Querétaro 12 de Octubre de 1862.
Un pavor legítimo y helado recorre el cuerpo de toda la atribulada República.
Por doquier se columbran buitres y aves de mal agüero, cuyos vuelos oscurecen las altas sierras que rompen la áspera geografía de nuestro suelo.
Desde aquellas cumbres, los puertos de la costa miran con impotencia cómo el invasor extranjero va hollando, palmo a palmo, el sagrado territorio patrio. Nuestro primer puerto, la otrora hidalga Veracruz, hallase hoy convertida en un hervidero de franceses que, con insolencia desmedida, se apropian de cuanto hallan a su paso: lo mismo arrastran al presidio a los paisanos que abusan de las infelices mujeres que no hallan amparo en su desdicha.
No hay remedio humano que valga; las playas, en una extensión que asombra la vista, se han visto inundadas por las barcazas de desembarco.
Grande fue la sorpresa del Mariscal Élie-Frédéric Forey al pisar estas playas, pues halló una plaza desierta y ninguna resistencia por parte del Gobierno que encabeza el señor don Benito Juárez. Ni un solo batallón de soporte, ni una de aquellas vivaces escaramuzas que tanta fama han dado a las milicias mexicanas por su destreza en el asedio, salieron a recibirle. Los galos tomaron el puerto con la misma facilidad con que se entra en casa propia —¡Sospechosamente sencillo! — pensaba, mientras hacía por su catalejo y mirar los azules celestes del infinito cielo totonaca.
Y es que la pequeña villa amurallada había sido evacuada por orden superior desde hacía cerca de diez meses, quedando sujeta al arbitrio y las ordenanzas de los jefes franceses.
Más, como suele ocurrir donde el orden civil desaparece, la ciudad viose pronto poblada por lo más florido de la miseria: suripantas de alegre vida y menesterosos de toda laya pululaban por las esquinas, demostrando que para los asuntos del “amour et de la passion…” como ellos dicen, poco importan las escarapelas ni las nacionalidades.
Los soldados de Napoleón III comenzaron de inmediato sus recias vigilancias, extendiéndose hacia las poblaciones vecinas, las cuales yacían igualmente desiertas.
El presidente Juárez había sido categórico en sus instrucciones: evitar a toda costa los enfrentamientos estériles en aquella zona. Sabido es que Veracruz cuenta con defensas de consideración; una gran muralla sitia por completo la plaza, y el imponente castillo de San Juan de Ulúa sirve de visoria perfecta, pues desde sus baluartes se domina la inmensidad del mar y los accesos que conducen a la sierra de Puebla.
¡Pero no se piense que faltaban las armas mexicanas! A pocas millas de allí, custodiando celosamente el Camino Real hacia la capital del país, se alzaba el fuerte de San Carlos en la muy fría ciudad de Perote, recinto incólume donde residía la verdadera esperanza de la resistencia.
Prevenidos como son, los franceses desembarcaron copiosos bastimentos: provisiones de ultramar, animales de tiro y un vistoso ganado vacuno para el sustento de la tropa; pues bien, sabido es entre hombres de milicia que ningún ejército marcha sin el principal estímulo de la guerra, antes que el honor y el laurel: el rancho y la comida.
Mas ¡ay!, que la soberbia humana siempre topa con la naturaleza.
No contaban los invasores con los fétidos hálitos y miasmas corrompidas que exhalaban los pantanos; nubes de hedor pestilente infestaron los campamentos, revolviendo el estómago del más valiente.
Fue así como miles de soldados franceses, antes de haber limpiado el fusil o disparado un solo cartucho, cayeron fulminados por el terrible vómito negro. Esta fiebre letal no hacía distinciones, y el atribulado Mariscal Forey andaba de cabeza, multiplicando sus arrojos para desentrañar el origen de tan trágica y silenciosa enfermedad.
