Puestas a planear y ejecutar cualquier tipo de asesinato, las mujeres hace siglos que se encuentran en pie de igualdad frente a los hombres. Ya desde la antigüedad hay notables ejemplos de señoras –especialmente dedicadas madres y esposas– que pusieron toda su energía y talento en la práctica “del asesinato considerado como una de las bellas artes”, afortunada definición que dio título a uno de los libros más curiosos del gran Thomas de Quincey.
Se cree que la primera asesina serial fue, si hemos de emplear ese término que recuerda la producción industrial, Locusta de Galia, que ya en el siglo I del imperio romano prestó incluso sus servicios profesionales a malévolas damas como Agripina la Menor, quien enterada de su enorme sabiduría en materia de venenos ordenó su excarcelación para asesinar al emperador Claudio y abrirle el paso al trono a su hijo Nerón.
Entre este y otros servicios prestados ya directamente Nerón, así como muchos otros emprendidos por su cuenta, algunos historiadores estiman en varios cientos las víctimas de esta estudiosa de la botánica más letal, una disciplina en la que se había formado gracias a los sacerdotes druidas que tuvieron gran influencia en la Galia de entonces.
Las envenenadoras de todos los tiempos deben mucho a esta tradición criminal romana en la que brilló Locusta. Hizo de la herbolaria la fuente principal de sus ingresos, al encontrarse con una élite política en absoluta descomposición que demandaba más venenos que brebajes medicinales.
No sabría decir exactamente por qué, pero los venenos son muy solicitados por las chicas homicidas de todas las épocas. Un ejemplo estadístico nada despreciable lo encontramos en la inquietante historia que ha reconstruido Mary S. Hartman en su libro “Asesinas victorianas: La verdadera historia de trece mujeres respetables acusadas de crímenes atroces” (Siruela, 2026). Allí, la autora nos explica en las primeras líneas su escabroso tema:
“Los sujetos de este estudio son trece mujeres inglesas y francesas del siglo XIX de clase media y de un estatus «respetable», todas acusadas de ser asesinas o cómplices de asesinato. Entre ellas hay pudientes esposas (con dinero propio) e hijas de comerciantes, empresarios y profesionales, así como mujeres (casi sin recursos) de tenderos y una institutriz solterona. Las víctimas fueron los maridos, amantes, rivales, alumnos, hermanos, hijos y nietos de estas mujeres. Dos de las víctimas fueron asfixiadas, una murió de una fractura de cráneo, a dos les dispararon, otra sucumbió a golpes y cuchilladas y a las seis restantes las envenenaron”.
Ahora bien, con independencia de los casos de los que se ocupa, Hartman señala algo muy interesante sobre este mismo asunto:
“Los datos de un estudio reciente sobre mujeres inglesas ejecutadas por asesinato indican que, de las cuarenta y nueve condenadas a muerte entre 1843 y 1890, la mayoría vivía en la miseria (…) El veneno fue el medio más utilizado; nada menos que veintinueve de las cuarenta y nueve mujeres recurrieron al veneno y veintitrés de ellas usaron el clásico arsénico”.
Como puede verse, entre el 50 y 60 por ciento de estas homicidas prefirió envenenar, como en la muy antigua escuela de Locusta de Galia, a sus víctimas. Estamos ante una preferencia que simplemente dejo anotada, porque me declaro incapaz de explicarla, aunque rápidamente pueda aventurar algunas hipótesis.
Primero, la facilidad para encontrarlos; hay más venenos de los que creemos en este mundo, y hasta la pura comida chatarra bien encausada puede ser un arma homicida. Luego tenemos que el veneno siempre puede ser suministrado en la comida y las bebidas, dos cosas frecuentemente preparadas y servidas –como quiere el más rancio machismo– por las mujeres. Y por supuesto, no siendo un recurso que requiera de violencia física, el envenenamiento suele ser muy difícil de detectar (en países como México donde ni autopsias se hacen, ya puede imaginar el lector que hasta el veneno para ratas –“de dos patas”, como dijera Paquita la del Barrio– puede usarse con toda tranquilidad).
El libro de Mary S. Hartman abre los ojos sobre un conjunto de mujeres que, siendo respetables, cuando no comunes y corrientes, encontraron en el asesinato de sus “maridos, amantes, rivales, alumnos, hermanos, hijos y [hasta] nietos” la única salida a situaciones en muchos casos desesperadas. Y los venenos hicieron su parte.
FB: Ariel González Jiménez






