabaja en más historias.
“Siempre estoy escribiendo todo lo que puedo, cuando puedo”, dice sonriente.
El Premio Biblioteca Breve llegó en medio de esa rutina. La noticia todavía parece sorprenderla. “Es una locura”, repite varias veces.
No es para menos. En los casi siete decenios de historia del galardón, únicamente cinco mexicanos lo han obtenido. Entre las mujeres, sólo dos nombres aparecen en la lista: Elena Poniatowska y ahora Elma Correa.
“Nunca pensé que fuera a ganar.”
Leer mujeres, una decisión política y literaria
Sin embargo, cuando habla de las escritoras que la formaron, el premio deja de ser el centro de la conversación.
Recuerda a la estadounidense Lorrie Moore como la autora que le enseñó que las mujeres también podían escribir con humor. Menciona al francés Boris Vian con la misma admiración con la que recuerda una de sus ironías favoritas. Pero desde hace años tomó una decisión política como lectora: leer mujeres nada más.
No porque crea que los hombres no tengan nada que decir, explica, sino porque durante toda su formación académica solo leyó autores varones.
“Quiero recuperar el tiempo perdido. Quiero conocer a todas esas morras del anticanon. A todas las que escribieron al mismo tiempo que esos señores y que me perdí”.
También lee a sus contemporáneas: “mujeres y disidencias”, lo dice convencida de que ahí también se está escribiendo el presente de la literatura.
Antes de despedirse vuelve a hablar de Querétaro. Le gusta caminar por ciudades antiguas. Viene de una ciudad joven, levantada en medio del desierto, donde la historia apenas supera un siglo. Aquí, en cambio, las calles parecen cargar siglos enteros sobre las piedras.
“Siempre me impacta mucho pisar lugares que tienen tanta historia”.
Mientras muchos escritores viajan buscando escenarios para sus novelas, Elma Correa sigue escribiendo desde un barrio que ya no existe exactamente como lo recuerda. Las dunas desaparecieron. El baldío cambió. Los años también transformaron a las niñas que inspiraron a Elisa y Aimé. Pero hay cosas que permanecen: la amistad, el sentimiento de culpa y la necesidad de contar historias que obliguen a mirar de frente aquello que muchas veces preferimos dejar del otro lado de la frontera.