Resolvieron entonces, guiados por la urgencia, higienizar los alojamientos. Bien debían saberlo, pues desde los días en que desembarcara la Alianza Tripartita de Inglaterra, España y Francia, ya cientos de soldados afines habían rendido el alma ante las caricias de este mal endémico de nuestras costas.
Queriendo reconocer el terreno por cuenta propia, el generalísimo francés dispuso una inspección tierra adentro. Formó un piquete con lo más granado de sus jinetes y, con una confianza que lindaba en la inocencia, adentráronse por el camino a la mañana siguiente, rumbo a Perote, pretendiendo descifrar las inclemencias de la nuestra orografía, letal lugar de escondrijos de alimañas que no conocen aún.
No iban solos los hombres de a caballo; guiaba sus pasos el informe secreto de un compatriota suyo que había andado de capa caída y a hurtadillas de los liberales —de quienes, valga el comentario, todos suelen mofarse—: el señor Désiré Charnay, sabio que se dedicó a estudiar las antiguas ruinas, levantando planos y placas fotográficas de aquellos sitios que ahora prometían pingües saqueos para las huestes de Forey.
El metal que vuelve locos a cualquiera que lo haya tocado por única vez: Áureo espejo del sol ¡El oro!
Acompañaba también la comitiva el geógrafo Gustave Léon Niox, mozo gallardo, de buena estampa y lenguaraz orador; así como el capitán del Estado Mayor, Charles Raymond de Ségur d›Aguesseau, quien trabajaba directamente al amparo de Forey en la confección de cartas topográficas, diseño de planos y reconocimiento de veredas. En los papeles de estos hombres descansaba el porvenir de las obras monumentales que Napoleón III soñaba para su proyectada «Nueva Francia».
No faltaba en el séquito la mirada perspicaz del sociólogo Henri Rivière, quien oficiaba de observador crítico. Este sujeto venía registrando en sus cuadernos las hondas divisiones políticas y el desorden social que presenciaba en nuestro suelo desde antes de la gloriosa jornada del Cinco de Mayo.
De sus propios labios había escuchado el Emperador de los franceses la conveniencia de implantar en México un nuevo sistema político, que desterrara para siempre las discordias entre liberales y conservadores, sustituyéndolas con la augusta presencia de un monarca.
Y para que nada faltase a la empresa, trajeron consigo a un virtuoso del pincel, a quien hubieron de conferirle un grado militar para justificar los gastos de su plaza: el afamado Henri de la Tour du Pin. Este artista venía asentando la crónica de las operaciones en un manuscrito ricamente ilustrado, tarea que inició desde las acciones de Puebla, retratando los valles escarpados y las montañas con el fin de hallar alguna ventaja táctica.
Él fue, de hecho, el primero en percatarse de que los llanos son escasos en esta tierra y que formidables cinturones de piedra custodian la gran capital a vencer.
¡Ciertamente, no hubo improvisación en aquella corte de París! El Emperador lo tenía todo fríamente calculado para rehacer nuestra patria a la usanza y capricho de los franceses.
¡Le Mexique francisé!
Avanzaba, pues, la caballería en perfecta formación, guardando las espaldas de aquel vistoso cortejo de escribas y sabios.
El joven Gustave Léon Niox contemplaba con asombro las agudas crestas de la cordillera del Anáhuac, dictando notas para su descripción geográfica. Mas, justo al alcanzar el tramo donde el camino se ensancha en la gran calzada, ocurrió lo impensable: ¡un jaguar de colosal envergadura y pelaje azabache de azules destellos se precipitó desde la espesura, cayendo con toda su furia sobre uno de los confiados jinetes de la caballería imperial!
¡Válgame la Virgen de Cosamaloapan ser testigos de tan pavoroso ataque!
El pesado bulto de nocturnales destellos, un demonio de manchas negras sobre azules y ojos de agua. Cayó de lo alto como un rayo desprendido de la tormenta, con un peso descomunal que hizo crujir la osamenta del caballo y derribó de golpe y porrazo al jinete de caballería imperial que, un segundo antes, se pavoneaba con la soberbia propia de las huestes de Napoleón.
