16 de junio de 2006.
Un gol.
16 de junio de 2026.
Tres goles.
La misma fecha. Veinte años de distancia.
Hay partidos que duran noventa minutos. Hay carreras que duran ocho, diez, quince años. Y luego está esto: un partido que lleva veinte años jugándose.
Messi debutó en ese encuentro contra el tiempo el día que marcó su primer gol en un Mundial. Era un muchacho zurdo persiguiendo un balón. Nada más. O al menos eso parecía.
Desde entonces el mundo cambió de camiseta muchas veces. Se retiraron compañeros y rivales. Nacieron niños que hoy ya son adultos. Niños que lo vieron por televisión ahora son compañeros de cancha. Estadios fueron demolidos y reconstruidos. Las fotografías se volvieron videos, y los videos, recuerdos.
Pero cada cierto tiempo, aparece él.
La misma zurda. La misma manera de entender el espacio. La misma costumbre de convertir lo improbable en rutina.
Por eso me gusta pensar que entre aquel gol de 2006 y los tres de 2026 no hay veinte años. Hay un mismo partido.
Un partido extraño en el que el rival no es una selección, ni una defensa cerrada, ni una final. El rival es el tiempo.
Y el marcador, hasta hoy, favorece claramente al argentino.
Porque si el tiempo le quitó velocidad. Messi le quitó importancia a la velocidad.
Si el tiempo le robó metros. Messi aprendió a jugar en espacios más pequeños.
Si el tiempo envejeció sus piernas. Messi rejuveneció nuestra memoria.
Por eso seguimos mirando.
Porque muy pocas veces en la historia del deporte un hombre logra algo tan difícil: no vencer a otros futbolistas, sino mantenerse determinante mientras las décadas pasan por encima de todos los demás.
Veinte años después, el calendario marca otra vez 16 de junio.
Y el partido continúa.
Messi sigue jugando.
El tiempo sigue intentando alcanzarlo.
Y por ahora, sigue perdiendo.