El tambor de la caída fue seguido por un rugido sordo, un trueno salido de las entrañas de la selva que heló la sangre de la caravana y paralizó la mano del joven Gustave Léon Niox, quien vio caer su tintero sobre el polvo del camino.
La crudeza del ataque no dio margen a la defensa. Aquella fiera, clavó sus garras del tamaño de bayonetas, en el joven, desgarrando la fina casaca de paño y la piel con la misma facilidad con que un mendigo rompe sus harapos.
Las fauces del coloso se abrieron con una avidez espantosa, mostrando unos colmillos amarillentos y carniceros que, de un solo y seco bocado, buscaron la garganta de la víctima. Se escuchó entonces un crujido lúgubre, el que hacen los huesos al quebrarse bajo la presión de una fuerza desmedida; la tráquea del infortunado fue triturada al instante, ahogando en su propia sangre el grito de terror que pretendía lanzar.
—¡Ah tiro del pobre desgraciado! —ordenó Forey, mientras el terror comenzó a tintinarles los dientes, nadie lo hizo, temían ante el ruido se abalanzara la bestia a cualquiera de ellos.
El cuerpo del jinete se sacudía en convulsiones agónicas sobre el fango, mientras el felino, con un desprecio absoluto, hundía más sus garras, haciendo brotar a borbotones la vida del infeliz, tejiendo un macabro contraste entre la grana de la sangre y el azul del uniforme extranjero. El caballo herido, relinchando de puro dolor y con los ijares abiertos por los arañazos del monstruo, coceaba ciegamente, esparciendo el pánico entre los demás animales de la fila.
Los bridones comenzaron a relinchar y alzar sus cuartos delanteros en señal de miedo, la doma se complicaba.
El piquete de caballería que aún creían que estas tierras milenarias era un jardín dispuesto para sus delicias y catalogaciones, retrocedieron mudos de horror, atropellándose unos a otros. El afamado Henri de la Tour du Pin, con el rostro pálido como el de un sentenciado, soltó los pinceles, pues no había en su paleta colores suficientes para retratar la ferocidad de aquel momento.
Charles Raymond de Ségur d›Aguesseau intentó asir las bridas de su montura, con los ojos desorbitados ante la visión de semejante mole: el jaguar parecía duplicar su tamaño al erizar su lomo, manteniendo una pata pesada sobre el pecho del cadáver fresco, mientras paseaba su mirada sanguinaria sobre el resto del cortejo, como desafiando a la mismísima Francia y haciéndoles ver, de la manera más cruel y sangrienta, que en estas tierras del Anáhuac la naturaleza no dobla la rodilla ante enemigo alguno.
—Nadie siquiera haga señal de respiro… ¡Ni un pestañeo! —recalcó Forey con un hilo de voz que pretendía ser de mando, más denotaba el temblor del más puro espanto. —Debemos dejarlo comer; si nos movemos, pensará la bestia que le queremos quitar su presa… el pobre infeliz ¡aún respira! —atizó de nuevo, ordenando un acto de piedad bárbara para abreviar los tormentos del caído, cuyas piernas aún se agitaban con el pataleo de la muerte, de un salto ¡El felino desapareció!
Todos se quedaron petrificados en sus sitios, conteniendo el aliento y tratando de moverse lo menos posible, fijos los ojos en aquel dantesco festín. Mas la Virgen de Cosamaloapan, que parecía haber dado la espalda a los soberbios invasores, les reservaba una sorpresa aún más formidable.
¡Un segundo ataque del jaguar se descolgó silencioso de las ramas! Sin dar tiempo a la reacción, la fiera clavó sus filosos dientes en la humanidad del capitán de la retaguardia, hundiéndolos en el pescuezo del oficial con un crujido seco que segó su vida en el acto.
¡Al voltear todos, poseídos por un horror unánime, observaron con pasmo que estaban en los dominios de la fiera!
Los tiros no se hicieron esperar; la detonación de los fusiles y el humo de la pólvora rompieron la quietud de la selva. Presas del pánico, los que lograron hacer la calzada dieron media vuelta, buscando desandar el camino.
—¡A fondo de retirada! —gritó Forey, perdiendo toda compostura militar y espoleando a su propia cabalgadura con desesperación de náufrago, casi sintiendo que uno de esas bestias le viniera a la garganta
Los bridones, espantados por el olor a sangre y las detonaciones, partieron a todo galope, rompiendo el espeso follaje del camino en una carrera ciega por vivir, instinto puro.
En medio de aquella polvorienta confusión, la misma bestia, saltando con la agilidad del demonio, hizo por perseguirlos en arremetida veloz, al alcanzarlos se abalanzó con saña al cuello de uno de los caballos de la vanguardia.
El impacto fue brutal; el felino, prendido de las crines, derribó al jinete y, de un zarpazo certero y descomunal, rasgó el vientre de la cabalgadura, dejando todas las inmundicias de los intestinos del animal a flote sobre el camino, mientras el desdichado de caballería quedaba atrapado bajo el peso de la bestia agonizante, en un palmo de horror que hacía que sus ojos salieran de sus órbitas.
Cómo pudieron, atropellándose unos a otros, los caballos ensangrentados y los hombres con el corazón en la boca, llegaron por fin al comienzo del camino.
La comitiva, con las ropas rasgadas por las espinas y los rostros demudados, comprendieron en ese instante, por la vía del dolor y la sangre, que la conquista de esta Nueva Francia no habría de decidirse únicamente contra los ejércitos del presidente Juárez, sino contra una naturaleza indómita y feroz que se negaba a ser dibujada en sus mapas coloniales.
El Mariscal Forey trataba con su pañoleta de fina seda francesa, ya humedecida y mugrienta, secarse el sudor copioso que le inundaba el rostro, el cuello y el pecho, el cual le palpitaba con una violencia tal que amenazaba con romperle la casaca, mientras observaba de reojo al geógrafo Gustave Léon Niox, quien, de rodillas sobre la maleza, vomitaba unos desechos de color verdacho y bilioso, señal inequívoca de que su hígado había caído rendido ante el ataque.
—Es un mal agüero, Mariscal — le dijo Charles Raymond de Ségur d›Aguesseau, con la voz entrecortada por el espanto, mientras destapaba su cantimplora militar para dar un trago largo de coñac, del más fuerte, buscando asentar los nervios—.
Forey paseó su mirada sombría sobre el resto de la comitiva, dejando claro a los estudiosos y oficiales mudos de terror que estas tierras mexicanas guardaban más sorpresas.
Aquel sangriento tropiezo vaticinaba el áspero comienzo de la gran columna militar que ya se estaba diseñando en su cabeza para marchar con paso firme hacia Puebla; pues bien sabido era que, tras la amarga experiencia y lo aprendido en la jornada del cinco de mayo pasado, las armas del Imperio no volverían a pecar de confiadas.
Aquel recuerdo encendió en sus ojos un fuego devastador, él mismo impulso que lo hizo llegar aquí. Estaba resuelto a que, una vez llegados a las faldas de los grandes volcanes de Puebla, sitiarían la ciudad hasta ahorcarla por completo con los treinta mil efectivos, se cañonearía la plaza sin tregua ni descanso, de día y de noche, hasta dejarla reducida a los puros cimientos.
— No habría clemencia alguna esta vez para los mexicanos; pues bien debían aprenderlo para su perdición y escarmiento, al ejército napoleónico se le puede ganar una batalla…
¡Pero nunca, jamás en la historia, se le gana la guerra!—.
Continuará…






